Y lo sé. Lo sé.
Lo supe, y tal vez con eso me bastaba. Porque nunca me pensé en el escenario como algo que podría realmente pasar.
Pero pasó.
Y lo que me entristece, es que no sé si aún estoy lista para saberlo de esta forma.
jueves, febrero 27, 2014
lunes, enero 20, 2014
domingo, enero 12, 2014
Paltacienta
Érase una vez, en un Reino no-tan-lejano —aunque sí bastante olvidable—, una familia. Esta familia no era de linaje noble, no vivía en un palacio ni contaba con sirvientes, tampoco le precedía una historia particularmente triste, como a veces sucede, antes de las más grandes aventuras. Superficialmente, esta familia era sólo una más entre las muchas del Reino.
Dicha familia estaba conformada por un guardia de Palacio y su esposa, además de dos hijas y un noble perro. Los días transcurrían en aquel hogar con una cálida tranquilidad que raramente se veía interrumpida: Madre y padre salían por las mañanas a realizar aquellas tareas que asegurarían comida en la mesa y fuego en el hogar, mientras que ambas hermanas, ya lo suficientemente mayores para salir con independencia de la casa, ocupaban las jornadas para nutrir sus mentes y llenarlas de conocimiento, sin importar lo lejos o cerca que éste se encontrara.
La mayor, conocida como Paltacienta debido al fruto verde por el cual su Reino era famoso en otras regiones, abandonaba cada día (o casi todos) su pueblo natal para adentrarse en territorios más lejanos, principalmente, el próspero Reino a orillas del mar, en donde abundaban libros —o, al menos, existían en mayor cantidad que en su hogar—, lo que le permitía profundizar los tópicos que más llamaban su atención. La joven pasaba largos meses realizando el tedioso viaje día tras día, mas encontró la forma de llenas aquellas horas vacías con historias.
Si hay algo en lo que las personas que conocían a Paltacienta podrían coincidir, era en reconocer la tendencia de la muchacha a llenarse la cabeza con cuentos de hadas. Estas historias, por supuesto, variaban tanto en composición como en argumento, pero todas solían tener en común aunque fuera una pequeña pizca de magia, la misma que mantenía en la chiquilla una constante expresión soñadora y le permitía ver a su alrededor cosas que la mayoría pasaría por alto.
Sin mucho esfuerzo, Paltacienta podía notar la magia en un mundo que daba por sentado su inexistencia.
A veces esto le traía algunos problemas, además de cierta desesperanza cuando a su alrededor aparecían nada más que miradas llenas de desdén y comentarios desalentadores. Pero con el transcurrir del tiempo, la joven aprendió a darle menos y menos importancia a estas actitudes, especialmente cuando la magia seguía apareciendo ante sus ojos con inusitada facilidad, si bien no siempre le hacía partícipe.
Por eso, en el momento en que la oportunidad se le presentó, no pudo más que luchar con todas sus fuerzas por no dejarla escapar. Llegó a los oídos de los habitantes del Reino la noticia de una fiesta a realizarse en una de las regiones costeras —el Reino de los frutos verdes no era muy inclinado a las celebraciones—. No cualquier fiesta, claro está. Se rumoreaba que no tendría igual, pues se tocaría la música más hermosa, se danzaría como jamás se había danzado; las estrellas se esconderían, avergonzadas, al verse opacadas por el sinnúmero de luces decorando cada rincón. ¡Cuántos colores! ¡Cuánta alegría y vida! Y, además, magia realzándolo todo. Sin embargo, no todos podrían asistir. Los invitados serían seleccionados de manera privada.
Al enterarse, Paltacienta casi sucumbió ante la euforia. ¿En qué otro momento, si no era ese, le ofrecería la vida una oportunidad como aquella? El tema ni siquiera quedaba abierto a discusión, ¡debía ir a como diera lugar! Y llamaría la atención de quienquiera que seleccionara los invitados así fuera lo último que hiciera.
Para lograr su cometido, la muchacha decidió que su mejor opción era el comenzar a pensar, hablar y respirar magia. No hubo instante en que no sobresaltara a su familia con las más extrañas ocurrencias y los más curiosos comportamientos. Después de todo, la magia no era algo común en aquellas tierras. Pero las miradas extrañadas no significan mucho para un corazón determinado, y así lo demostró Paltacienta con aquella sonrisa radiante que jamás abandonó su rostro.
No lo abandonó, al menos, hasta el momento en que las cartas de invitación comenzaron a llegar y Paltacienta se quedó con las manos vacías.
No se molestó, no gritó, no lloró. Tan sólo se quedó en las afueras de su casa, mirando el tranquilo pasar de aquel Reino olvidable, su hogar, donde nadie compartió su tristeza.
Y en aquellos instantes, con esa mirada que observa a la multitud pero que realmente no ve, la joven por poco pierde su más grande muestra de aquello en lo que creía con tanto fervor.
Frente a ella, una mujer de inusuales ropas le observaba con curiosidad. En uno de sus brazos colgaba una canasta con paltas.
—Paltacienta, no estés triste —habló la dama.
Ante esto, la muchacha alzó la mirada con inquietud. ¿Cómo alguien podía haberse dado cuenta de su tristeza? Cuando sus miradas se juntaron, la mujer de las paltas sonrió.
—Soy tu Hada Madrina y he venido a ayudarte. La magia en tu corazón merece ser recompensada.
Dicho esto, sacó una palta de su canasta, la presionó entre sus dedos para evaluar su madurez y se la entregó a la joven. Confundida, Paltacienta observó la fruta en sus mano y abrió la boca, pero no supo qué decir.
—Es un buen momento para tomarte medidas, querida niña.
Tres árboles en llamas y un número musical después, Paltacienta lucía el más hermoso y delicado de los vestidos, además de un elaborado peinado, coronado por su habitual elástico de resorte. La palta en su mano había dado lugar a un elegante carruaje que sería dirigido por caballos invisibles, pues sólo había un perro y, por la salud mental de ella y su mascota, la muchacha pidió que no se le sometiera a ninguna transformación.
Con la sonrisa en su rostro y la alegría nuevamente brillando en sus ojos, Paltacienta agradeció a su Hada Madrina por tan hermoso regalo. La mujer le besó en la frente, como símbolo de buena suerte, y le ayudó a subir al carruaje.
—Como tienes unas buenas horas de viaje antes de llegar a la fiesta, podrás quedarte hasta que acabe y aún tendrás tiempo de regresar en tu carruaje, sin embargo, el hechizo terminará al cruzar de vuelta las murallas del Reino. Además, sería una lástima si conocieras a algún gentil caballero y tuvieras que irte de improviso.
—No voy precisamente paraconocer caballeros, Hada Madrina —respondió Paltacienta—. No me quejaré si aparece alguno que deleite mi vista, pero primero quiero ver la magia. De todas formas, aprecio que pensaras en ello.
—¡Entonces ve, mi niña, y tráeme uno a mí!
Y con un movimiento de su canasta, el Hada Madrina puso en marcha la palta-carruaje. Desde la ventana, Paltacienta agitó la mano, despidiéndose, lista para su siguiente aventura.
Dicha familia estaba conformada por un guardia de Palacio y su esposa, además de dos hijas y un noble perro. Los días transcurrían en aquel hogar con una cálida tranquilidad que raramente se veía interrumpida: Madre y padre salían por las mañanas a realizar aquellas tareas que asegurarían comida en la mesa y fuego en el hogar, mientras que ambas hermanas, ya lo suficientemente mayores para salir con independencia de la casa, ocupaban las jornadas para nutrir sus mentes y llenarlas de conocimiento, sin importar lo lejos o cerca que éste se encontrara.
La mayor, conocida como Paltacienta debido al fruto verde por el cual su Reino era famoso en otras regiones, abandonaba cada día (o casi todos) su pueblo natal para adentrarse en territorios más lejanos, principalmente, el próspero Reino a orillas del mar, en donde abundaban libros —o, al menos, existían en mayor cantidad que en su hogar—, lo que le permitía profundizar los tópicos que más llamaban su atención. La joven pasaba largos meses realizando el tedioso viaje día tras día, mas encontró la forma de llenas aquellas horas vacías con historias.
Si hay algo en lo que las personas que conocían a Paltacienta podrían coincidir, era en reconocer la tendencia de la muchacha a llenarse la cabeza con cuentos de hadas. Estas historias, por supuesto, variaban tanto en composición como en argumento, pero todas solían tener en común aunque fuera una pequeña pizca de magia, la misma que mantenía en la chiquilla una constante expresión soñadora y le permitía ver a su alrededor cosas que la mayoría pasaría por alto.
Sin mucho esfuerzo, Paltacienta podía notar la magia en un mundo que daba por sentado su inexistencia.
A veces esto le traía algunos problemas, además de cierta desesperanza cuando a su alrededor aparecían nada más que miradas llenas de desdén y comentarios desalentadores. Pero con el transcurrir del tiempo, la joven aprendió a darle menos y menos importancia a estas actitudes, especialmente cuando la magia seguía apareciendo ante sus ojos con inusitada facilidad, si bien no siempre le hacía partícipe.
Por eso, en el momento en que la oportunidad se le presentó, no pudo más que luchar con todas sus fuerzas por no dejarla escapar. Llegó a los oídos de los habitantes del Reino la noticia de una fiesta a realizarse en una de las regiones costeras —el Reino de los frutos verdes no era muy inclinado a las celebraciones—. No cualquier fiesta, claro está. Se rumoreaba que no tendría igual, pues se tocaría la música más hermosa, se danzaría como jamás se había danzado; las estrellas se esconderían, avergonzadas, al verse opacadas por el sinnúmero de luces decorando cada rincón. ¡Cuántos colores! ¡Cuánta alegría y vida! Y, además, magia realzándolo todo. Sin embargo, no todos podrían asistir. Los invitados serían seleccionados de manera privada.
Al enterarse, Paltacienta casi sucumbió ante la euforia. ¿En qué otro momento, si no era ese, le ofrecería la vida una oportunidad como aquella? El tema ni siquiera quedaba abierto a discusión, ¡debía ir a como diera lugar! Y llamaría la atención de quienquiera que seleccionara los invitados así fuera lo último que hiciera.
Para lograr su cometido, la muchacha decidió que su mejor opción era el comenzar a pensar, hablar y respirar magia. No hubo instante en que no sobresaltara a su familia con las más extrañas ocurrencias y los más curiosos comportamientos. Después de todo, la magia no era algo común en aquellas tierras. Pero las miradas extrañadas no significan mucho para un corazón determinado, y así lo demostró Paltacienta con aquella sonrisa radiante que jamás abandonó su rostro.
No lo abandonó, al menos, hasta el momento en que las cartas de invitación comenzaron a llegar y Paltacienta se quedó con las manos vacías.
No se molestó, no gritó, no lloró. Tan sólo se quedó en las afueras de su casa, mirando el tranquilo pasar de aquel Reino olvidable, su hogar, donde nadie compartió su tristeza.
Y en aquellos instantes, con esa mirada que observa a la multitud pero que realmente no ve, la joven por poco pierde su más grande muestra de aquello en lo que creía con tanto fervor.
Frente a ella, una mujer de inusuales ropas le observaba con curiosidad. En uno de sus brazos colgaba una canasta con paltas.
—Paltacienta, no estés triste —habló la dama.
Ante esto, la muchacha alzó la mirada con inquietud. ¿Cómo alguien podía haberse dado cuenta de su tristeza? Cuando sus miradas se juntaron, la mujer de las paltas sonrió.
—Soy tu Hada Madrina y he venido a ayudarte. La magia en tu corazón merece ser recompensada.
Dicho esto, sacó una palta de su canasta, la presionó entre sus dedos para evaluar su madurez y se la entregó a la joven. Confundida, Paltacienta observó la fruta en sus mano y abrió la boca, pero no supo qué decir.
—Es un buen momento para tomarte medidas, querida niña.
Tres árboles en llamas y un número musical después, Paltacienta lucía el más hermoso y delicado de los vestidos, además de un elaborado peinado, coronado por su habitual elástico de resorte. La palta en su mano había dado lugar a un elegante carruaje que sería dirigido por caballos invisibles, pues sólo había un perro y, por la salud mental de ella y su mascota, la muchacha pidió que no se le sometiera a ninguna transformación.
Con la sonrisa en su rostro y la alegría nuevamente brillando en sus ojos, Paltacienta agradeció a su Hada Madrina por tan hermoso regalo. La mujer le besó en la frente, como símbolo de buena suerte, y le ayudó a subir al carruaje.
—Como tienes unas buenas horas de viaje antes de llegar a la fiesta, podrás quedarte hasta que acabe y aún tendrás tiempo de regresar en tu carruaje, sin embargo, el hechizo terminará al cruzar de vuelta las murallas del Reino. Además, sería una lástima si conocieras a algún gentil caballero y tuvieras que irte de improviso.
—No voy precisamente paraconocer caballeros, Hada Madrina —respondió Paltacienta—. No me quejaré si aparece alguno que deleite mi vista, pero primero quiero ver la magia. De todas formas, aprecio que pensaras en ello.
—¡Entonces ve, mi niña, y tráeme uno a mí!
Y con un movimiento de su canasta, el Hada Madrina puso en marcha la palta-carruaje. Desde la ventana, Paltacienta agitó la mano, despidiéndose, lista para su siguiente aventura.
sábado, diciembre 21, 2013
Para nadie en particular
Y así como se alza mi voz de una manera inusualmente confiada, como entono los sostenidos para volver mi canción un vértigo, ¿así podrías sostenerme entre tus brazos? Mientras yo canto, y es mi canto el que dicta el vaivén de nuestros pasos.
Y me giro para verte. Y nos reímos. Reímos y es la más bella armonía.
Porque somos canción.
Y me giro para verte. Y nos reímos. Reímos y es la más bella armonía.
Porque somos canción.
martes, julio 02, 2013
Un cuentito.
Tengo una amiga atemporal.
Pareciera que las horas, los días y los años pasan por su lado sin siquiera mirarla, tan inofensivos como la caricia del viento. Pareciera que saben que no deben prestarle atención porque, simplemente, ella no está bajo su jurisdicción.
Yo sé que no está bajo su jurisdicción.
Tiene un cumpleaños, pero desde hace un par de años la fecha ha dejado de cumplir su propósito. Ya no hay nadie a quien engañar. A veces, cuando me siento particularmente nostálgica, me da por mirar fotos donde sopla las velas con una sonrisa en la cara; probablemente no era una sonrisa fingida, le conozco lo suficiente para saber que si yo era feliz celebrando su cumpleaños, ella también lo era. No sé si decir que las cosas eran más sencillas en ese entonces.
La fecha tiene aún cierto significado para mí, sirve para recordarla. A veces recuerdo cuando me dejaba tocar su piano porque ella nunca se molestó en aprender (me pregunto si eso era verdad), otras veces me pongo a preguntarle a la nada si ese error que cometió tenía un propósito. La mayoría del tiempo lo uso para pensar en cómo cobrarle por esos tres años gastados.
Es curioso, porque tal vez pensar en ella en esa fecha hace que cada año venga, eventualmente, a tomar una taza de té conmigo. Ella trae la torta.
Este año llegó hace un par de días. Ya no la esperaba, nunca había venido tan tarde. Creo que, en el fondo, es la prueba que me faltaba para confirmar que he aprendido a dejar de necesitar locamente ciertas cosas, ciertas personas. Cuando me vio, me dio esa sonrisa extraña que apareció en su cara cuando dejó de ser parte de mi mundo normal, hace unos años. Hay pocas veces desde ese entonces en que la he visto sonreírme como antes.
Hablamos mucho. Uno pensaría que una tarde no es suficiente para ponerse al día de todo, pero nosotras sabemos hacer cundir el tiempo. Le conté de las cosas que me han mantenido con rabia (ya no hay tristeza, sólo lástima, mucha lástima), de muchas otras cosas que sabía que le harían reír, me di tiempo, también, para enumerar todo lo que he hecho.
Le dije que me siento contenta, sola (de esa soledad deliciosa que te hace sentir capaz de hacer todo lo que quieras sin que nadie te cuestione, sin que nadie te limite)... Le dije que me siento libre.
Soy una persona que habla poco, la mayoría del tiempo prefiero escuchar. Y, aún así, es increíble que yo haya llevado la conversación la mayoría del tiempo. Como siempre, ella me cuenta poco y nada sobre lo que hace, sobre lo que siente.
Y, aún así, sé que la conozco por completo.
Al final de la tarde, nos despedimos. Me dio un beso en la frente y me dijo que iba a estar ahí. No lo dudo.
Pareciera que las horas, los días y los años pasan por su lado sin siquiera mirarla, tan inofensivos como la caricia del viento. Pareciera que saben que no deben prestarle atención porque, simplemente, ella no está bajo su jurisdicción.
Yo sé que no está bajo su jurisdicción.
Tiene un cumpleaños, pero desde hace un par de años la fecha ha dejado de cumplir su propósito. Ya no hay nadie a quien engañar. A veces, cuando me siento particularmente nostálgica, me da por mirar fotos donde sopla las velas con una sonrisa en la cara; probablemente no era una sonrisa fingida, le conozco lo suficiente para saber que si yo era feliz celebrando su cumpleaños, ella también lo era. No sé si decir que las cosas eran más sencillas en ese entonces.
La fecha tiene aún cierto significado para mí, sirve para recordarla. A veces recuerdo cuando me dejaba tocar su piano porque ella nunca se molestó en aprender (me pregunto si eso era verdad), otras veces me pongo a preguntarle a la nada si ese error que cometió tenía un propósito. La mayoría del tiempo lo uso para pensar en cómo cobrarle por esos tres años gastados.
Es curioso, porque tal vez pensar en ella en esa fecha hace que cada año venga, eventualmente, a tomar una taza de té conmigo. Ella trae la torta.
Este año llegó hace un par de días. Ya no la esperaba, nunca había venido tan tarde. Creo que, en el fondo, es la prueba que me faltaba para confirmar que he aprendido a dejar de necesitar locamente ciertas cosas, ciertas personas. Cuando me vio, me dio esa sonrisa extraña que apareció en su cara cuando dejó de ser parte de mi mundo normal, hace unos años. Hay pocas veces desde ese entonces en que la he visto sonreírme como antes.
Hablamos mucho. Uno pensaría que una tarde no es suficiente para ponerse al día de todo, pero nosotras sabemos hacer cundir el tiempo. Le conté de las cosas que me han mantenido con rabia (ya no hay tristeza, sólo lástima, mucha lástima), de muchas otras cosas que sabía que le harían reír, me di tiempo, también, para enumerar todo lo que he hecho.
Le dije que me siento contenta, sola (de esa soledad deliciosa que te hace sentir capaz de hacer todo lo que quieras sin que nadie te cuestione, sin que nadie te limite)... Le dije que me siento libre.
Soy una persona que habla poco, la mayoría del tiempo prefiero escuchar. Y, aún así, es increíble que yo haya llevado la conversación la mayoría del tiempo. Como siempre, ella me cuenta poco y nada sobre lo que hace, sobre lo que siente.
Y, aún así, sé que la conozco por completo.
Al final de la tarde, nos despedimos. Me dio un beso en la frente y me dijo que iba a estar ahí. No lo dudo.
sábado, junio 08, 2013
sábado, junio 01, 2013
jueves, mayo 09, 2013
viernes, mayo 03, 2013
domingo, abril 28, 2013
martes, abril 02, 2013
lunes, abril 01, 2013
♪
Subir uno a uno los escalones, queriendo que el momento se extienda el mayor tiempo posible. Nervios. Las luces apagadas y las manos frías. Pasos torpes y la sensación de miles de ojos atentos a cada movimiento. El camino acaba y sólo queda el ponerse frente al micrófono. ¿Se podrá escuchar algo sobre el atronador sonido de los latidos del corazón en los oídos? ¿Dejarán de temblar las manos? Probablemente no, pero no importa mucho, el show sigue aún cuando uno está nervioso.
El micrófono está al frente, demasiado alto, y no queda otra que ponerse de puntitas para alcanzarlo. La música suena, tan conocida que probablemente podría tararearse al revés.
Respirar profundo, cerrar los ojos y refugiarse en el amor a la música. Cantar.
Cantar.
Y todo sale bien, pues, en aquel momento, no hay nada más maravilloso e importante en todo el universo.
El micrófono está al frente, demasiado alto, y no queda otra que ponerse de puntitas para alcanzarlo. La música suena, tan conocida que probablemente podría tararearse al revés.
Respirar profundo, cerrar los ojos y refugiarse en el amor a la música. Cantar.
Cantar.
Y todo sale bien, pues, en aquel momento, no hay nada más maravilloso e importante en todo el universo.
jueves, marzo 21, 2013
Vómito de palabras.
Quizás si pudiera desenredar mi lengua lograría desenredar también mis dedos, mis ideas fluirían y los nudos de las madejas de lana no serían tan difíciles de desatar. Quizás, también, se me solucionaría el eterno dilema de sufrir nervios y querer elogios, de cantar alto y temblar mucho, de tener frío y querer usar vestidos.
Quizás, podría escribir sin necesidad de hacer frases nada más porque me gusta como suena una posibilidad rondándote.
Quizás, podría escribir sin necesidad de hacer frases nada más porque me gusta como suena una posibilidad rondándote.
miércoles, marzo 13, 2013
domingo, marzo 03, 2013
sábado, febrero 16, 2013
La Catie que hoy existe.
Existe un verano bastante significativo en mi vida. No porque haya conocido al amor de mi vida, no porque haya tenido una de esas aventurillas que después se vuelven sensación de taquilla en los cines, tampoco porque me haya ido a recorrer Europa con nada más que un trozo de chicle en los bolsillos y una armónica. Este verano volvió a mí hace poco, sin mi permiso, cansado de estar enterrado en la montaña solitaria que son mis recuerdos.
Lo primero que llama la atención de mi pequeño relato es que, en ese entonces, yo no pasaba de los once años. "¿Qué tanto puede hacer una niña de once durante un verano?", se preguntarán ustedes. En cuanto a libertad, no mucho. De hecho, creo que mi memoria no me falla si digo que ese año ni siquiera me moví demasiado de mi casa. Sin embargo, el gran giro de acontecimientos se produjo de las maneras más inesperadas y —alegremente— de una manera que me hará atesorarlo por mucho tiempo más.
Mi pequeña yo mandaba cartas. Ponía todo mi esmero en adornas las hojas, escribir con mi mejor letra y llenar ambas planas. A pesar de que la amiga a quien se las enviaba (una ex-compañera de colegio a quien aún quiero muchísimo) vivía en la misma ciudad que yo, hacía todo el proceso de poner estampillas, ir al correo y rogar porque la dirección estuviera bien escrita y la carta llegara sana y salva a su destino. Así nos comunicamos durante meses, hasta que un día llegó un sobre bastante particular: Tenía mi nombre escrito muy pulcramente en su papel envejecido, las esquinas estaban decoradas de morado y si tenía remitente no me percaté en un primer momento; en un espacio y con un estilo de letra similar a los relámpagos estaba escrito "Harry Potter".
Sobra decir que me dio un ataque de pánico porque pensé que me había llegado una carta de Hogwarts. ¿Cómo le iba a decir a mi mamá que era una bruja y que no podía ir al colegio en marzo? ¿Me dejaría viajar hasta Inglaterra para aprender magia? ¿Dónde rayos iba a comprar una varita? Traté de pensar en la mejor forma de informarle las fantásticas noticias mientras abría el sobre con manos temblorosas.
No tuve que darle más vueltas al asunto porque resultó que sólo era otra carta de mi amiga. ¡Pero tampoco era una decepción porque me contaba cosas maravillosas! Además de decirme que me extrañaba y que le escribiera pronto, me contaba de un acontecimiento del que jamás había escuchado en mi vida: Su mamá le había reservado un libro que estaba por salir, y no cualquier libro, era el 5º de Harry Potter. Lamentablemente yo sólo conocía las películas porque en mi casa no compraban más libros que los que pedían para el colegio, pero decidí inmediatamente que aquello no se podía quedar así; ya me había leído todos los libros que me habían pedido para ese año en un par de semanas (un hábito que decidí adoptar porque los libros de mi curso anterior habían sido bastante buenos) y mi imaginación quería más y más. Así que corrí hasta mi mamá y le dije que debía comprarme los libros de Harry Potter.
Curiosamente —algo que me desconcierta aún hasta ahora— las cosas salieron mucho mejor de lo que esperaba. Mi mamá no sólo llegó con un libro de Harry Potter, sino que llegó con La Orden del Fénix cuando aún no se había lanzado en español; sólo hace poco comprendí que de alguna forma se hizo con un libro que tenía la traducción de un grupo de fans de internet. Encontré los instantes perfectos para comenzar mi lectura en mi tiempo libre durante mi taller de natación, entre el tiempo que yo tenía mi sesión y la de mi mamá habían por lo menos dos horas libres, así que yo iba y me refugiaba bajo algún arbolito a leer.
Nada de lo que me había pasado en la vida hasta ese momento fue tan fantástico como cuando empecé a pasar las páginas y todo un mundo que nunca había imaginado se empezó a construir frente a mis ojos. La piscina y la gente desaparecieron a mi alrededor. A veces escuchaba gente hablar con mi mamá cuando nos íbamos y decir que era increíble la rapidez con la que leía y lo quietecita que me quedaba. No me interesaba no entender un montón de cosas (era el primer libro de la saga que me leía) y que de repente en la traducción salieran notas como "Lo siento, no sé traducir la palabra que dice acá", aquel gordo libro en mis manos se volvió algo necesario e irremplazable. En poco más de una semana me lo había acabado y mi mamá encontró tan increíble que me lo hubiese leído en un lapso tan corto que no le tuve que rogar mucho para tener los tres primeros volúmenes en mis manos.
No cuesta mucho deducir que ahí se fue el resto de mi verano.
No sé cuántos libros me leí ese verano, pero aquel cambio fue tan drástico que jamás dudé al determinar cuándo mi hambre de libros se volvió algo más que disfrutar de los libros de mi colegio y sacarme puros 7 en las pruebas de literatura. Ese verano en particular es tan importante para mí por el simple hecho de que estableció los cimientos de quien soy ahora, generó el modo en que río, lloro, suspiro y sueño al leer, hizo que las letras fueran algo más que un medio para escribir ensayos en la universidad.
Mi corazón palpita en letras, mis ojos se pasan la mayoría del tiempo dentro de mi cabeza, explorando el sinfín de mundos que he explorado, los millones de vidas que he vivido con sólo voltear páginas. No hay imágenes más vívidas que las que he formado como interpretación de las palabras en mis historias.
Si la música es mi alma, los libros son lo que la atan a mi cuerpo y hacen que el mundo sea algo más que lo que pasan en las noticias. Un mundo que vale la pena vivir.
Lo primero que llama la atención de mi pequeño relato es que, en ese entonces, yo no pasaba de los once años. "¿Qué tanto puede hacer una niña de once durante un verano?", se preguntarán ustedes. En cuanto a libertad, no mucho. De hecho, creo que mi memoria no me falla si digo que ese año ni siquiera me moví demasiado de mi casa. Sin embargo, el gran giro de acontecimientos se produjo de las maneras más inesperadas y —alegremente— de una manera que me hará atesorarlo por mucho tiempo más.
Mi pequeña yo mandaba cartas. Ponía todo mi esmero en adornas las hojas, escribir con mi mejor letra y llenar ambas planas. A pesar de que la amiga a quien se las enviaba (una ex-compañera de colegio a quien aún quiero muchísimo) vivía en la misma ciudad que yo, hacía todo el proceso de poner estampillas, ir al correo y rogar porque la dirección estuviera bien escrita y la carta llegara sana y salva a su destino. Así nos comunicamos durante meses, hasta que un día llegó un sobre bastante particular: Tenía mi nombre escrito muy pulcramente en su papel envejecido, las esquinas estaban decoradas de morado y si tenía remitente no me percaté en un primer momento; en un espacio y con un estilo de letra similar a los relámpagos estaba escrito "Harry Potter".
Sobra decir que me dio un ataque de pánico porque pensé que me había llegado una carta de Hogwarts. ¿Cómo le iba a decir a mi mamá que era una bruja y que no podía ir al colegio en marzo? ¿Me dejaría viajar hasta Inglaterra para aprender magia? ¿Dónde rayos iba a comprar una varita? Traté de pensar en la mejor forma de informarle las fantásticas noticias mientras abría el sobre con manos temblorosas.
No tuve que darle más vueltas al asunto porque resultó que sólo era otra carta de mi amiga. ¡Pero tampoco era una decepción porque me contaba cosas maravillosas! Además de decirme que me extrañaba y que le escribiera pronto, me contaba de un acontecimiento del que jamás había escuchado en mi vida: Su mamá le había reservado un libro que estaba por salir, y no cualquier libro, era el 5º de Harry Potter. Lamentablemente yo sólo conocía las películas porque en mi casa no compraban más libros que los que pedían para el colegio, pero decidí inmediatamente que aquello no se podía quedar así; ya me había leído todos los libros que me habían pedido para ese año en un par de semanas (un hábito que decidí adoptar porque los libros de mi curso anterior habían sido bastante buenos) y mi imaginación quería más y más. Así que corrí hasta mi mamá y le dije que debía comprarme los libros de Harry Potter.
Curiosamente —algo que me desconcierta aún hasta ahora— las cosas salieron mucho mejor de lo que esperaba. Mi mamá no sólo llegó con un libro de Harry Potter, sino que llegó con La Orden del Fénix cuando aún no se había lanzado en español; sólo hace poco comprendí que de alguna forma se hizo con un libro que tenía la traducción de un grupo de fans de internet. Encontré los instantes perfectos para comenzar mi lectura en mi tiempo libre durante mi taller de natación, entre el tiempo que yo tenía mi sesión y la de mi mamá habían por lo menos dos horas libres, así que yo iba y me refugiaba bajo algún arbolito a leer.
Nada de lo que me había pasado en la vida hasta ese momento fue tan fantástico como cuando empecé a pasar las páginas y todo un mundo que nunca había imaginado se empezó a construir frente a mis ojos. La piscina y la gente desaparecieron a mi alrededor. A veces escuchaba gente hablar con mi mamá cuando nos íbamos y decir que era increíble la rapidez con la que leía y lo quietecita que me quedaba. No me interesaba no entender un montón de cosas (era el primer libro de la saga que me leía) y que de repente en la traducción salieran notas como "Lo siento, no sé traducir la palabra que dice acá", aquel gordo libro en mis manos se volvió algo necesario e irremplazable. En poco más de una semana me lo había acabado y mi mamá encontró tan increíble que me lo hubiese leído en un lapso tan corto que no le tuve que rogar mucho para tener los tres primeros volúmenes en mis manos.
No cuesta mucho deducir que ahí se fue el resto de mi verano.
No sé cuántos libros me leí ese verano, pero aquel cambio fue tan drástico que jamás dudé al determinar cuándo mi hambre de libros se volvió algo más que disfrutar de los libros de mi colegio y sacarme puros 7 en las pruebas de literatura. Ese verano en particular es tan importante para mí por el simple hecho de que estableció los cimientos de quien soy ahora, generó el modo en que río, lloro, suspiro y sueño al leer, hizo que las letras fueran algo más que un medio para escribir ensayos en la universidad.
Mi corazón palpita en letras, mis ojos se pasan la mayoría del tiempo dentro de mi cabeza, explorando el sinfín de mundos que he explorado, los millones de vidas que he vivido con sólo voltear páginas. No hay imágenes más vívidas que las que he formado como interpretación de las palabras en mis historias.
Si la música es mi alma, los libros son lo que la atan a mi cuerpo y hacen que el mundo sea algo más que lo que pasan en las noticias. Un mundo que vale la pena vivir.
martes, enero 15, 2013
jueves, enero 10, 2013
Hasta lo más profundo del mar.
Caminar sobre la arena y sentir las burbujeantes caricias de la espuma, esa brisa cortante que te llena de sal las mejillas. Sentarte con un buen libro sobre las rodillas o sacar una cámara y fotografiar la vida mientras pasa. Sumergirte en el refugio del agua, los latidos de tu corazón tamborileando en tu cabeza como única compañía.
Remolinos que juegan con tu cabello y lo vuelven una flama de colores que baila a tu alrededor sin música alguna. Peces que se aventuran en la cercanía de aquellas extrañas criaturas que habitan las costas del mundo, que se atavían con atuendos tan curiosos (y, por qué no, ridículos la mayoría de las veces).
Tal vez vuelves a la playa, te recuestas bajo una sombrilla. Alguien te despierta de aquella siesta a media tarde con un beso húmedo y frío en el cuello. Curiosamente no es extraño, no sientes alarma.
Tal vez, ese mismo alguien te toma la mano y poco a poco te guía entre las olas. Te toma entre sus brazos y susurra palabras que dejan de tener sentido porque lo único que importa es su voz, lo único que importa es esa risa que pareciera estremecer cada parte de tu cuerpo. No tienes deseos de deshacer aquel abrazo, ¿verdad? Se sumergen, y no tienes miedo porque ahí está ese alguien besándote y dándote ese tan preciado oxígeno con cada caricia.
Con los ojos cerrados, te dejas llevar hasta un fondo que nunca parece llegar.
No habría mucha diferencia si miraras, porque todo es demasiado oscuro para una criatura de tierra firme como tú.
Remolinos que juegan con tu cabello y lo vuelven una flama de colores que baila a tu alrededor sin música alguna. Peces que se aventuran en la cercanía de aquellas extrañas criaturas que habitan las costas del mundo, que se atavían con atuendos tan curiosos (y, por qué no, ridículos la mayoría de las veces).
Tal vez vuelves a la playa, te recuestas bajo una sombrilla. Alguien te despierta de aquella siesta a media tarde con un beso húmedo y frío en el cuello. Curiosamente no es extraño, no sientes alarma.
Tal vez, ese mismo alguien te toma la mano y poco a poco te guía entre las olas. Te toma entre sus brazos y susurra palabras que dejan de tener sentido porque lo único que importa es su voz, lo único que importa es esa risa que pareciera estremecer cada parte de tu cuerpo. No tienes deseos de deshacer aquel abrazo, ¿verdad? Se sumergen, y no tienes miedo porque ahí está ese alguien besándote y dándote ese tan preciado oxígeno con cada caricia.
Con los ojos cerrados, te dejas llevar hasta un fondo que nunca parece llegar.
No habría mucha diferencia si miraras, porque todo es demasiado oscuro para una criatura de tierra firme como tú.
martes, diciembre 11, 2012
Inspiración villancística.
Era un cambio curioso.
No sabía qué le descolocaba más, si la sensación de tener que estar viviendo otra hora del día y ver todo oscuro o el hecho de que hubiera nieve agolpándose en cada ventana; quizás era aún más rara la compañía, pero no quería pensar en aquello. Tratando de asegurarse de la realidad de su situación, decidió aferrarse con más fuerza a su tazón de chocolate caliente. La persona sentada frente a ella alzó las cejas con aire divertido, sus pecas doradas brillando con el danzar del fuego en la chimenea.
—Deberías aprovechar el tiempo en algo más productivo que el preguntarte si en verdad estás aquí —le dijo. Sólo en ese momento se dio cuenta de cuánto había extrañado aquella pizca traviesa que siempre adornaba sus palabras.
—Perdona si no estoy saltando de felicidad, señorita "aprovecha el tiempo", creí que había dejado de lado estas cosas, ¿sabes? —suspiró con el ceño fruncido y decidió que tal vez sería más digno mirar el fuego en lugar de aquellos ojos verdes que parecían leer cada rincón de su alma—. Tú por tu lado, yo por el mío... Creo que las cosas son menos complicadas de ese modo.
—Oh, lo son. Nunca he dicho que las cosas sean más sencillas cuando nosotros estamos involucrados. Pero comúnmente las cosas complicadas son las que separan una vida común de una remarcable. Y yo sé que tú no quieres una vida común.
—Tal vez ahora la quiera —respondió en un murmullo atropellado, sintiendo la necesidad de defenderse de aquellas palabras acusadoras.
Por el rabillo del ojo pudo ver como la otra persona sonreía. Una parte de ella tuvo que resistir las ganas de empaparle la cara con lo que quedaba del chocolate. Sería lindo, se dijo, combinaría bien con su nuevo color de pelo.
—¿Tú? —dijo la chica—. ¿Estamos hablando de la misma persona? Podrás tratar de convencerte de muchas cosas ahora, Astérie, pero esa definitivamente ni siquiera podrías creértela tú.
—No trates de darme ese tipo de sermones. ¿Estoy hablando yo con la misma persona? ¡Mírate! —se puso de pie y la señaló, airada—. Si tienes los mismos ojos no creo que sea más que coincidencia.
En lugar de sentirse intimidada por sus reclamos, la otra muchacha se puso de pie también; su cabello rojo parecía cambiar de tonalidad en la penumbra del fuego. Su nueva altura era imponente, pero su acompañante no retrocedió ni un centímetro. Si algo le quedaba de todos los años de conocerla, a pesar de los acontecimiento ocurridos en el último tiempo, era el tener las agallas para hacerle frente.
—¿Es eso lo que te molesta? ¿Que me vea distinta? —la luz del fuego parpadeó por un instante, al siguiente ya no estaba frente a ella la esbelta pelirroja, sino el rostro familiar de su amiga de la infancia. Ni siquiera mostró sorpresa debido al enfado que le invadía en aquel momento—. ¿Esto quieres? O quizás te sientas más cómoda si ni siquiera me puedes reconocer.
La habitación se oscureció una vez más. Cuando la luz volvió, se encontró frente a un hombre de su edad, el rostro contraído con furia de la misma forma que la chica que antes había ocupado su lugar. Dio un paso hacia atrás, confudida.
Algo debió haber tenido su rostro, porque la expresión del muchacho se suavizó al verle. Mientras le miraba, una especie de regocijo le invadió al darse cuenta que los ojos del chico conservaban el verde carácterístico de los ojos de su amiga.
—Lo siento —le escuchó decir. Pudo notar por la forma en que se movía sus intenciones de acercarse. Rápidamente alzó una mano, impidiéndole dar cualquier paso.
El silencio era tan intenso que hasta daba la impresión de que el fuego había dejado de crepitar.
—Eres rara —dijo después de unos instantes. La chica —ahora chico— frente a ella le observó con genuina sorpresa—. O raro, ya no sé... ¿Era realmente necesario esto?
El joven se revolvió incómodo, luego le frunció el ceño como si todo fuera culpa de ella; aquello le hizo sonreír un poco, como en los viejos tiempos.
—Se supone que los ángeles somos asexuados, así que no importa realmente la forma que tome. Y sabes que me gusta ser dramático.
Esperó un momento, tratando de ver si así los últimos segundos de su vida tenían algo de sentido. Al ver que no, se cubrió la cara con las manos, volvió a sentarse y rompió a reír —aunque, tal vez, sería más adecuado decir que aquello era una especie de risa/llanto nervioso que de humor no tenía mucho—.
—Astérie... —susurró el muchacho, tan suave como se le hablaría a un animal asustado. Por el espacio entre sus dedos, pudo ver que se acercaba lentamente hacia ella. Cerró los ojos con fuerza, como si esperara que con eso él —o ella; cielo santo, estúpido ángel— dejara de avanzar.
Cuando volvió a mirar, el mismo par de ojos verdes le devolvían la mirada, sin embargo, esta vez el rostro era conocido. Suspiró con genuino alivio e intentó componer la expresión más indignada que podía en aquellas condiciones.
—Si vuelves a hacer algo así —dijo, su voz temblorosa—, juro que no vuelvo a hablarte nunca más. Nunca más.
El ángel le sonrió con aquella sonrisa apenada que ella conocía tan bien. Por alguna razón, ese simple gesto le hizo reír; se acomodó en su asiento y se secó el par de lágrimas solitarias que habían escapado de sus ojos.
—Ya, perdón... —dijo la chica, acercándole otra vez la taza de chocolate —ya frío, a estas alturas— en un intento de ser amable—. Asusta lo fácil que puedes sacarme de mis casillas, pensé que con el tiempo eso iba a cambiar.
—Por favor, ¿crees que voy a dejar de hacer enfadar a mi mejor amiga así como así? Me da absolutamente igual que seas un ángel, eso no cambia nada.
Los ojos verdes de la muchacha resplandecieron con sorna mientras resoplaba.
—No te conocería como te conozco si no esperara eso de ti, tonta.
Rió flojamente y miró la nieve caer por la ventana. Todo esto le agotaba de una manera que no creía posible; los ángeles por todos lados —y que, así como iban, nunca la dejarían en paz—, los amigos que no eran amigos y las personas que nunca existieron... Ella creía que era suficiente para un buen par de vidas, el hecho de tener que lidiar con todo sola (pues finalmente, por mucho que ese ángel en particular estuviera ahí, no era mucho lo que podían hablar debido a las circunstancias) era todavía más triste. ¿Se arrepentía de haber buscando tanto a los ángeles? Probablemente no, pero de todas formas estaba muy cansada. A veces se preguntaba si no podía ser un ángel ella también para que le arrancaran el corazón y que todo esto pudiera dejar de importarle.
—Quiero que me cantes un villancico —pidió el ángel. Astérie no se había dado cuenta de todo el tiempo que habían pasado en silencio.
—¿Un villancico? Ni siquiera es navidad aún...
—Lo más probable es que tengamos sólo este momento. Por favor, cántame un villancico. El piano está ahí para ti, sé que has mejorado tocándolo.
—Preferiría una guitarra —dijo—, los villancicos suenan más personales de esa manera. ¿Cuál quieres que te cante?
—Tu favorito, el de los ángeles. Me gusta como cantas el "Gloria in excelsis Deo", pareces un ángel tú también.
Tomó una guitarra y rió un poco, luego rodó los ojos mientras afinaba las cuerdas. Por supuesto que quería que cantara ese.
—Eres rara, muy rara. Si vuelvo a visitarte será solamente por Abbey Road.
Los acordes se hicieron familiares en sus manos, el mundo desapareció y sólo fue consciente del sonido de su voz haciendo armonía con las notas. Por el más breve de los momentos pudo hacerse creer que aquella era sólo una navidad más en la vieja casa en medio del campo, que no todo estaba demolido y que la vida era mucho más sencilla; que los ángeles sólo estaban en sus libros y sus figuritas y que su corazón estaba aún medianamente utilizable. En aquel momento, ella aún estaba esperando por aquella persona que vendría y haría de su vida una aventura, sin destruír sus esperanzas de paso.
No sabía qué le descolocaba más, si la sensación de tener que estar viviendo otra hora del día y ver todo oscuro o el hecho de que hubiera nieve agolpándose en cada ventana; quizás era aún más rara la compañía, pero no quería pensar en aquello. Tratando de asegurarse de la realidad de su situación, decidió aferrarse con más fuerza a su tazón de chocolate caliente. La persona sentada frente a ella alzó las cejas con aire divertido, sus pecas doradas brillando con el danzar del fuego en la chimenea.
—Deberías aprovechar el tiempo en algo más productivo que el preguntarte si en verdad estás aquí —le dijo. Sólo en ese momento se dio cuenta de cuánto había extrañado aquella pizca traviesa que siempre adornaba sus palabras.
—Perdona si no estoy saltando de felicidad, señorita "aprovecha el tiempo", creí que había dejado de lado estas cosas, ¿sabes? —suspiró con el ceño fruncido y decidió que tal vez sería más digno mirar el fuego en lugar de aquellos ojos verdes que parecían leer cada rincón de su alma—. Tú por tu lado, yo por el mío... Creo que las cosas son menos complicadas de ese modo.
—Oh, lo son. Nunca he dicho que las cosas sean más sencillas cuando nosotros estamos involucrados. Pero comúnmente las cosas complicadas son las que separan una vida común de una remarcable. Y yo sé que tú no quieres una vida común.
—Tal vez ahora la quiera —respondió en un murmullo atropellado, sintiendo la necesidad de defenderse de aquellas palabras acusadoras.
Por el rabillo del ojo pudo ver como la otra persona sonreía. Una parte de ella tuvo que resistir las ganas de empaparle la cara con lo que quedaba del chocolate. Sería lindo, se dijo, combinaría bien con su nuevo color de pelo.
—¿Tú? —dijo la chica—. ¿Estamos hablando de la misma persona? Podrás tratar de convencerte de muchas cosas ahora, Astérie, pero esa definitivamente ni siquiera podrías creértela tú.
—No trates de darme ese tipo de sermones. ¿Estoy hablando yo con la misma persona? ¡Mírate! —se puso de pie y la señaló, airada—. Si tienes los mismos ojos no creo que sea más que coincidencia.
En lugar de sentirse intimidada por sus reclamos, la otra muchacha se puso de pie también; su cabello rojo parecía cambiar de tonalidad en la penumbra del fuego. Su nueva altura era imponente, pero su acompañante no retrocedió ni un centímetro. Si algo le quedaba de todos los años de conocerla, a pesar de los acontecimiento ocurridos en el último tiempo, era el tener las agallas para hacerle frente.
—¿Es eso lo que te molesta? ¿Que me vea distinta? —la luz del fuego parpadeó por un instante, al siguiente ya no estaba frente a ella la esbelta pelirroja, sino el rostro familiar de su amiga de la infancia. Ni siquiera mostró sorpresa debido al enfado que le invadía en aquel momento—. ¿Esto quieres? O quizás te sientas más cómoda si ni siquiera me puedes reconocer.
La habitación se oscureció una vez más. Cuando la luz volvió, se encontró frente a un hombre de su edad, el rostro contraído con furia de la misma forma que la chica que antes había ocupado su lugar. Dio un paso hacia atrás, confudida.
Algo debió haber tenido su rostro, porque la expresión del muchacho se suavizó al verle. Mientras le miraba, una especie de regocijo le invadió al darse cuenta que los ojos del chico conservaban el verde carácterístico de los ojos de su amiga.
—Lo siento —le escuchó decir. Pudo notar por la forma en que se movía sus intenciones de acercarse. Rápidamente alzó una mano, impidiéndole dar cualquier paso.
El silencio era tan intenso que hasta daba la impresión de que el fuego había dejado de crepitar.
—Eres rara —dijo después de unos instantes. La chica —ahora chico— frente a ella le observó con genuina sorpresa—. O raro, ya no sé... ¿Era realmente necesario esto?
El joven se revolvió incómodo, luego le frunció el ceño como si todo fuera culpa de ella; aquello le hizo sonreír un poco, como en los viejos tiempos.
—Se supone que los ángeles somos asexuados, así que no importa realmente la forma que tome. Y sabes que me gusta ser dramático.
Esperó un momento, tratando de ver si así los últimos segundos de su vida tenían algo de sentido. Al ver que no, se cubrió la cara con las manos, volvió a sentarse y rompió a reír —aunque, tal vez, sería más adecuado decir que aquello era una especie de risa/llanto nervioso que de humor no tenía mucho—.
—Astérie... —susurró el muchacho, tan suave como se le hablaría a un animal asustado. Por el espacio entre sus dedos, pudo ver que se acercaba lentamente hacia ella. Cerró los ojos con fuerza, como si esperara que con eso él —o ella; cielo santo, estúpido ángel— dejara de avanzar.
Cuando volvió a mirar, el mismo par de ojos verdes le devolvían la mirada, sin embargo, esta vez el rostro era conocido. Suspiró con genuino alivio e intentó componer la expresión más indignada que podía en aquellas condiciones.
—Si vuelves a hacer algo así —dijo, su voz temblorosa—, juro que no vuelvo a hablarte nunca más. Nunca más.
El ángel le sonrió con aquella sonrisa apenada que ella conocía tan bien. Por alguna razón, ese simple gesto le hizo reír; se acomodó en su asiento y se secó el par de lágrimas solitarias que habían escapado de sus ojos.
—Ya, perdón... —dijo la chica, acercándole otra vez la taza de chocolate —ya frío, a estas alturas— en un intento de ser amable—. Asusta lo fácil que puedes sacarme de mis casillas, pensé que con el tiempo eso iba a cambiar.
—Por favor, ¿crees que voy a dejar de hacer enfadar a mi mejor amiga así como así? Me da absolutamente igual que seas un ángel, eso no cambia nada.
Los ojos verdes de la muchacha resplandecieron con sorna mientras resoplaba.
—No te conocería como te conozco si no esperara eso de ti, tonta.
Rió flojamente y miró la nieve caer por la ventana. Todo esto le agotaba de una manera que no creía posible; los ángeles por todos lados —y que, así como iban, nunca la dejarían en paz—, los amigos que no eran amigos y las personas que nunca existieron... Ella creía que era suficiente para un buen par de vidas, el hecho de tener que lidiar con todo sola (pues finalmente, por mucho que ese ángel en particular estuviera ahí, no era mucho lo que podían hablar debido a las circunstancias) era todavía más triste. ¿Se arrepentía de haber buscando tanto a los ángeles? Probablemente no, pero de todas formas estaba muy cansada. A veces se preguntaba si no podía ser un ángel ella también para que le arrancaran el corazón y que todo esto pudiera dejar de importarle.
—Quiero que me cantes un villancico —pidió el ángel. Astérie no se había dado cuenta de todo el tiempo que habían pasado en silencio.
—¿Un villancico? Ni siquiera es navidad aún...
—Lo más probable es que tengamos sólo este momento. Por favor, cántame un villancico. El piano está ahí para ti, sé que has mejorado tocándolo.
—Preferiría una guitarra —dijo—, los villancicos suenan más personales de esa manera. ¿Cuál quieres que te cante?
—Tu favorito, el de los ángeles. Me gusta como cantas el "Gloria in excelsis Deo", pareces un ángel tú también.
Tomó una guitarra y rió un poco, luego rodó los ojos mientras afinaba las cuerdas. Por supuesto que quería que cantara ese.
—Eres rara, muy rara. Si vuelvo a visitarte será solamente por Abbey Road.
Los acordes se hicieron familiares en sus manos, el mundo desapareció y sólo fue consciente del sonido de su voz haciendo armonía con las notas. Por el más breve de los momentos pudo hacerse creer que aquella era sólo una navidad más en la vieja casa en medio del campo, que no todo estaba demolido y que la vida era mucho más sencilla; que los ángeles sólo estaban en sus libros y sus figuritas y que su corazón estaba aún medianamente utilizable. En aquel momento, ella aún estaba esperando por aquella persona que vendría y haría de su vida una aventura, sin destruír sus esperanzas de paso.
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