lunes, marzo 24, 2014

El centro.

He notado que a veces me pierdo en mí misma, como si no fuera suficiente perderme en el exterior.

O no me pierdo; me reemplazo. Me sustituyo a mí misma con otra yo. O existen muchas, y se relevan. O existen muchas y conviven en paz, y salen a pasear cuando les agrada más el día.

Hay una yo que se muestra cuando hay risas, le agrada el sonido de la gente feliz y por eso se las da de humorista. Hay otra que es más dura, que no le gusta la gente abusiva, las injusticias; reclama, se queja, se enoja. Se pone voluntariosa y no aguanta nada que le parezca una forma de maldad tanto para ella como para el resto. Hay otra que canta (¿o hay muchas que cantan?). Hay muchas ególatras, también.

Hay una que no me visita hace mucho tiempo. O cuando lo hace, es en la soledad, así que siento como si no estuviera.

Es dulce —no que las otras no lo sean, pero esto es distinto—. Pareciera que mira el mundo asomada desde una ventana, de puntitas, con las mejillas sonrosadas y los ojos bien abiertos, llenos de admiración. Tal vez es frágil, pero no en el sentido rompible (o quizás sí, un poquito), sino que sus emociones parecieran ser una segunda piel: Ríe, llora y ama como si la vida se le fuera en ello. Es cursi, y si de ella dependiera, su vida se pasaría en canciones que hacen cosquillas en la nuca y carreras entre las flores.

Está llena de flores.

Y caricias.

Y besos.

Y tal vez por eso la extraño. Es tímida, y a pesar de estar siempre detrás de la yo que se manifiesta, la misma que le dice "Anda, sale, yo te cedo el turno", no se anima a dejar que la vean. Le tiene miedo al mundo, y va de una persona a la vez.

Quisiera que saliera, porque es mi centro y de ella sale el resto.

O sólo hablo en metáforas y nunca ha habido más de una yo. Y esa faceta de mí sólo está destinada a salir cuando menos lo espero, con quien menos lo espero.

viernes, marzo 07, 2014

Epifanía IV

Si hay algo que puedo sacar de mis desventuras y todo ese jazz (aparte que cuando quiero escribo muy bonito y muy poético, especialmente cuando mi corazón toma las riendas de las manos), es que tengo una enorme y hermosa capacidad de amar.

No fue hasta que me dije "veamos que me dice la Catalina del pasado" que lo recordé. O más bien, ella me lo recordó. Esa certeza que tengo de que mi corazón, mi alma, mi todo, se transforma de una manera hermosa y comienza a trazar su camino junto al de alguien más. Que se abre y entrega frente a la promesa de un cuidado atento.

Que me gusta construír castillos de naipes. Y que es muy triste cuando se caen con la brisa.

Pero, maldita sea, no hay nada más maravilloso que admirar la magnitud de semejante creación.

jueves, febrero 27, 2014

Biggest Turn Offs

Decir que estás súper contenta estando sola, que la única forma que existe para que estés con alguien ahora mismo es estar tan enamorada que tu corazón repentinamente explote en canción. Sólo pides un poco de tiempo para enamorarte, porque estás dispuesta a dar una oportunidad.

Que te respondan "podemos hacer muchas cosas sin tener nada".



Goodbye.

Goodbye para siempre.

"Que tengo unas ganas inmensas desde hace mucho tiempo de tenerte para mí"

Y lo sé. Lo sé.

Lo supe, y tal vez con eso me bastaba. Porque nunca me pensé en el escenario como algo que podría realmente pasar.




Pero pasó.

Y lo que me entristece, es que no sé si aún estoy lista para saberlo de esta forma.

lunes, febrero 17, 2014


Ahora sólo me falta una alfombra mágica y un dude disfrazado de príncipe.

lunes, enero 20, 2014

De verdad me pregunto...

¿Está tan mal, tan, tan mal el querer ponerle magia a la vida?

domingo, enero 12, 2014

Paltacienta

Érase una vez, en un Reino no-tan-lejano —aunque sí bastante olvidable—, una familia. Esta familia no era de linaje noble, no vivía en un palacio ni contaba con sirvientes, tampoco le precedía una historia particularmente triste, como a veces sucede, antes de las más grandes aventuras. Superficialmente, esta familia era sólo una más entre las muchas del Reino.

Dicha familia estaba conformada por un guardia de Palacio y su esposa, además de dos hijas y un noble perro. Los días transcurrían en aquel hogar con una cálida tranquilidad que raramente se veía interrumpida: Madre y padre salían por las mañanas a realizar aquellas tareas que asegurarían comida en la mesa y fuego en el hogar, mientras que ambas hermanas, ya lo suficientemente mayores para salir con independencia de la casa, ocupaban las jornadas para nutrir sus mentes y llenarlas de conocimiento, sin importar lo lejos o cerca que éste se encontrara.

La mayor, conocida como Paltacienta debido al fruto verde por el cual su Reino era famoso en otras regiones, abandonaba cada día (o casi todos) su pueblo natal para adentrarse en territorios más lejanos, principalmente, el próspero Reino a orillas del mar, en donde abundaban libros —o, al menos, existían en mayor cantidad que en su hogar—, lo que le permitía profundizar los tópicos que más llamaban su atención. La joven pasaba largos meses realizando el tedioso viaje día tras día, mas encontró la forma de llenas aquellas horas vacías con historias.

Si hay algo en lo que las personas que conocían a Paltacienta podrían coincidir, era en reconocer la tendencia de la muchacha a llenarse la cabeza con cuentos de hadas. Estas historias, por supuesto, variaban tanto en composición como en argumento, pero todas solían tener en común aunque fuera una pequeña pizca de magia, la misma que mantenía en la chiquilla una constante expresión soñadora y le permitía ver a su alrededor cosas que la mayoría pasaría por alto.

Sin mucho esfuerzo, Paltacienta podía notar la magia en un mundo que daba por sentado su inexistencia.

A veces esto le traía algunos problemas, además de cierta desesperanza cuando a su alrededor aparecían nada más que miradas llenas de desdén y comentarios desalentadores. Pero con el transcurrir del tiempo, la joven aprendió a darle menos y menos importancia a estas actitudes, especialmente cuando la magia seguía apareciendo ante sus ojos con inusitada facilidad, si bien no siempre le hacía partícipe.

Por eso, en el momento en que la oportunidad se le presentó, no pudo más que luchar con todas sus fuerzas por no dejarla escapar. Llegó a los oídos de los habitantes del Reino la noticia de una fiesta a realizarse en una de las regiones costeras —el Reino de los frutos verdes no era muy inclinado a las celebraciones—. No cualquier fiesta, claro está. Se rumoreaba que no tendría igual, pues se tocaría la música más hermosa, se danzaría como jamás se había danzado; las estrellas se esconderían, avergonzadas, al verse opacadas por el sinnúmero de luces decorando cada rincón. ¡Cuántos colores! ¡Cuánta alegría y vida! Y, además, magia realzándolo todo. Sin embargo, no todos podrían asistir. Los invitados serían seleccionados de manera privada.

Al enterarse, Paltacienta casi sucumbió ante la euforia. ¿En qué otro momento, si no era ese, le ofrecería la vida una oportunidad como aquella? El tema ni siquiera quedaba abierto a discusión, ¡debía ir a como diera lugar! Y llamaría la atención de quienquiera que seleccionara los invitados así fuera lo último que hiciera.

Para lograr su cometido, la muchacha decidió que su mejor opción era el comenzar a pensar, hablar y respirar magia. No hubo instante en que no sobresaltara a su familia con las más extrañas ocurrencias y los más curiosos comportamientos. Después de todo, la magia no era algo común en aquellas tierras. Pero las miradas extrañadas no significan mucho para un corazón determinado, y así lo demostró Paltacienta con aquella sonrisa radiante que jamás abandonó su rostro.

No lo abandonó, al menos, hasta el momento en que las cartas de invitación comenzaron a llegar y Paltacienta se quedó con las manos vacías.

No se molestó, no gritó, no lloró. Tan sólo se quedó en las afueras de su casa, mirando el tranquilo pasar de aquel Reino olvidable, su hogar, donde nadie compartió su tristeza.

Y en aquellos instantes, con esa mirada que observa a la multitud pero que realmente no ve, la joven por poco pierde su más grande muestra de aquello en lo que creía con tanto fervor.

Frente a ella, una mujer de inusuales ropas le observaba con curiosidad. En uno de sus brazos colgaba una canasta con paltas.

—Paltacienta, no estés triste —habló la dama. 

Ante esto, la muchacha alzó la mirada con inquietud. ¿Cómo alguien podía haberse dado cuenta de su tristeza? Cuando sus miradas se juntaron, la mujer de las paltas sonrió.

—Soy tu Hada Madrina y he venido a ayudarte. La magia en tu corazón merece ser recompensada.

Dicho esto, sacó una palta de su canasta, la presionó entre sus dedos para evaluar su madurez y se la entregó a la joven. Confundida, Paltacienta observó la fruta en sus mano y abrió la boca, pero no supo qué decir.

—Es un buen momento para tomarte medidas, querida niña.

Tres árboles en llamas y un número musical después, Paltacienta lucía el más hermoso y delicado de los vestidos, además de un elaborado peinado, coronado por su habitual elástico de resorte. La palta en su mano había dado lugar a un elegante carruaje que sería dirigido por caballos invisibles, pues sólo había un perro y, por la salud mental de ella y su mascota, la muchacha pidió que no se le sometiera a ninguna transformación.

Con la sonrisa en su rostro y la alegría nuevamente brillando en sus ojos, Paltacienta agradeció a su Hada Madrina por tan hermoso regalo. La mujer le besó en la frente, como símbolo de buena suerte, y le ayudó a subir al carruaje.

—Como tienes unas buenas horas de viaje antes de llegar a la fiesta, podrás quedarte hasta que acabe y aún tendrás tiempo de regresar en tu carruaje, sin embargo, el hechizo terminará al cruzar de vuelta las murallas del Reino. Además, sería una lástima si conocieras a algún gentil caballero y tuvieras que irte de improviso.

—No voy precisamente paraconocer caballeros, Hada Madrina —respondió Paltacienta—. No me quejaré si aparece alguno que deleite mi vista, pero primero quiero ver la magia. De todas formas, aprecio que pensaras en ello.

—¡Entonces ve, mi niña, y tráeme uno a mí!

 Y con un movimiento de su canasta, el Hada Madrina puso en marcha la palta-carruaje. Desde la ventana, Paltacienta agitó la mano, despidiéndose, lista para su siguiente aventura.

sábado, diciembre 21, 2013

Para nadie en particular

Y así como se alza mi voz de una manera inusualmente confiada, como entono los sostenidos para volver mi canción un vértigo, ¿así podrías sostenerme entre tus brazos? Mientras yo canto, y es mi canto el que dicta el vaivén de nuestros pasos.

Y me giro para verte. Y nos reímos. Reímos y es la más bella armonía.

Porque somos canción.

martes, julio 02, 2013

Un cuentito.

Tengo una amiga atemporal.

Pareciera que las horas, los días y los años pasan por su lado sin siquiera mirarla, tan inofensivos como la caricia del viento. Pareciera que saben que no deben prestarle atención porque, simplemente, ella no está bajo su jurisdicción.  

Yo sé que no está bajo su jurisdicción.

Tiene un cumpleaños, pero desde hace un par de años la fecha ha dejado de cumplir su propósito. Ya no hay nadie a quien engañar. A veces, cuando me siento particularmente nostálgica, me da por mirar fotos donde sopla las velas con una sonrisa en la cara; probablemente no era una sonrisa fingida, le conozco lo suficiente para saber que si yo era feliz celebrando su cumpleaños, ella también lo era. No sé si decir que las cosas eran más sencillas en ese entonces.

La fecha tiene aún cierto significado para mí, sirve para recordarla. A veces recuerdo cuando me dejaba tocar su piano porque ella nunca se molestó en aprender (me pregunto si eso era verdad), otras veces me pongo a preguntarle a la nada si ese error que cometió tenía un propósito. La mayoría del tiempo lo uso para pensar en cómo cobrarle por esos tres años gastados.

Es curioso, porque tal vez pensar en ella en esa fecha hace que cada año venga, eventualmente, a tomar una taza de té conmigo. Ella trae la torta.

Este año llegó hace un par de días. Ya no la esperaba, nunca había venido tan tarde. Creo que, en el fondo, es la prueba que me faltaba para confirmar que he aprendido a dejar de necesitar locamente ciertas cosas, ciertas personas. Cuando me vio, me dio esa sonrisa extraña que apareció en su cara cuando dejó de ser parte de mi mundo normal, hace unos años. Hay pocas veces desde ese entonces en que la he visto sonreírme como antes.

Hablamos mucho. Uno pensaría que una tarde no es suficiente para ponerse al día de todo, pero nosotras sabemos hacer cundir el tiempo. Le conté de las cosas que me han mantenido con rabia (ya no hay tristeza, sólo lástima, mucha lástima), de muchas otras cosas que sabía que le harían reír, me di tiempo, también, para enumerar todo lo que he hecho.

Le dije que me siento contenta, sola (de esa soledad deliciosa que te hace sentir capaz de hacer todo lo que quieras sin que nadie te cuestione, sin que nadie te limite)... Le dije que me siento libre.

Soy una persona que habla poco, la mayoría del tiempo prefiero escuchar. Y, aún así, es increíble que yo haya llevado la conversación la mayoría del tiempo. Como siempre, ella me cuenta poco y nada sobre lo que hace, sobre lo que siente.

Y, aún así, sé que la conozco por completo.

Al final de la tarde, nos despedimos. Me dio un beso en la frente y me dijo que iba a estar ahí. No lo dudo.



sábado, junio 08, 2013

Perhaps, when a man has special knowledge and special powers like my own, it rather encourages him to seek a complex explanation when a simpler one is at hand.
— Sherlock Holmes

sábado, junio 01, 2013

En el buen sentido.

A veces sólo basta un comentario.

jueves, mayo 09, 2013

:)

Just watch my wildest dreams come true
Not one of them involving you.

viernes, mayo 03, 2013


domingo, abril 28, 2013

No hay algo que odie más que esa tendencia de mierda que tengo a ponerme a llorar cuando me da rabia.

martes, abril 02, 2013

Pensamiento random.

Probablemente tengo los visitantes anónimos más amables de internet.

lunes, abril 01, 2013

Subir uno a uno los escalones, queriendo que el momento se extienda el mayor tiempo posible. Nervios. Las luces apagadas y las manos frías. Pasos torpes y la sensación de miles de ojos atentos a cada movimiento. El camino acaba y sólo queda el ponerse frente al micrófono. ¿Se podrá escuchar algo sobre el atronador sonido de los latidos del corazón en los oídos? ¿Dejarán de temblar las manos? Probablemente no, pero no importa mucho, el show sigue aún cuando uno está nervioso.

El micrófono está al frente, demasiado alto, y no queda otra que ponerse de puntitas para alcanzarlo. La música suena, tan conocida que probablemente podría tararearse al revés.

Respirar profundo, cerrar los ojos y refugiarse en el amor a la música. Cantar.

Cantar.

Y todo sale bien, pues, en aquel momento, no hay nada más maravilloso e importante en todo el universo. 

jueves, marzo 21, 2013

Vómito de palabras.

Quizás si pudiera desenredar mi lengua lograría desenredar también mis dedos, mis ideas fluirían y los nudos de las madejas de lana no serían tan difíciles de desatar. Quizás, también, se me solucionaría el eterno dilema de sufrir nervios y querer elogios, de cantar alto y temblar mucho, de tener frío y querer usar vestidos.

Quizás, podría escribir sin necesidad de hacer frases nada más porque me gusta como suena una posibilidad rondándote.

miércoles, marzo 13, 2013

Lights.


Y me dejaré el pelo bien largo.

domingo, marzo 03, 2013

Literalmente...

Un regalo de los angelitos.

sábado, febrero 16, 2013

La Catie que hoy existe.

Existe un verano bastante significativo en mi vida. No porque haya conocido al amor de mi vida, no porque haya tenido una de esas aventurillas que después se vuelven sensación de taquilla en los cines, tampoco porque me haya ido a recorrer Europa con nada más que un trozo de chicle en los bolsillos y una armónica. Este verano volvió a mí hace poco, sin mi permiso, cansado de estar enterrado en la montaña solitaria que son mis recuerdos.

Lo primero que llama la atención de mi pequeño relato es que, en ese entonces, yo no pasaba de los once años. "¿Qué tanto puede hacer una niña de once durante un verano?", se preguntarán ustedes. En cuanto a libertad, no mucho. De hecho, creo que mi memoria no me falla si digo que ese año ni siquiera me moví demasiado de mi casa. Sin embargo, el gran giro de acontecimientos se produjo de las maneras más inesperadas y —alegremente— de una manera que me hará atesorarlo por mucho tiempo más.

Mi pequeña yo mandaba cartas. Ponía todo mi esmero en adornas las hojas, escribir con mi mejor letra y llenar ambas planas. A pesar de que la amiga a quien se las enviaba (una ex-compañera de colegio a quien aún quiero muchísimo) vivía en la misma ciudad que yo, hacía todo el proceso de poner estampillas, ir al correo y rogar porque la dirección estuviera bien escrita y la carta llegara sana y salva a su destino. Así nos comunicamos durante meses, hasta que un día llegó un sobre bastante particular: Tenía mi nombre escrito muy pulcramente en su papel envejecido, las esquinas estaban decoradas de morado y si tenía remitente no me percaté en un primer momento; en un espacio y con un estilo de letra similar a los relámpagos estaba escrito "Harry Potter".

Sobra decir que me dio un ataque de pánico porque pensé que me había llegado una carta de Hogwarts. ¿Cómo le iba a decir a mi mamá que era una bruja y que no podía ir al colegio en marzo? ¿Me dejaría viajar hasta Inglaterra para aprender magia? ¿Dónde rayos iba a comprar una varita? Traté de pensar en la mejor forma de informarle las fantásticas noticias mientras abría el sobre con manos temblorosas.

No tuve que darle más vueltas al asunto porque resultó que sólo era otra carta de mi amiga. ¡Pero tampoco era una decepción porque me contaba cosas maravillosas! Además de decirme que me extrañaba y que le escribiera pronto, me contaba de un acontecimiento del que jamás había escuchado en mi vida: Su mamá le había reservado un libro que estaba por salir, y no cualquier libro, era el 5º de Harry Potter. Lamentablemente yo sólo conocía las películas porque en mi casa no compraban más libros que los que pedían para el colegio, pero decidí inmediatamente que aquello no se podía quedar así; ya me había leído todos los libros que me habían pedido para ese año en un par de semanas (un hábito que decidí adoptar porque los libros de mi curso anterior habían sido bastante buenos) y mi imaginación quería más y más. Así que corrí hasta mi mamá y le dije que debía comprarme los libros de Harry Potter.

Curiosamente —algo que me desconcierta aún hasta ahora— las cosas salieron mucho mejor de lo que esperaba. Mi mamá no sólo llegó con un libro de Harry Potter, sino que llegó con La Orden del Fénix cuando aún no se había lanzado en español; sólo hace poco comprendí que de alguna forma se hizo con un libro que tenía la traducción de un grupo de fans de internet. Encontré los instantes perfectos para comenzar mi lectura en mi tiempo libre durante mi taller de natación, entre el tiempo que yo tenía mi sesión y la de mi mamá habían por lo menos dos horas libres, así que yo iba y me refugiaba bajo algún arbolito a leer.

Nada de lo que me había pasado en la vida hasta ese momento fue tan fantástico como cuando empecé a pasar las páginas y todo un mundo que nunca había imaginado se empezó a construir frente a mis ojos. La piscina y la gente desaparecieron a mi alrededor. A veces escuchaba gente hablar con mi mamá cuando nos íbamos y decir que era increíble la rapidez con la que leía y lo quietecita que me quedaba. No me interesaba no entender un montón de cosas (era el primer libro de la saga que me leía) y que de repente en la traducción salieran notas como "Lo siento, no sé traducir la palabra que dice acá", aquel gordo libro en mis manos se volvió algo necesario e irremplazable. En poco más de una semana me lo había acabado y mi mamá encontró tan increíble que me lo hubiese leído en un lapso tan corto que no le tuve que rogar mucho para tener los tres primeros volúmenes en mis manos.

No cuesta mucho deducir que ahí se fue el resto de mi verano.

No sé cuántos libros me leí ese verano, pero aquel cambio fue tan drástico que jamás dudé al determinar cuándo mi hambre de libros se volvió algo más que disfrutar de los libros de mi colegio y sacarme puros 7 en las pruebas de literatura. Ese verano en particular es tan importante para mí por el simple hecho de que estableció los cimientos de quien soy ahora, generó el modo en que río, lloro, suspiro y sueño al leer, hizo que las letras fueran algo más que un medio para escribir ensayos en la universidad.

Mi corazón palpita en letras, mis ojos se pasan la mayoría del tiempo dentro de mi cabeza, explorando el sinfín de mundos que he explorado, los millones de vidas que he vivido con sólo voltear páginas. No hay imágenes más vívidas que las que he formado como interpretación de las palabras en mis historias.

Si la música es mi alma, los libros son lo que la atan a mi cuerpo y hacen que el mundo sea algo más que lo que pasan en las noticias. Un mundo que vale la pena vivir.