Nunca te he pensado como mi amante
y, quizás, ya va siendo tiempo de que lo haga.
A ti te lloro, henchida en emoción. A ti dedico horas y horas de mi vida sin siquiera pensarlo dos veces. Tú prevaleces cuando lo que te acompañó se marcha una y otra vez; y ahí estás para secarme las lágrimas con besos de tétradas, armonías en terceras que flotan a un centímetro de mi corazón.
Me acoges con abrazos de sol, de agua, de susurros que sólo escuchamos las dos en lo más profundo de una fantasía. Tomas mis manos, mi voz, y la haces algo nuevo: algo tímido y esperanzador. Me besas los dedos, crudos y adoloridos, porque lo único que me importa es escucharte.
El sueño siempre te incluye, porque sin ti no tiene razón de ser, y nunca me había dado cuenta.
¿Sería tan importante aquello que quiero si tú no estuvieras ahí para hacerlo extraordinario?