Y me caí al abismo.
Pero era un pajarito.
Y volé de vuelta.
martes, diciembre 27, 2016
miércoles, diciembre 07, 2016
¡!
Supongo que debo sentirme parecido a alguien que hipotéticamente mira el fondo de un abismo desde el mismísimo borde, y que tiene una persona detrás cuyas intenciones no sabe: o le toma la mano para que no se caiga, o es quien la empuja.
Es rara la oscuridad. Y no me refiero a esa oscuridad que tanto susto da, la que pareciera arrastrarse por la espalda como unas garras frías que quieren llevarse todo lo bueno del mundo, no. Hablo de la oscuridad que llega de a poquito, suave, la que nace siendo penumbra y de a poco se vuelve ama y señora del lugar.
Esa oscuridad que te llama a cerrar los ojos, que está presente cuando tu cuerpo está tan cerquita de otro, tanto, que puedes sentir cómo tu cara se abriga con el calor de la mejilla de alguien más. Y es oscuro e inquietante, eléctrico, casi; pero la anticipación es tan intensa como la calma de saber que una mano está entrelazada a la tuya, que te acunan contra un pecho cálido y te envuelve un perfume que no es tuyo, un perfume y una nube de menta que habla de expectativas que compartes con alguien más. La oscuridad te vuelve un ciego que se intoxica con otras sensaciones: el roce de unos labios, el retumbar de un corazón, el sabor de un beso conocido, su perfume, otra vez —ay, ese perfume que al día siguiente vas a buscar en tu ropa, porque estuvieron tan cerca—.
En medio de todo —¿o es después?— te preguntas si esta oscuridad funciona como un encantamiento, si hay algo en ella que te vuelve más valiente. Al final te respondes que no importa mucho, porque hay abrazos en la luz, antes y después. Es más como que funciona como un colchón para un cuerpo cansado, una brújula para alguien que busca guía.
Porque eso es al final. De alguna forma, los labios se encuentran sin esfuerzo, se acaricia lo que hay que acariciar y se encuentra aquello que nunca estuvo perdido, pero que tampoco fue buscado. Trae ideas, como sacarse los zapatos para que tus pies, siempre tan fríos, encuentren abrigo entre las piernas de quien te abraza.
Los abrazos, en la oscuridad, son como besos en el corazón, como un fuego suave en la base del vientre.
Esta oscuridad es rara porque sin ser tangible, cobija a quienes duermen juntos y se acurrucan en una pseudo cama improvisada. Auspicia besos dulces. Llega y se va dejando dos personas que de a poco abren los ojos y se sonríen.
Esa oscuridad que te llama a cerrar los ojos, que está presente cuando tu cuerpo está tan cerquita de otro, tanto, que puedes sentir cómo tu cara se abriga con el calor de la mejilla de alguien más. Y es oscuro e inquietante, eléctrico, casi; pero la anticipación es tan intensa como la calma de saber que una mano está entrelazada a la tuya, que te acunan contra un pecho cálido y te envuelve un perfume que no es tuyo, un perfume y una nube de menta que habla de expectativas que compartes con alguien más. La oscuridad te vuelve un ciego que se intoxica con otras sensaciones: el roce de unos labios, el retumbar de un corazón, el sabor de un beso conocido, su perfume, otra vez —ay, ese perfume que al día siguiente vas a buscar en tu ropa, porque estuvieron tan cerca—.
En medio de todo —¿o es después?— te preguntas si esta oscuridad funciona como un encantamiento, si hay algo en ella que te vuelve más valiente. Al final te respondes que no importa mucho, porque hay abrazos en la luz, antes y después. Es más como que funciona como un colchón para un cuerpo cansado, una brújula para alguien que busca guía.
Porque eso es al final. De alguna forma, los labios se encuentran sin esfuerzo, se acaricia lo que hay que acariciar y se encuentra aquello que nunca estuvo perdido, pero que tampoco fue buscado. Trae ideas, como sacarse los zapatos para que tus pies, siempre tan fríos, encuentren abrigo entre las piernas de quien te abraza.
Los abrazos, en la oscuridad, son como besos en el corazón, como un fuego suave en la base del vientre.
Esta oscuridad es rara porque sin ser tangible, cobija a quienes duermen juntos y se acurrucan en una pseudo cama improvisada. Auspicia besos dulces. Llega y se va dejando dos personas que de a poco abren los ojos y se sonríen.
jueves, noviembre 17, 2016
lunes, noviembre 14, 2016
Sigh.
Es chistoso esto de que te guste alguien.
Porque de pronto como que algo te hace sintonizar en la misma frecuencia, y es como si pasaras de ser un asteroide a la deriva a ser uno arrastrado por la fuerza gravitacional de un planeta entero. Y nadie ni siquiera se molestó en preguntarte a ti, el asteroide victimizado (tm), si querías pasar por ese planeta. Si era el momento adecuado para visitar un planeta.
¿Estás lo suficientemente protegido para no estrellarte, pequeño asteroide?
Entre todo, entre este empuje tan intoxicante e inevitable de la gravedad, entre la caricia sutil de este planeta —angustiante a la vez que emocionante—, te preguntas si el planeta sabe de su fuerza gravitacional.
Y la metáfora se muere, porque ni los asteroides ni los planetas tienen bocas para decirse cosas. Para besarse cosas. Y pareciera que cuando dejan de ser asteroides y planetas y se vuelven personas que entrelazan las manos en medio de la noche, que rozan nariz con nariz y se ríen bajito en la oscuridad, las cosas se tornan un poco más claras y todo se vuelve algo un poco más intercambiable entre los dos, que ahora son empujados por la misma gravedad.
¿Cierto?
Eso se imagina el asteroide, porque, ¿qué puede ser más claro que un beso? Así que orbitas alrededor del planeta en una explosión de luces. Y el planeta se mantiene ahí, silencioso.
Indiferente.
Y es ahí donde te indignas e intentas con toda tu potencia de asteroide soltarte de este terrible tirón de la gravedad, porque tú era feliz antes, vagando entre las estrellas. Y ese estúpido y feo planeta probablemente sigue pensando en algún viejo y brillante asteroide y quién sabe cuántos más están siendo arrastrados por su gravedad al mismo tiempo que tú.
Allá él. Allá tú.
Y si este asteroide tuviera banda sonora, probablemente sería Lemonade de Beyoncé. Porque esta personita detrás del cuerpo celestial trata tanto de cantar "boy, bye" que llega a dar risa.
Y todo sería tan fácil si las cosas se hablaran. Si por lo menos hubiera un corte limpio con el cual el asteroide se pudiera ir a recorrer el resto del espacio en paz para por fin volverse un planeta, un sol. Pero parece que las personas son más miedosas que los planetas, las estrellas, los asteroides y los soles, especialmente cuando tienen que verse las caras constantemente sin que sea incómodo.
La niña asteroide sigue su camino dejando una estela de luz a sus espaldas. A veces las estrellas le traen música y ella canta. A veces, una voz le responde a lo lejos. Siente empujones de gravedad de vez en cuando y, al buscar el origen de aquellos tirones, descubre con algo de sorpresa que el planeta sólo era un asteroide cuyo tamaño ella subestimó.
El otro asteroide a veces sonríe cuando la ve. Ella le sonríe de vuelta.
Porque de pronto como que algo te hace sintonizar en la misma frecuencia, y es como si pasaras de ser un asteroide a la deriva a ser uno arrastrado por la fuerza gravitacional de un planeta entero. Y nadie ni siquiera se molestó en preguntarte a ti, el asteroide victimizado (tm), si querías pasar por ese planeta. Si era el momento adecuado para visitar un planeta.
¿Estás lo suficientemente protegido para no estrellarte, pequeño asteroide?
Entre todo, entre este empuje tan intoxicante e inevitable de la gravedad, entre la caricia sutil de este planeta —angustiante a la vez que emocionante—, te preguntas si el planeta sabe de su fuerza gravitacional.
Y la metáfora se muere, porque ni los asteroides ni los planetas tienen bocas para decirse cosas. Para besarse cosas. Y pareciera que cuando dejan de ser asteroides y planetas y se vuelven personas que entrelazan las manos en medio de la noche, que rozan nariz con nariz y se ríen bajito en la oscuridad, las cosas se tornan un poco más claras y todo se vuelve algo un poco más intercambiable entre los dos, que ahora son empujados por la misma gravedad.
¿Cierto?
Eso se imagina el asteroide, porque, ¿qué puede ser más claro que un beso? Así que orbitas alrededor del planeta en una explosión de luces. Y el planeta se mantiene ahí, silencioso.
Indiferente.
Y es ahí donde te indignas e intentas con toda tu potencia de asteroide soltarte de este terrible tirón de la gravedad, porque tú era feliz antes, vagando entre las estrellas. Y ese estúpido y feo planeta probablemente sigue pensando en algún viejo y brillante asteroide y quién sabe cuántos más están siendo arrastrados por su gravedad al mismo tiempo que tú.
Allá él. Allá tú.
Y si este asteroide tuviera banda sonora, probablemente sería Lemonade de Beyoncé. Porque esta personita detrás del cuerpo celestial trata tanto de cantar "boy, bye" que llega a dar risa.
Y todo sería tan fácil si las cosas se hablaran. Si por lo menos hubiera un corte limpio con el cual el asteroide se pudiera ir a recorrer el resto del espacio en paz para por fin volverse un planeta, un sol. Pero parece que las personas son más miedosas que los planetas, las estrellas, los asteroides y los soles, especialmente cuando tienen que verse las caras constantemente sin que sea incómodo.
La niña asteroide sigue su camino dejando una estela de luz a sus espaldas. A veces las estrellas le traen música y ella canta. A veces, una voz le responde a lo lejos. Siente empujones de gravedad de vez en cuando y, al buscar el origen de aquellos tirones, descubre con algo de sorpresa que el planeta sólo era un asteroide cuyo tamaño ella subestimó.
El otro asteroide a veces sonríe cuando la ve. Ella le sonríe de vuelta.
miércoles, octubre 05, 2016
Chronologie d'un baiser
It is like a secret.
No one knows you're suddenly holding hands, no one knows how fast your heart is beating (maybe the person beside you knows, but you're too nervous to ask.)
You can feel someone else's breath on your lips, you can feel someone else's heat on your skin. You can feel someone else's thumb caressing the back of your hand.
(You can feel the tension in the air, the moment before it happens.)
And then...
The kiss.
(Heaven.)
No one knows you're suddenly holding hands, no one knows how fast your heart is beating (maybe the person beside you knows, but you're too nervous to ask.)
You can feel someone else's breath on your lips, you can feel someone else's heat on your skin. You can feel someone else's thumb caressing the back of your hand.
(You can feel the tension in the air, the moment before it happens.)
And then...
The kiss.
(Heaven.)
martes, agosto 16, 2016
domingo, febrero 14, 2016
domingo, octubre 18, 2015
lunes, septiembre 28, 2015
El cuchillo con mango amarillo
Ayer me acordé de ti.
Estábamos almorzando y me puse un cuchillo especial. Uno feo que no corresponde a la colección bonita que tenemos para comer —ya no está completa, se nos perdieron algunos—, pero corta bien. Me acordé de mi mamá, que tiene su cuchillo regalón. Y te di y tu cuchillo con mango amarillo.
Al menos, al principio se veía lo amarillo, lo usaste tanto que en sus últimos días el mango era una cosa amorfa llena de cinta. Desde que tengo memoria te vi usarlo para pelar verduras y cortar cosas; los vestidos/delantales, el cuchillo amarillo y mi abuelita preparando una sopita rica. Creo que ha sido uno de los recuerdos que más me ha hecho sonreír porque me habla de lo cotidiano, y lo cotidiano, contigo, significa que estuviste cerca, ahí, siempre.
Es chistoso cómo funciona la muerte, al menos conmigo. Siempre que pienso en ti o te hablo me da por tutearte. Es raro porque nunca lo hice cuando estabas viva. Pero hablarte de usted no sé por qué no me sale; no sé si se debe a que tuteándote te siento más cerca... Honestamente, creo que es al revés: si no lo hago, te siento demasiado lejos. Más lejos de lo que puedo aguantar, y eso es un problema porque no me consuela irte a dejar flores al cementerio, no me consuela recordarte como lo hace el resto. Te recuerdo, sí, y te adoro cada día, te pienso y sonrío, pero no me satisface hacer cosas acá cuando ya no estás.
Por eso converso contigo en mi cabeza, cuando mi mamá se pone a rezar frente a tu nicho. No sé cuántas veces te he pedido disculpas por esos ratos que pude haber pasado contigo pero que no pesqué porque fui tonta; es complicado, porque sé que ya fue, que hay otro montón de momentos que sí pasamos, que sí fueron preciosos y únicos y de las dos y que no tiene mucho sentido lamentarse a estas alturas. ¿Lo peor? Sé que a ti no te gustaría que me lamentara. Me hablarías con ese tono tan tuyo: "No piense en esas cosas, mijita". Pero, pucha, soy humana y me frustra el tiempo.
Me frustra por la nieta que no viste. No sufro tanto por el anillo de oro que no me gané cuando aún ibas a mis premiaciones en La Ssalle, pero sí por la Catalina que no te pudo cantar todo lo que hubiese querido. Me frustra tanto que mi voz haya agarrado vuelo después de que te fueras, porque aún me acuerdo cuando me temblaba la voz a los ocho años pero canté igual en el escenario porque mi abuelita estaba de cumpleaños y yo le dedicaba esa canción que tanto le gustaba. Y creo que de no ser por ti, abuelita, nunca le hubiese puesto tanto amor a cantar.
Ni en tu funeral sabía cantar todavía. Qué triste.
Sé que esta nieta de ahora te tendría muy orgullosa. No soy ni por asomo la mejor y me queda aún tanto, tanto por crecer, pero la magia contigo es que uno se sentía genial solamente con saber que estábamos convirtiéndonos en mejores personas. Siempre decíamos con mi papá que eras como Muriel de Coraje, con ese pelo blanquito y nebuloso y tu sonrisa llena de amor, con esa paz de abuelita tierna que nadie más tenía. Sé que te podría decir ahora "abuelita, voy a hacer doblaje de monos chinos" y tú serías mi fan número, sin importar si entiendes mucho o no; que te podría cantar con esa voz más confianzuda de ahora y me dirías "¡Bravo, bravo, bravo!" aunque desafinara un poco. Y aunque no fuera eso, abuelita, aunque fuera sólo uno de esos estornudos que remecían toda la casa, aunque fueras tú acostada con mi hermana, o gruñéndole al John porque te olfateaba la comida. Me faltó tiempo y te quiero aquí.
Es como adecuado que el único que esté viéndome escribir esto es el Gaspar. Un regalo, un pedacito tuyo más que estoy segura también te extraña. Todos los días, como yo, no sólo hoy que estás de cumple. Cuando apareces en mi cabeza trato de hablar contigo porque me da susto llorar si hago otra cosa —mírame hoy, que te escribí y acabé moqueando y con los ojos hinchados—. No sé si estoy voy a terminar esta... ¿carta? ¿Desahogo? No se ve como que tenga un verdadero fin, porque podría llenarla de más cosas: de cómo me hiciste pegarle a mi primo cuando me tiró un Kame Hame Ha y me dejó sangrando la nariz, de cuando te acercabas y me decías "¡Ñau! Te como" y yo me deshacía en risas, de cómo me hiciste mi primera sopita. De cómo fuiste mi segunda mamá. De cómo los recuerdos del día que te fuiste están teñidos de un color feo y lento.
Puedo cortar esto diciendo, eso sí, que ahora tú y yo somos algo así como una conversación constante; a veces se pausa, pero nunca se corta. Algo que está como por debajo, cerquita del corazón, a mano para cuando lo necesito. Mira hoy, por ejemplo, que de un momento a otro me di cuenta que el cuchillo con mango amarillo se fue contigo.
Estábamos almorzando y me puse un cuchillo especial. Uno feo que no corresponde a la colección bonita que tenemos para comer —ya no está completa, se nos perdieron algunos—, pero corta bien. Me acordé de mi mamá, que tiene su cuchillo regalón. Y te di y tu cuchillo con mango amarillo.
Al menos, al principio se veía lo amarillo, lo usaste tanto que en sus últimos días el mango era una cosa amorfa llena de cinta. Desde que tengo memoria te vi usarlo para pelar verduras y cortar cosas; los vestidos/delantales, el cuchillo amarillo y mi abuelita preparando una sopita rica. Creo que ha sido uno de los recuerdos que más me ha hecho sonreír porque me habla de lo cotidiano, y lo cotidiano, contigo, significa que estuviste cerca, ahí, siempre.
Es chistoso cómo funciona la muerte, al menos conmigo. Siempre que pienso en ti o te hablo me da por tutearte. Es raro porque nunca lo hice cuando estabas viva. Pero hablarte de usted no sé por qué no me sale; no sé si se debe a que tuteándote te siento más cerca... Honestamente, creo que es al revés: si no lo hago, te siento demasiado lejos. Más lejos de lo que puedo aguantar, y eso es un problema porque no me consuela irte a dejar flores al cementerio, no me consuela recordarte como lo hace el resto. Te recuerdo, sí, y te adoro cada día, te pienso y sonrío, pero no me satisface hacer cosas acá cuando ya no estás.
Por eso converso contigo en mi cabeza, cuando mi mamá se pone a rezar frente a tu nicho. No sé cuántas veces te he pedido disculpas por esos ratos que pude haber pasado contigo pero que no pesqué porque fui tonta; es complicado, porque sé que ya fue, que hay otro montón de momentos que sí pasamos, que sí fueron preciosos y únicos y de las dos y que no tiene mucho sentido lamentarse a estas alturas. ¿Lo peor? Sé que a ti no te gustaría que me lamentara. Me hablarías con ese tono tan tuyo: "No piense en esas cosas, mijita". Pero, pucha, soy humana y me frustra el tiempo.
Me frustra por la nieta que no viste. No sufro tanto por el anillo de oro que no me gané cuando aún ibas a mis premiaciones en La Ssalle, pero sí por la Catalina que no te pudo cantar todo lo que hubiese querido. Me frustra tanto que mi voz haya agarrado vuelo después de que te fueras, porque aún me acuerdo cuando me temblaba la voz a los ocho años pero canté igual en el escenario porque mi abuelita estaba de cumpleaños y yo le dedicaba esa canción que tanto le gustaba. Y creo que de no ser por ti, abuelita, nunca le hubiese puesto tanto amor a cantar.
Ni en tu funeral sabía cantar todavía. Qué triste.
Sé que esta nieta de ahora te tendría muy orgullosa. No soy ni por asomo la mejor y me queda aún tanto, tanto por crecer, pero la magia contigo es que uno se sentía genial solamente con saber que estábamos convirtiéndonos en mejores personas. Siempre decíamos con mi papá que eras como Muriel de Coraje, con ese pelo blanquito y nebuloso y tu sonrisa llena de amor, con esa paz de abuelita tierna que nadie más tenía. Sé que te podría decir ahora "abuelita, voy a hacer doblaje de monos chinos" y tú serías mi fan número, sin importar si entiendes mucho o no; que te podría cantar con esa voz más confianzuda de ahora y me dirías "¡Bravo, bravo, bravo!" aunque desafinara un poco. Y aunque no fuera eso, abuelita, aunque fuera sólo uno de esos estornudos que remecían toda la casa, aunque fueras tú acostada con mi hermana, o gruñéndole al John porque te olfateaba la comida. Me faltó tiempo y te quiero aquí.
Es como adecuado que el único que esté viéndome escribir esto es el Gaspar. Un regalo, un pedacito tuyo más que estoy segura también te extraña. Todos los días, como yo, no sólo hoy que estás de cumple. Cuando apareces en mi cabeza trato de hablar contigo porque me da susto llorar si hago otra cosa —mírame hoy, que te escribí y acabé moqueando y con los ojos hinchados—. No sé si estoy voy a terminar esta... ¿carta? ¿Desahogo? No se ve como que tenga un verdadero fin, porque podría llenarla de más cosas: de cómo me hiciste pegarle a mi primo cuando me tiró un Kame Hame Ha y me dejó sangrando la nariz, de cuando te acercabas y me decías "¡Ñau! Te como" y yo me deshacía en risas, de cómo me hiciste mi primera sopita. De cómo fuiste mi segunda mamá. De cómo los recuerdos del día que te fuiste están teñidos de un color feo y lento.
Puedo cortar esto diciendo, eso sí, que ahora tú y yo somos algo así como una conversación constante; a veces se pausa, pero nunca se corta. Algo que está como por debajo, cerquita del corazón, a mano para cuando lo necesito. Mira hoy, por ejemplo, que de un momento a otro me di cuenta que el cuchillo con mango amarillo se fue contigo.
miércoles, agosto 12, 2015
Mmmm.
Sí, mucho "mmm". No sé si el huracán-no-huracán me agitó o tranquilizó, pero, definitivamente, algo movió. O me moví yo y el resto solamente coincidió, como cuando los científicos locos gritan "¡ESTÁ VIVO!" mientras se ríen y los relámpagos deciden que quieren acompañar.
Es como sentirse rodeada de ozono; no sabes si los rayos vienen o se van. No sé si estoy tranquila porque sobreviví una tormenta —puede o no puede que supiera de ella— o si esta tranquilidad es nada más como ese rayo de sol entre las nubes, cuya sonrisa cálida te dice "afírmate, que esto nada más está comenzando".
Siempre he arrugado la nariz cuando alguien dice "qué feo que está el clima", no me gusta ser fatalista.
Después de todo, el agua que cae del cielo sirve para matar la sequía.
Es como sentirse rodeada de ozono; no sabes si los rayos vienen o se van. No sé si estoy tranquila porque sobreviví una tormenta —puede o no puede que supiera de ella— o si esta tranquilidad es nada más como ese rayo de sol entre las nubes, cuya sonrisa cálida te dice "afírmate, que esto nada más está comenzando".
Siempre he arrugado la nariz cuando alguien dice "qué feo que está el clima", no me gusta ser fatalista.
Después de todo, el agua que cae del cielo sirve para matar la sequía.
miércoles, julio 22, 2015
viernes, junio 26, 2015
Ser un botón.
Existen cosas que pueden hacerte retroceder en el tiempo: Un aroma, una canción, pequeños vistazos de una memoria a medio borrar.
A veces vienen de forma más sutil, como me pasa a mí: Un sueño medio borroso con vampiros que se aparecen para recordarme cumpleaños que ya no memorizo —al menos, no conscientemente—. Retazos de páginas llenas de aroma a bosque y lluvia. Una moto, un amigo. Otra amiga que sigue volando por ahí, pero que no está del todo.
Y otras cosas que en su propia particularidad no son menos increíbles (e hilarantes, ¿quién diría que algo así pasaría?); que me revuelven de pies a cabeza, que medio me desarman y rearman en un ser que no es del todo yo. Una persona con el corazón más ligero, con la creatividad algo más pegada a los dedos y la voluntad puesta en sitios diferentes. Alguien más oveja que pájaro, que se siente desorientada al quedar parada en el lugar de la yo de hoy. ¿Cómo la puedo culpar?
Al final, estoy segura que ambas nos miramos un buen rato, ninguna de las dos muy segura de qué diablos hacer.
miércoles, abril 08, 2015
Un pensamiento.
Es muy gracioso lo que hace la percepción. De pronto hay gente ahí, alrededor tuyo, pero cuando miras más detenidamente ese "de pronto" resulta haber sido un poquito más largo de lo que pensabas, y ese "ahí" se vuelve un ahí.
Me recuerda un poco a lo que dijo una amiga sobre el Big Bang, y como ella y yo éramos partículas muy pegaditas en ese instante donde todo comenzó, que por eso ahora es tan fácil seguir así de juntas, aunque parezcamos seres distintos por fuera.
Entonces, es ahí donde me pregunto: ¿Cuántas partículas habrá realmente orbitando cerca de mí? A escondidas, disfrazadas de gente que en un principio parece tan lejana como la Vía Láctea y Andrómeda.
Pero que —eventualmente, tal como esas dos galaxias— están destinadas a colisionar y fusionarse.
Me recuerda un poco a lo que dijo una amiga sobre el Big Bang, y como ella y yo éramos partículas muy pegaditas en ese instante donde todo comenzó, que por eso ahora es tan fácil seguir así de juntas, aunque parezcamos seres distintos por fuera.
Entonces, es ahí donde me pregunto: ¿Cuántas partículas habrá realmente orbitando cerca de mí? A escondidas, disfrazadas de gente que en un principio parece tan lejana como la Vía Láctea y Andrómeda.
Pero que —eventualmente, tal como esas dos galaxias— están destinadas a colisionar y fusionarse.
domingo, enero 25, 2015
Zienab Hamdan — The day when the tables turn
Two years later
A girl sits in front of her ex lover.
He doesn’t say a word
And her heart doesn’t ache for him anymore.
Her hair is longer than it’s ever been.
She is even more beautiful than the day he left her.
And at that moment,
He panics.
He lost her.
And he can never have her back.
He can just watch her be beautiful
And in love
With someone else.
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