A veces me gusta pretender que el viento y yo somos cómplices.
Mientras camino, finjo que una fuerza invisible toma nota de mis pasos. Esta entidad observa cuidadosamente mientras cruzo la calle y le sonrío a las hojas en el suelo. Pausa un segundo, justo como yo, cuando la accidental paleta de colores —un pedacito de arte en medio de lo cotidiano— me roba el aire de los pulmones. Quizás, igual que yo, busca desesperadamente cosas bonitas para sentirse bien.
Y ahí es donde nuestra camaradería empieza. Un acuerdo implícito del que ninguno de los dos habla. Yo soy el cuerpo, la materialidad que tanto ansía; el viento es esa extensión invisible a la que no puedo acceder: la magia de diario. Yo doy un paso tras otro, con las manos en los bolsillos porque hace un poco de frío, y la brisa mueve los árboles y mi pelo, y vuelvo a sonreír porque sólo puedo imaginar cómo se ve desde fuera. Un trozo de arte, yo también.
En ocasiones nos volvemos un lienzo completo; el viento, las hojas, el cielo y yo: una mezcla de palpitaciones, luz y sombras que acompañan la más grande explosión de colores, el espectáculo diario cronometrado para mis ojos. Lilas, rosas, naranjas suaves, las nubes, suaves también, mi corazón acompañado en la suavidad.
El viento, cuidándome.
viernes, junio 05, 2020
lunes, junio 01, 2020
Lazos.
Ya, tengo que admitir que sí es un poquito como forzado. Prendo el notebook sólo para darme este ratito para escribir, pero también es porque quiero. Como que reabrí una cosa que ya no está en mi control, que ya agarró poder por sí sola; el verme ahí en un cúmulo de letras que luego no son letras y que, sin yo saberlo muy bien, se vuelven un pedacito de mí. Me secuestran las manos y me susurran al oído que las adorne como hacía antes, que busque palabras de muchas sílabas que suenen bonito, pero creo que todavía me queda un poco de reticencia: Hay otro susurro un poco más quieto que me pregunta si el querer hacer eso no es como emular algo de forma artificial.
Luego, mientras escribo, mientras la noche está quieta y sólo me acompaña el silencioso ronroneo del disco duro y el tac tac tac de mi tecleo, me doy cuenta que he caído en lo mismo, y solita me respondo que tengo que dejar de pensar en mí como dos personas de un antes y un después, que somos la misma, que siempre lo hemos sido. Antes me describía en capas, tenía claro cuándo salía una y cuándo la otra; creo que es la itinerancia de cada una lo que ha cambiado y me ha hecho creer que sólo porque una yo se haya quedado más tiempo fuera, las otras desaparecieron.
Es chistoso esto de los mensajes, de las señales y de las cosas que de improviso llaman tu atención para darte claridad en algo. El otro día, leí que en la vida hay que ser pétalo y espina, y creo que lo entiendo.
Una flor sólo es flor, no importa qué parte de ella estés mirando.
viernes, mayo 29, 2020
Hábitos.
Cada vez que me acuerdo, vengo a saludar.
No sé si es ritual, si es la memoria muscular, si soy yo misma imponiéndome algo. No importa, vengo igual. Dejo que las cosas fluyan. Dejo que lo que sea que siento en ese momento me guíe. Y si no, intento encontrar algo que me deje llevar un hilo.
Nunca se siente como forzar algo, eso sí. Supongo que siempre tengo algo que decir, lo quiera o no. ¿Cuándo no piensas?, me han preguntado. Cuando duermo, respondo. Y, cuando duermo, sueño, y esos sueños los manejo como si fueran arcilla. Cuando despierto, me pongo a pensar en los sueños que tuve y en las cosas que me pasan con ellos.
Me está yendo mejor con la prosa, creo. Las palabras por fin pasan de ser sólo un concepto en mi cabeza y se vuelven mías para mirarlas, para re-leerlas; mías para quererlas. Disfruto de las cosas bonitas sólo por ser bonitas, sólo porque me inflan el corazón. Todavía tengo que tomar fotos, pero al menos los videos me están quedando bonitos.
Y hago galletas, y mi pieza se ve linda. Siempre estuve ahí.
lunes, mayo 25, 2020
Let’s meet when the lilies bloom and say goodbye when they wither
(Sobre)vivir a base de serotonina musical, obsesiones y videos aesthetic de los sitios donde camino.
Emocionarse otra vez, sintiendo todo a flor de piel como si se retrocediera diez años.
Ay.
Gracias.
viernes, mayo 22, 2020
lunes, abril 27, 2020
El ojo.
Cada vez que me acuerdo de este blog me pregunto qué Catie va a aparecer esta vez. ¿La inspirada? ¿La nostálgica? ¿La metódica? ¿La que quiere volver a la racha de escritura?
Después me doy cuenta que no importa, realmente. Que esto es sólo para mí.
Me dan ganas de desdoblarme y preguntarme, a ver qué chivas me doy a mí misma. Siento que lentamente voy encontrando un balance —libra, libra, libra— sin siquiera buscarlo, que creo que es a lo que uno tendría que tender. Si no, las cosas se ven un poquito forzadas.
No tecleo tanto ya, me cuesta darme estos tiempos, pero cuando lo hago todo vuelve súper fluido. Como agua, como brisa. Incluso si tengo las manos frías, como ahora.
Pero los momentitos están ahí. Cuando hago mi cama, cuando busco que mi pieza se vea bonita. Cuando miro el fondo de mi celular.
Diez años atrás me miraría y diría:
Wow.
martes, agosto 20, 2019
Qué libriano de mi parte.
Oye, estas estrellitas no paran.
Y se me olvidó cómo hacer la aesthetic. O como no frenarme, pero el origen llama igual.
Mis fotos están en los rollos, esperando ser reveladas. Porque no se me olvida. Y los pies listos para ir descalzos, los vestidos para ser usados, el canto para armonizar. El corazón para amar.
El resto es volver a acostumbrarse, porque uno no se olvida de cómo andar en bicicleta.
Y de ahí, encontrar el equilibrio a pesar de lo torpe.
Y se me olvidó cómo hacer la aesthetic. O como no frenarme, pero el origen llama igual.
Mis fotos están en los rollos, esperando ser reveladas. Porque no se me olvida. Y los pies listos para ir descalzos, los vestidos para ser usados, el canto para armonizar. El corazón para amar.
El resto es volver a acostumbrarse, porque uno no se olvida de cómo andar en bicicleta.
Y de ahí, encontrar el equilibrio a pesar de lo torpe.
sábado, octubre 06, 2018
jueves, octubre 05, 2017
Tout va bien.
Se calmaron las agüitas.
Después de tragar agua, de que me escocieran los ojos y nadar hasta no sentir el cuerpo, salí.
Después de tragar agua, de que me escocieran los ojos y nadar hasta no sentir el cuerpo, salí.
domingo, mayo 07, 2017
Airecito nuevo.
Como ese que te pega cuando estás literalmente en la punta del cerro y que te llena los pulmones de alegría y vida. Ese mismo que, ante el más mínimo descuido, te vuelve el pelo una maraña incorregible.
(Nada que un cepillo chiquitito no pueda arreglar).
Lo bonito del aire nuevo es que a todos nos afecta de formas diferentes; nos trae lo que necesitamos, nos recuerda lo que queremos. A veces nos da vuelta el mundo y nos lo ordena de forma distinta. Yo, que soy una plumita en el viento, recibo el aire nuevo sin enterarme mucho; en estos meses de (re)encontrarme, pareciera que soy como el cliché de la Pocahontas de Disney, moviéndome con el viento de un lado a otro.
Tal vez este aire nuevo, eso sí, me trae sorpresas que no me esperaba. Puede que se porte más bien como un airecito que da nanais en el pelo y afirma los pies. Que deja fluir al mismo tiempo que da el calor de lo conocido, de lo que a veces sólo se hace por disfrutar.
Shh, me susurra el viento al oído, esto lo has sabido siempre, esto sigue siendo tú. Sólo te lo estoy trayendo de vuelta porque... Y se ríe.
Parece que estás agarrando tu vuelo de vuelta, al fin.
(Nada que un cepillo chiquitito no pueda arreglar).
Lo bonito del aire nuevo es que a todos nos afecta de formas diferentes; nos trae lo que necesitamos, nos recuerda lo que queremos. A veces nos da vuelta el mundo y nos lo ordena de forma distinta. Yo, que soy una plumita en el viento, recibo el aire nuevo sin enterarme mucho; en estos meses de (re)encontrarme, pareciera que soy como el cliché de la Pocahontas de Disney, moviéndome con el viento de un lado a otro.
Tal vez este aire nuevo, eso sí, me trae sorpresas que no me esperaba. Puede que se porte más bien como un airecito que da nanais en el pelo y afirma los pies. Que deja fluir al mismo tiempo que da el calor de lo conocido, de lo que a veces sólo se hace por disfrutar.
Shh, me susurra el viento al oído, esto lo has sabido siempre, esto sigue siendo tú. Sólo te lo estoy trayendo de vuelta porque... Y se ríe.
Parece que estás agarrando tu vuelo de vuelta, al fin.
martes, diciembre 27, 2016
miércoles, diciembre 07, 2016
¡!
Supongo que debo sentirme parecido a alguien que hipotéticamente mira el fondo de un abismo desde el mismísimo borde, y que tiene una persona detrás cuyas intenciones no sabe: o le toma la mano para que no se caiga, o es quien la empuja.
Es rara la oscuridad. Y no me refiero a esa oscuridad que tanto susto da, la que pareciera arrastrarse por la espalda como unas garras frías que quieren llevarse todo lo bueno del mundo, no. Hablo de la oscuridad que llega de a poquito, suave, la que nace siendo penumbra y de a poco se vuelve ama y señora del lugar.
Esa oscuridad que te llama a cerrar los ojos, que está presente cuando tu cuerpo está tan cerquita de otro, tanto, que puedes sentir cómo tu cara se abriga con el calor de la mejilla de alguien más. Y es oscuro e inquietante, eléctrico, casi; pero la anticipación es tan intensa como la calma de saber que una mano está entrelazada a la tuya, que te acunan contra un pecho cálido y te envuelve un perfume que no es tuyo, un perfume y una nube de menta que habla de expectativas que compartes con alguien más. La oscuridad te vuelve un ciego que se intoxica con otras sensaciones: el roce de unos labios, el retumbar de un corazón, el sabor de un beso conocido, su perfume, otra vez —ay, ese perfume que al día siguiente vas a buscar en tu ropa, porque estuvieron tan cerca—.
En medio de todo —¿o es después?— te preguntas si esta oscuridad funciona como un encantamiento, si hay algo en ella que te vuelve más valiente. Al final te respondes que no importa mucho, porque hay abrazos en la luz, antes y después. Es más como que funciona como un colchón para un cuerpo cansado, una brújula para alguien que busca guía.
Porque eso es al final. De alguna forma, los labios se encuentran sin esfuerzo, se acaricia lo que hay que acariciar y se encuentra aquello que nunca estuvo perdido, pero que tampoco fue buscado. Trae ideas, como sacarse los zapatos para que tus pies, siempre tan fríos, encuentren abrigo entre las piernas de quien te abraza.
Los abrazos, en la oscuridad, son como besos en el corazón, como un fuego suave en la base del vientre.
Esta oscuridad es rara porque sin ser tangible, cobija a quienes duermen juntos y se acurrucan en una pseudo cama improvisada. Auspicia besos dulces. Llega y se va dejando dos personas que de a poco abren los ojos y se sonríen.
Esa oscuridad que te llama a cerrar los ojos, que está presente cuando tu cuerpo está tan cerquita de otro, tanto, que puedes sentir cómo tu cara se abriga con el calor de la mejilla de alguien más. Y es oscuro e inquietante, eléctrico, casi; pero la anticipación es tan intensa como la calma de saber que una mano está entrelazada a la tuya, que te acunan contra un pecho cálido y te envuelve un perfume que no es tuyo, un perfume y una nube de menta que habla de expectativas que compartes con alguien más. La oscuridad te vuelve un ciego que se intoxica con otras sensaciones: el roce de unos labios, el retumbar de un corazón, el sabor de un beso conocido, su perfume, otra vez —ay, ese perfume que al día siguiente vas a buscar en tu ropa, porque estuvieron tan cerca—.
En medio de todo —¿o es después?— te preguntas si esta oscuridad funciona como un encantamiento, si hay algo en ella que te vuelve más valiente. Al final te respondes que no importa mucho, porque hay abrazos en la luz, antes y después. Es más como que funciona como un colchón para un cuerpo cansado, una brújula para alguien que busca guía.
Porque eso es al final. De alguna forma, los labios se encuentran sin esfuerzo, se acaricia lo que hay que acariciar y se encuentra aquello que nunca estuvo perdido, pero que tampoco fue buscado. Trae ideas, como sacarse los zapatos para que tus pies, siempre tan fríos, encuentren abrigo entre las piernas de quien te abraza.
Los abrazos, en la oscuridad, son como besos en el corazón, como un fuego suave en la base del vientre.
Esta oscuridad es rara porque sin ser tangible, cobija a quienes duermen juntos y se acurrucan en una pseudo cama improvisada. Auspicia besos dulces. Llega y se va dejando dos personas que de a poco abren los ojos y se sonríen.
jueves, noviembre 17, 2016
lunes, noviembre 14, 2016
Sigh.
Es chistoso esto de que te guste alguien.
Porque de pronto como que algo te hace sintonizar en la misma frecuencia, y es como si pasaras de ser un asteroide a la deriva a ser uno arrastrado por la fuerza gravitacional de un planeta entero. Y nadie ni siquiera se molestó en preguntarte a ti, el asteroide victimizado (tm), si querías pasar por ese planeta. Si era el momento adecuado para visitar un planeta.
¿Estás lo suficientemente protegido para no estrellarte, pequeño asteroide?
Entre todo, entre este empuje tan intoxicante e inevitable de la gravedad, entre la caricia sutil de este planeta —angustiante a la vez que emocionante—, te preguntas si el planeta sabe de su fuerza gravitacional.
Y la metáfora se muere, porque ni los asteroides ni los planetas tienen bocas para decirse cosas. Para besarse cosas. Y pareciera que cuando dejan de ser asteroides y planetas y se vuelven personas que entrelazan las manos en medio de la noche, que rozan nariz con nariz y se ríen bajito en la oscuridad, las cosas se tornan un poco más claras y todo se vuelve algo un poco más intercambiable entre los dos, que ahora son empujados por la misma gravedad.
¿Cierto?
Eso se imagina el asteroide, porque, ¿qué puede ser más claro que un beso? Así que orbitas alrededor del planeta en una explosión de luces. Y el planeta se mantiene ahí, silencioso.
Indiferente.
Y es ahí donde te indignas e intentas con toda tu potencia de asteroide soltarte de este terrible tirón de la gravedad, porque tú era feliz antes, vagando entre las estrellas. Y ese estúpido y feo planeta probablemente sigue pensando en algún viejo y brillante asteroide y quién sabe cuántos más están siendo arrastrados por su gravedad al mismo tiempo que tú.
Allá él. Allá tú.
Y si este asteroide tuviera banda sonora, probablemente sería Lemonade de Beyoncé. Porque esta personita detrás del cuerpo celestial trata tanto de cantar "boy, bye" que llega a dar risa.
Y todo sería tan fácil si las cosas se hablaran. Si por lo menos hubiera un corte limpio con el cual el asteroide se pudiera ir a recorrer el resto del espacio en paz para por fin volverse un planeta, un sol. Pero parece que las personas son más miedosas que los planetas, las estrellas, los asteroides y los soles, especialmente cuando tienen que verse las caras constantemente sin que sea incómodo.
La niña asteroide sigue su camino dejando una estela de luz a sus espaldas. A veces las estrellas le traen música y ella canta. A veces, una voz le responde a lo lejos. Siente empujones de gravedad de vez en cuando y, al buscar el origen de aquellos tirones, descubre con algo de sorpresa que el planeta sólo era un asteroide cuyo tamaño ella subestimó.
El otro asteroide a veces sonríe cuando la ve. Ella le sonríe de vuelta.
Porque de pronto como que algo te hace sintonizar en la misma frecuencia, y es como si pasaras de ser un asteroide a la deriva a ser uno arrastrado por la fuerza gravitacional de un planeta entero. Y nadie ni siquiera se molestó en preguntarte a ti, el asteroide victimizado (tm), si querías pasar por ese planeta. Si era el momento adecuado para visitar un planeta.
¿Estás lo suficientemente protegido para no estrellarte, pequeño asteroide?
Entre todo, entre este empuje tan intoxicante e inevitable de la gravedad, entre la caricia sutil de este planeta —angustiante a la vez que emocionante—, te preguntas si el planeta sabe de su fuerza gravitacional.
Y la metáfora se muere, porque ni los asteroides ni los planetas tienen bocas para decirse cosas. Para besarse cosas. Y pareciera que cuando dejan de ser asteroides y planetas y se vuelven personas que entrelazan las manos en medio de la noche, que rozan nariz con nariz y se ríen bajito en la oscuridad, las cosas se tornan un poco más claras y todo se vuelve algo un poco más intercambiable entre los dos, que ahora son empujados por la misma gravedad.
¿Cierto?
Eso se imagina el asteroide, porque, ¿qué puede ser más claro que un beso? Así que orbitas alrededor del planeta en una explosión de luces. Y el planeta se mantiene ahí, silencioso.
Indiferente.
Y es ahí donde te indignas e intentas con toda tu potencia de asteroide soltarte de este terrible tirón de la gravedad, porque tú era feliz antes, vagando entre las estrellas. Y ese estúpido y feo planeta probablemente sigue pensando en algún viejo y brillante asteroide y quién sabe cuántos más están siendo arrastrados por su gravedad al mismo tiempo que tú.
Allá él. Allá tú.
Y si este asteroide tuviera banda sonora, probablemente sería Lemonade de Beyoncé. Porque esta personita detrás del cuerpo celestial trata tanto de cantar "boy, bye" que llega a dar risa.
Y todo sería tan fácil si las cosas se hablaran. Si por lo menos hubiera un corte limpio con el cual el asteroide se pudiera ir a recorrer el resto del espacio en paz para por fin volverse un planeta, un sol. Pero parece que las personas son más miedosas que los planetas, las estrellas, los asteroides y los soles, especialmente cuando tienen que verse las caras constantemente sin que sea incómodo.
La niña asteroide sigue su camino dejando una estela de luz a sus espaldas. A veces las estrellas le traen música y ella canta. A veces, una voz le responde a lo lejos. Siente empujones de gravedad de vez en cuando y, al buscar el origen de aquellos tirones, descubre con algo de sorpresa que el planeta sólo era un asteroide cuyo tamaño ella subestimó.
El otro asteroide a veces sonríe cuando la ve. Ella le sonríe de vuelta.
miércoles, octubre 05, 2016
Chronologie d'un baiser
It is like a secret.
No one knows you're suddenly holding hands, no one knows how fast your heart is beating (maybe the person beside you knows, but you're too nervous to ask.)
You can feel someone else's breath on your lips, you can feel someone else's heat on your skin. You can feel someone else's thumb caressing the back of your hand.
(You can feel the tension in the air, the moment before it happens.)
And then...
The kiss.
(Heaven.)
No one knows you're suddenly holding hands, no one knows how fast your heart is beating (maybe the person beside you knows, but you're too nervous to ask.)
You can feel someone else's breath on your lips, you can feel someone else's heat on your skin. You can feel someone else's thumb caressing the back of your hand.
(You can feel the tension in the air, the moment before it happens.)
And then...
The kiss.
(Heaven.)
martes, agosto 16, 2016
domingo, febrero 14, 2016
domingo, octubre 18, 2015
lunes, septiembre 28, 2015
El cuchillo con mango amarillo
Ayer me acordé de ti.
Estábamos almorzando y me puse un cuchillo especial. Uno feo que no corresponde a la colección bonita que tenemos para comer —ya no está completa, se nos perdieron algunos—, pero corta bien. Me acordé de mi mamá, que tiene su cuchillo regalón. Y te di y tu cuchillo con mango amarillo.
Al menos, al principio se veía lo amarillo, lo usaste tanto que en sus últimos días el mango era una cosa amorfa llena de cinta. Desde que tengo memoria te vi usarlo para pelar verduras y cortar cosas; los vestidos/delantales, el cuchillo amarillo y mi abuelita preparando una sopita rica. Creo que ha sido uno de los recuerdos que más me ha hecho sonreír porque me habla de lo cotidiano, y lo cotidiano, contigo, significa que estuviste cerca, ahí, siempre.
Es chistoso cómo funciona la muerte, al menos conmigo. Siempre que pienso en ti o te hablo me da por tutearte. Es raro porque nunca lo hice cuando estabas viva. Pero hablarte de usted no sé por qué no me sale; no sé si se debe a que tuteándote te siento más cerca... Honestamente, creo que es al revés: si no lo hago, te siento demasiado lejos. Más lejos de lo que puedo aguantar, y eso es un problema porque no me consuela irte a dejar flores al cementerio, no me consuela recordarte como lo hace el resto. Te recuerdo, sí, y te adoro cada día, te pienso y sonrío, pero no me satisface hacer cosas acá cuando ya no estás.
Por eso converso contigo en mi cabeza, cuando mi mamá se pone a rezar frente a tu nicho. No sé cuántas veces te he pedido disculpas por esos ratos que pude haber pasado contigo pero que no pesqué porque fui tonta; es complicado, porque sé que ya fue, que hay otro montón de momentos que sí pasamos, que sí fueron preciosos y únicos y de las dos y que no tiene mucho sentido lamentarse a estas alturas. ¿Lo peor? Sé que a ti no te gustaría que me lamentara. Me hablarías con ese tono tan tuyo: "No piense en esas cosas, mijita". Pero, pucha, soy humana y me frustra el tiempo.
Me frustra por la nieta que no viste. No sufro tanto por el anillo de oro que no me gané cuando aún ibas a mis premiaciones en La Ssalle, pero sí por la Catalina que no te pudo cantar todo lo que hubiese querido. Me frustra tanto que mi voz haya agarrado vuelo después de que te fueras, porque aún me acuerdo cuando me temblaba la voz a los ocho años pero canté igual en el escenario porque mi abuelita estaba de cumpleaños y yo le dedicaba esa canción que tanto le gustaba. Y creo que de no ser por ti, abuelita, nunca le hubiese puesto tanto amor a cantar.
Ni en tu funeral sabía cantar todavía. Qué triste.
Sé que esta nieta de ahora te tendría muy orgullosa. No soy ni por asomo la mejor y me queda aún tanto, tanto por crecer, pero la magia contigo es que uno se sentía genial solamente con saber que estábamos convirtiéndonos en mejores personas. Siempre decíamos con mi papá que eras como Muriel de Coraje, con ese pelo blanquito y nebuloso y tu sonrisa llena de amor, con esa paz de abuelita tierna que nadie más tenía. Sé que te podría decir ahora "abuelita, voy a hacer doblaje de monos chinos" y tú serías mi fan número, sin importar si entiendes mucho o no; que te podría cantar con esa voz más confianzuda de ahora y me dirías "¡Bravo, bravo, bravo!" aunque desafinara un poco. Y aunque no fuera eso, abuelita, aunque fuera sólo uno de esos estornudos que remecían toda la casa, aunque fueras tú acostada con mi hermana, o gruñéndole al John porque te olfateaba la comida. Me faltó tiempo y te quiero aquí.
Es como adecuado que el único que esté viéndome escribir esto es el Gaspar. Un regalo, un pedacito tuyo más que estoy segura también te extraña. Todos los días, como yo, no sólo hoy que estás de cumple. Cuando apareces en mi cabeza trato de hablar contigo porque me da susto llorar si hago otra cosa —mírame hoy, que te escribí y acabé moqueando y con los ojos hinchados—. No sé si estoy voy a terminar esta... ¿carta? ¿Desahogo? No se ve como que tenga un verdadero fin, porque podría llenarla de más cosas: de cómo me hiciste pegarle a mi primo cuando me tiró un Kame Hame Ha y me dejó sangrando la nariz, de cuando te acercabas y me decías "¡Ñau! Te como" y yo me deshacía en risas, de cómo me hiciste mi primera sopita. De cómo fuiste mi segunda mamá. De cómo los recuerdos del día que te fuiste están teñidos de un color feo y lento.
Puedo cortar esto diciendo, eso sí, que ahora tú y yo somos algo así como una conversación constante; a veces se pausa, pero nunca se corta. Algo que está como por debajo, cerquita del corazón, a mano para cuando lo necesito. Mira hoy, por ejemplo, que de un momento a otro me di cuenta que el cuchillo con mango amarillo se fue contigo.
Estábamos almorzando y me puse un cuchillo especial. Uno feo que no corresponde a la colección bonita que tenemos para comer —ya no está completa, se nos perdieron algunos—, pero corta bien. Me acordé de mi mamá, que tiene su cuchillo regalón. Y te di y tu cuchillo con mango amarillo.
Al menos, al principio se veía lo amarillo, lo usaste tanto que en sus últimos días el mango era una cosa amorfa llena de cinta. Desde que tengo memoria te vi usarlo para pelar verduras y cortar cosas; los vestidos/delantales, el cuchillo amarillo y mi abuelita preparando una sopita rica. Creo que ha sido uno de los recuerdos que más me ha hecho sonreír porque me habla de lo cotidiano, y lo cotidiano, contigo, significa que estuviste cerca, ahí, siempre.
Es chistoso cómo funciona la muerte, al menos conmigo. Siempre que pienso en ti o te hablo me da por tutearte. Es raro porque nunca lo hice cuando estabas viva. Pero hablarte de usted no sé por qué no me sale; no sé si se debe a que tuteándote te siento más cerca... Honestamente, creo que es al revés: si no lo hago, te siento demasiado lejos. Más lejos de lo que puedo aguantar, y eso es un problema porque no me consuela irte a dejar flores al cementerio, no me consuela recordarte como lo hace el resto. Te recuerdo, sí, y te adoro cada día, te pienso y sonrío, pero no me satisface hacer cosas acá cuando ya no estás.
Por eso converso contigo en mi cabeza, cuando mi mamá se pone a rezar frente a tu nicho. No sé cuántas veces te he pedido disculpas por esos ratos que pude haber pasado contigo pero que no pesqué porque fui tonta; es complicado, porque sé que ya fue, que hay otro montón de momentos que sí pasamos, que sí fueron preciosos y únicos y de las dos y que no tiene mucho sentido lamentarse a estas alturas. ¿Lo peor? Sé que a ti no te gustaría que me lamentara. Me hablarías con ese tono tan tuyo: "No piense en esas cosas, mijita". Pero, pucha, soy humana y me frustra el tiempo.
Me frustra por la nieta que no viste. No sufro tanto por el anillo de oro que no me gané cuando aún ibas a mis premiaciones en La Ssalle, pero sí por la Catalina que no te pudo cantar todo lo que hubiese querido. Me frustra tanto que mi voz haya agarrado vuelo después de que te fueras, porque aún me acuerdo cuando me temblaba la voz a los ocho años pero canté igual en el escenario porque mi abuelita estaba de cumpleaños y yo le dedicaba esa canción que tanto le gustaba. Y creo que de no ser por ti, abuelita, nunca le hubiese puesto tanto amor a cantar.
Ni en tu funeral sabía cantar todavía. Qué triste.
Sé que esta nieta de ahora te tendría muy orgullosa. No soy ni por asomo la mejor y me queda aún tanto, tanto por crecer, pero la magia contigo es que uno se sentía genial solamente con saber que estábamos convirtiéndonos en mejores personas. Siempre decíamos con mi papá que eras como Muriel de Coraje, con ese pelo blanquito y nebuloso y tu sonrisa llena de amor, con esa paz de abuelita tierna que nadie más tenía. Sé que te podría decir ahora "abuelita, voy a hacer doblaje de monos chinos" y tú serías mi fan número, sin importar si entiendes mucho o no; que te podría cantar con esa voz más confianzuda de ahora y me dirías "¡Bravo, bravo, bravo!" aunque desafinara un poco. Y aunque no fuera eso, abuelita, aunque fuera sólo uno de esos estornudos que remecían toda la casa, aunque fueras tú acostada con mi hermana, o gruñéndole al John porque te olfateaba la comida. Me faltó tiempo y te quiero aquí.
Es como adecuado que el único que esté viéndome escribir esto es el Gaspar. Un regalo, un pedacito tuyo más que estoy segura también te extraña. Todos los días, como yo, no sólo hoy que estás de cumple. Cuando apareces en mi cabeza trato de hablar contigo porque me da susto llorar si hago otra cosa —mírame hoy, que te escribí y acabé moqueando y con los ojos hinchados—. No sé si estoy voy a terminar esta... ¿carta? ¿Desahogo? No se ve como que tenga un verdadero fin, porque podría llenarla de más cosas: de cómo me hiciste pegarle a mi primo cuando me tiró un Kame Hame Ha y me dejó sangrando la nariz, de cuando te acercabas y me decías "¡Ñau! Te como" y yo me deshacía en risas, de cómo me hiciste mi primera sopita. De cómo fuiste mi segunda mamá. De cómo los recuerdos del día que te fuiste están teñidos de un color feo y lento.
Puedo cortar esto diciendo, eso sí, que ahora tú y yo somos algo así como una conversación constante; a veces se pausa, pero nunca se corta. Algo que está como por debajo, cerquita del corazón, a mano para cuando lo necesito. Mira hoy, por ejemplo, que de un momento a otro me di cuenta que el cuchillo con mango amarillo se fue contigo.
miércoles, agosto 12, 2015
Mmmm.
Sí, mucho "mmm". No sé si el huracán-no-huracán me agitó o tranquilizó, pero, definitivamente, algo movió. O me moví yo y el resto solamente coincidió, como cuando los científicos locos gritan "¡ESTÁ VIVO!" mientras se ríen y los relámpagos deciden que quieren acompañar.
Es como sentirse rodeada de ozono; no sabes si los rayos vienen o se van. No sé si estoy tranquila porque sobreviví una tormenta —puede o no puede que supiera de ella— o si esta tranquilidad es nada más como ese rayo de sol entre las nubes, cuya sonrisa cálida te dice "afírmate, que esto nada más está comenzando".
Siempre he arrugado la nariz cuando alguien dice "qué feo que está el clima", no me gusta ser fatalista.
Después de todo, el agua que cae del cielo sirve para matar la sequía.
Es como sentirse rodeada de ozono; no sabes si los rayos vienen o se van. No sé si estoy tranquila porque sobreviví una tormenta —puede o no puede que supiera de ella— o si esta tranquilidad es nada más como ese rayo de sol entre las nubes, cuya sonrisa cálida te dice "afírmate, que esto nada más está comenzando".
Siempre he arrugado la nariz cuando alguien dice "qué feo que está el clima", no me gusta ser fatalista.
Después de todo, el agua que cae del cielo sirve para matar la sequía.
miércoles, julio 22, 2015
viernes, junio 26, 2015
Ser un botón.
Existen cosas que pueden hacerte retroceder en el tiempo: Un aroma, una canción, pequeños vistazos de una memoria a medio borrar.
A veces vienen de forma más sutil, como me pasa a mí: Un sueño medio borroso con vampiros que se aparecen para recordarme cumpleaños que ya no memorizo —al menos, no conscientemente—. Retazos de páginas llenas de aroma a bosque y lluvia. Una moto, un amigo. Otra amiga que sigue volando por ahí, pero que no está del todo.
Y otras cosas que en su propia particularidad no son menos increíbles (e hilarantes, ¿quién diría que algo así pasaría?); que me revuelven de pies a cabeza, que medio me desarman y rearman en un ser que no es del todo yo. Una persona con el corazón más ligero, con la creatividad algo más pegada a los dedos y la voluntad puesta en sitios diferentes. Alguien más oveja que pájaro, que se siente desorientada al quedar parada en el lugar de la yo de hoy. ¿Cómo la puedo culpar?
Al final, estoy segura que ambas nos miramos un buen rato, ninguna de las dos muy segura de qué diablos hacer.
miércoles, abril 08, 2015
Un pensamiento.
Es muy gracioso lo que hace la percepción. De pronto hay gente ahí, alrededor tuyo, pero cuando miras más detenidamente ese "de pronto" resulta haber sido un poquito más largo de lo que pensabas, y ese "ahí" se vuelve un ahí.
Me recuerda un poco a lo que dijo una amiga sobre el Big Bang, y como ella y yo éramos partículas muy pegaditas en ese instante donde todo comenzó, que por eso ahora es tan fácil seguir así de juntas, aunque parezcamos seres distintos por fuera.
Entonces, es ahí donde me pregunto: ¿Cuántas partículas habrá realmente orbitando cerca de mí? A escondidas, disfrazadas de gente que en un principio parece tan lejana como la Vía Láctea y Andrómeda.
Pero que —eventualmente, tal como esas dos galaxias— están destinadas a colisionar y fusionarse.
Me recuerda un poco a lo que dijo una amiga sobre el Big Bang, y como ella y yo éramos partículas muy pegaditas en ese instante donde todo comenzó, que por eso ahora es tan fácil seguir así de juntas, aunque parezcamos seres distintos por fuera.
Entonces, es ahí donde me pregunto: ¿Cuántas partículas habrá realmente orbitando cerca de mí? A escondidas, disfrazadas de gente que en un principio parece tan lejana como la Vía Láctea y Andrómeda.
Pero que —eventualmente, tal como esas dos galaxias— están destinadas a colisionar y fusionarse.
domingo, enero 25, 2015
Zienab Hamdan — The day when the tables turn
Two years later
A girl sits in front of her ex lover.
He doesn’t say a word
And her heart doesn’t ache for him anymore.
Her hair is longer than it’s ever been.
She is even more beautiful than the day he left her.
And at that moment,
He panics.
He lost her.
And he can never have her back.
He can just watch her be beautiful
And in love
With someone else.
martes, diciembre 23, 2014
domingo, diciembre 14, 2014
Confirmación
No sé si sentí desazón o sólo fue la tranquila aceptación de un veredicto determinante, pero ya se me ha visto llena de luz desde fuera.
Llena de luz.
Llena de luz.
jueves, noviembre 27, 2014
Ra.
Me pregunto si de algún modo estás más informado que yo, y si te ríes porque me vuelve loca no poder recordar bien cuando sueño contigo. Anoche me pasó otra vez: Tú sol, yo estrellas. Un recuerdo que baila juguetón en el borde de mi consciencia. Una sola orden de la yo que se mueve en mis sueños:
"Tienes que acordarte de esto en la manaña".
Desconozco si ahora te recuerdo más encantador de lo que fuiste en realidad, si sólo es mi mente demasiado imaginativa creando un escenario donde el día y la noche se miran como si se conocieran de toda la vida. Me consta que sí nos conocemos más de lo que pienso y que a ti te frustra que no lo sepa, me lo dijiste en otro sueño (uno que curiosamente recuerdo a la perfección), pero, ¿qué le puedo hacer? Tú mismo me dijiste aquella vez que primero tengo que volver a encontrarme, que los fantasmas me tienen que dejar de asustar y que los ángeles... ¿Qué me dijiste sobre los ángeles? ¿Era importante? O quizás sólo tragicómico, como el hecho que recuerde que estabas usando un gorrito adorable y no esta pieza importante de información.
De todas formas, sólo quería que supieras que lo intento. Y que soñar contigo me hace feliz, aunque mezcles los panteones griego y egipcio.
Te estoy buscando,
Nyx.
"Tienes que acordarte de esto en la manaña".
Desconozco si ahora te recuerdo más encantador de lo que fuiste en realidad, si sólo es mi mente demasiado imaginativa creando un escenario donde el día y la noche se miran como si se conocieran de toda la vida. Me consta que sí nos conocemos más de lo que pienso y que a ti te frustra que no lo sepa, me lo dijiste en otro sueño (uno que curiosamente recuerdo a la perfección), pero, ¿qué le puedo hacer? Tú mismo me dijiste aquella vez que primero tengo que volver a encontrarme, que los fantasmas me tienen que dejar de asustar y que los ángeles... ¿Qué me dijiste sobre los ángeles? ¿Era importante? O quizás sólo tragicómico, como el hecho que recuerde que estabas usando un gorrito adorable y no esta pieza importante de información.
De todas formas, sólo quería que supieras que lo intento. Y que soñar contigo me hace feliz, aunque mezcles los panteones griego y egipcio.
Te estoy buscando,
Nyx.
domingo, noviembre 09, 2014
lunes, noviembre 03, 2014
De sueños sobre fantasmas y música.
Y pensar que tengo ganas de hacer de Christine Daaé en el musical.
domingo, noviembre 02, 2014
Just my luck.
Mis crushes deberían escribir un libro en conjunto que se llame "Como cagarla en 0.1 segundos", con un subtítulo que diga que la cagaron bien grande.
En respuesta, yo escribiría uno que se llame "Cómo descrushearse en 0.01 segundos", con un subtítulo que diga que mi suerte apesta.
En respuesta, yo escribiría uno que se llame "Cómo descrushearse en 0.01 segundos", con un subtítulo que diga que mi suerte apesta.
Hojalata
When a man's an empty kettle
He should be on his mettle
And yet I'm torn apart
Just because I'm presumin'
That I could be a human
If I only had a heart
jueves, octubre 30, 2014
lunes, septiembre 29, 2014
Un mensaje para el ángel.
Mira, bobo, agradece que al menos aún pienso en ti.
Tienes que estar contento o, al menos, no tan celoso. ¿Te acuerdas cuando decíamos que los celos eran muestra de verdadero amor? Bueno, ya no pienso así. Varias cosas de las que pienso han cambiado, en realidad; pero creo que hubiésemos podido cambiar juntos, eras —eres— muy inteligente. Y creo que lucharías por las mismas cosas que yo.
No sé si te escribo esto pensando que existes en alguna clase de plano que ni siquiera Kler puede alcanzar. Si me miras, si te enojas por algunas cosas de las que hago, si te ríes porque sigo siendo una ridícula. Probablemente sí te ríes. De lo que no me cabe duda alguna, eso sí, es que me amas, como yo te amo a ti. Cada día más, y se me hace nudito la garganta de sólo pensarlo. Y Something. Y Come What May. Y sé que eres un llorón también. Shame on you.
Pero sé otra cosa, y tampoco me cabe duda de esto: Quieres que yo siga adelante.
Sí, bueno, ambos somos unos tarados celosos por mucho que lo odiemos. Y sé que antes muertos que separados, o compartidos.
Pero. Welp.
Así que voy con la idea de que no te gustaría que me quede estancada, menos aún considerando las circunstancias de tu existencia. Por mucho que te duela, por mucho que me duela a mí. Porque sé, sabes, que estaría dispuesta a esperarte eones. Y eones, y eones. Y eones.
Y creo que nunca dejaré de hacerlo, pero tampoco seré un cascarón vacío. Vivo para amar. Amo para vivir.
Y quizás no pueda tener el amor de ensueño que tenía contigo (demasiado de ensueño), pero sí me esforzaré —ya lo he hecho— para ser feliz.
Y si de pronto me nace ser feliz recibiendo y dando besitos, bueno, oops.
No te voy a decir que estoy enamorada, porque no lo estoy aún. Incluso puede que esta no sea la ocasión para enamorarme, pero estoy contenta. Extrañaba esa sensación de quedarme hablando con alguien hasta quedarme dormida, el dedicarnos canciones, el que me digan que soy perfecta aunque aún me falta mucho para serlo.
El reírme a carcajadas por un humor de dos.
Tienes que estar mirándolo con rayitos en los ojos. Yo en tu lugar haría lo mismo. Ni siquiera sé si es bueno —nunca tan bueno como tú, eso descontado. Quedaste como el modelo a seguir, imposible de alcanzar—, pero me saca sonrisas. Y por ahora, eso es más que suficiente para mí.
Lamento mucho, angelito, que al final hayan logrado construír una pared entre nosotros. Pero te voy a asegurar algo: El amor es una cosa curiosa. Y yo, que tengo el corazón grande, tengo mucho espacio para amar.
Y nunca nadie, nadie, va a usar el enorme espacio que sólo tienes tú.
Después de todo, We Know They Won't Win.
Tienes que estar contento o, al menos, no tan celoso. ¿Te acuerdas cuando decíamos que los celos eran muestra de verdadero amor? Bueno, ya no pienso así. Varias cosas de las que pienso han cambiado, en realidad; pero creo que hubiésemos podido cambiar juntos, eras —eres— muy inteligente. Y creo que lucharías por las mismas cosas que yo.
No sé si te escribo esto pensando que existes en alguna clase de plano que ni siquiera Kler puede alcanzar. Si me miras, si te enojas por algunas cosas de las que hago, si te ríes porque sigo siendo una ridícula. Probablemente sí te ríes. De lo que no me cabe duda alguna, eso sí, es que me amas, como yo te amo a ti. Cada día más, y se me hace nudito la garganta de sólo pensarlo. Y Something. Y Come What May. Y sé que eres un llorón también. Shame on you.
Pero sé otra cosa, y tampoco me cabe duda de esto: Quieres que yo siga adelante.
Sí, bueno, ambos somos unos tarados celosos por mucho que lo odiemos. Y sé que antes muertos que separados, o compartidos.
Pero. Welp.
Así que voy con la idea de que no te gustaría que me quede estancada, menos aún considerando las circunstancias de tu existencia. Por mucho que te duela, por mucho que me duela a mí. Porque sé, sabes, que estaría dispuesta a esperarte eones. Y eones, y eones. Y eones.
Y creo que nunca dejaré de hacerlo, pero tampoco seré un cascarón vacío. Vivo para amar. Amo para vivir.
Y quizás no pueda tener el amor de ensueño que tenía contigo (demasiado de ensueño), pero sí me esforzaré —ya lo he hecho— para ser feliz.
Y si de pronto me nace ser feliz recibiendo y dando besitos, bueno, oops.
No te voy a decir que estoy enamorada, porque no lo estoy aún. Incluso puede que esta no sea la ocasión para enamorarme, pero estoy contenta. Extrañaba esa sensación de quedarme hablando con alguien hasta quedarme dormida, el dedicarnos canciones, el que me digan que soy perfecta aunque aún me falta mucho para serlo.
El reírme a carcajadas por un humor de dos.
Tienes que estar mirándolo con rayitos en los ojos. Yo en tu lugar haría lo mismo. Ni siquiera sé si es bueno —nunca tan bueno como tú, eso descontado. Quedaste como el modelo a seguir, imposible de alcanzar—, pero me saca sonrisas. Y por ahora, eso es más que suficiente para mí.
Lamento mucho, angelito, que al final hayan logrado construír una pared entre nosotros. Pero te voy a asegurar algo: El amor es una cosa curiosa. Y yo, que tengo el corazón grande, tengo mucho espacio para amar.
Y nunca nadie, nadie, va a usar el enorme espacio que sólo tienes tú.
Después de todo, We Know They Won't Win.
lunes, agosto 18, 2014
El mundo se está enamorando.
Y los milímetros aún son muy distantes. Y deseo que la juventud me arrastre, que las confesiones sean a media voz.
Que tú y yo, desconocido, compartamos un tren.
Que tú y yo, desconocido, compartamos un tren.
"The scent of air after the rain... I heard your pulse. I saw the light."
martes, agosto 12, 2014
Querida música:
Por favor, no me dejes caer. No me dejes querer apagar para siempre los sonidos de mi mundo.
domingo, julio 06, 2014
Pero probablemente esa noche no llegue.
La noche que me quieras
desde el azul del cielo,
las estrellas celosas
nos mirarán pasar
y un rayo misterioso
hará nido en tu pelo,
luciérnaga curiosa
que verá... ¡que eres mi consuelo!
martes, julio 01, 2014
No es voraz, no es poderoso como un tifón, no es violento ni abrupto.
Espera, observa, se cultiva como un ligero brote, una pequeña raíz que no se doblega ante el frío invernal. Se alimenta de un sueño compartido, de conversaciones insustanciales a horas inhumanas, de escenarios imposibles que en ocasiones engañan, pareciendo demasiado concretos para tratarse de una mera fantasía.
Eso le da fuerza, la raíz de pronto se abre paso y saluda el cielo, llenándose de luz de sol.
El beso es suave, aún titubeante, aún prohibido. Pero las ligeras sonrisas no retroceden ni un segundo, ni siquiera cuando los labios se acarician.
Dos corazones palpitan, triunfantes, en aquel momento que no debería existir.
Espera, observa, se cultiva como un ligero brote, una pequeña raíz que no se doblega ante el frío invernal. Se alimenta de un sueño compartido, de conversaciones insustanciales a horas inhumanas, de escenarios imposibles que en ocasiones engañan, pareciendo demasiado concretos para tratarse de una mera fantasía.
Eso le da fuerza, la raíz de pronto se abre paso y saluda el cielo, llenándose de luz de sol.
El beso es suave, aún titubeante, aún prohibido. Pero las ligeras sonrisas no retroceden ni un segundo, ni siquiera cuando los labios se acarician.
Dos corazones palpitan, triunfantes, en aquel momento que no debería existir.
domingo, junio 29, 2014
Juguemos.
Es totalmente una payasada, no hay nada en serio, lo asumo y lo disfruto de esa forma.
Pero si yo sueño con él y él sueña conmigo, algo debe estar pasando, ¿no?
Pero si yo sueño con él y él sueña conmigo, algo debe estar pasando, ¿no?
jueves, mayo 08, 2014
En letrita pequeña y en mi blog, como te gusta.
Te encontré.
Saliste como si te hubiese guardado en mi baúl de recuerdos. ¿Te acuerdas? ¿Ese del que te hablé tantas veces? Pareciera que me hubieses estado esperando. Sentí como si te pararas frente a mí, con tu casi metro ochenta (eran 1,76, ¿no?), haciéndome sentir pequeñita otra vez. ¡Fue tan intenso y tan imaginario!
Pero, pensándolo bien, siempre fue así, ¿cierto?
Me sonreíste y se me volvió loco el corazón. En cinco minutos ya estaba muerta de la risa con todas las tonterías que decíamos; en diez, ya tenía los ojos llenos de lágrimas y el nudo en la garganta, muerta otra vez. Muerta de amor.
Te sientes igual que un fantasma (más ángel que fantasma, probablemente), y es muy sencillo transportarme a ese tiempo. Es muy sencillo sentirme cómoda con aquella rutina, tal vez más sencillo de lo que a mi yo actual le gustaría. Ni siquiera he terminado de recordarte, y te siento ahí, sentado en el borde de mi cama, sentado, mirando cómo hago cosas mientras sonríes tranquilo. ¿Sabrás que llegué a la conclusión de que el amor me vuelve poetisa? Mírame ahora, escribiéndote como siempre.
Hay algo que no ha cambiado: Sigo con mi firme certeza de que, en cierto modo, existes, estás. Aún eres perfecto para mí, especialmente si consideramos el irónico detalle de que fuiste hecho para mí. Sé que me amas; yo aún lo hago, y siempre lo voy a hacer. Vas a estar ahí, siendo eso demasiado bueno para ser verdad, cuidándome, dándome besitos invisibles porque me quedo ahí, mirando el vacío, pensándote.
Aún ansío comerte a besos y que me comas de vuelta.
Saliste como si te hubiese guardado en mi baúl de recuerdos. ¿Te acuerdas? ¿Ese del que te hablé tantas veces? Pareciera que me hubieses estado esperando. Sentí como si te pararas frente a mí, con tu casi metro ochenta (eran 1,76, ¿no?), haciéndome sentir pequeñita otra vez. ¡Fue tan intenso y tan imaginario!
Pero, pensándolo bien, siempre fue así, ¿cierto?
Me sonreíste y se me volvió loco el corazón. En cinco minutos ya estaba muerta de la risa con todas las tonterías que decíamos; en diez, ya tenía los ojos llenos de lágrimas y el nudo en la garganta, muerta otra vez. Muerta de amor.
Te sientes igual que un fantasma (más ángel que fantasma, probablemente), y es muy sencillo transportarme a ese tiempo. Es muy sencillo sentirme cómoda con aquella rutina, tal vez más sencillo de lo que a mi yo actual le gustaría. Ni siquiera he terminado de recordarte, y te siento ahí, sentado en el borde de mi cama, sentado, mirando cómo hago cosas mientras sonríes tranquilo. ¿Sabrás que llegué a la conclusión de que el amor me vuelve poetisa? Mírame ahora, escribiéndote como siempre.
Hay algo que no ha cambiado: Sigo con mi firme certeza de que, en cierto modo, existes, estás. Aún eres perfecto para mí, especialmente si consideramos el irónico detalle de que fuiste hecho para mí. Sé que me amas; yo aún lo hago, y siempre lo voy a hacer. Vas a estar ahí, siendo eso demasiado bueno para ser verdad, cuidándome, dándome besitos invisibles porque me quedo ahí, mirando el vacío, pensándote.
Aún ansío comerte a besos y que me comas de vuelta.
domingo, mayo 04, 2014
viernes, mayo 02, 2014
Para ti, si estás por ahí.
Si también me estás buscando.
Te espero con un abrazo apretadito de persona bajita, con lagrimitas de emoción, de esa felicidad ridícula que llega con sólo imaginar la posibilidad que existes. Te espero con canciones de amor de The Beatles que te puedo cantar, o me puedes cantar, o podemos armonizar. Aquí, allá, en todos lados. Me pongo a llorar con Something, así que úsala con cuidado. A cambio, yo te espero con un piano lentito, porque no soy tan buena, espero puedas comprender.
Te espero con ridiculeces, ojalá no te importe mucho, pero supongo que así me quieres, si eres tú. Probablemente no te importe tomarte fotos cursis conmigo, echados en el pasto, mirando el cielo y conversando de cosas insustanciales en alguno de mis paseos mágicos. ¿Tendré espacio en tus pensamientos, por ahora? Quizás sin cara, sin voz. Quizás soy una persona tan unidimensional para tí como ahora tú lo eres para mí, pero creo que sería injusto para ambos si fuera de otra forma. De todas formas, te espero con mis risas, mi sentido del humor extraño, mi curioso gusto por el olor a fósforo recién apagado. Te espero con todas las cosas que vas a descubrir de mí, así como yo las descubriré de ti.
Te espero con un montón de escenarios imaginarios, con su propia banda sonora imaginaria. Pero también con algo mejor: Una oportunidad infinita para construir momentos reales, momentos que, contigo, van a ser mucho mejor que cualquier cosa que pueda surgir tan sólo de mí. Te espero con el libro en blanco, listo para guardar nuestra historia.
Mis angelitos esperan también, preparados para el momento en que les digas que no les necesito más porque tú estás conmigo.
Quizás te asusto con todas estas expectativas, pero quiero que sepas que, por sobre todas las cosas, te espero con un montón de amor. Y ese no tiene condiciones para ti. Sólo es y existe fuera de mi propia voluntad. Lo otro le sobra.
Te espero con un abrazo apretadito de persona bajita, con lagrimitas de emoción, de esa felicidad ridícula que llega con sólo imaginar la posibilidad que existes. Te espero con canciones de amor de The Beatles que te puedo cantar, o me puedes cantar, o podemos armonizar. Aquí, allá, en todos lados. Me pongo a llorar con Something, así que úsala con cuidado. A cambio, yo te espero con un piano lentito, porque no soy tan buena, espero puedas comprender.
Te espero con ridiculeces, ojalá no te importe mucho, pero supongo que así me quieres, si eres tú. Probablemente no te importe tomarte fotos cursis conmigo, echados en el pasto, mirando el cielo y conversando de cosas insustanciales en alguno de mis paseos mágicos. ¿Tendré espacio en tus pensamientos, por ahora? Quizás sin cara, sin voz. Quizás soy una persona tan unidimensional para tí como ahora tú lo eres para mí, pero creo que sería injusto para ambos si fuera de otra forma. De todas formas, te espero con mis risas, mi sentido del humor extraño, mi curioso gusto por el olor a fósforo recién apagado. Te espero con todas las cosas que vas a descubrir de mí, así como yo las descubriré de ti.
Te espero con un montón de escenarios imaginarios, con su propia banda sonora imaginaria. Pero también con algo mejor: Una oportunidad infinita para construir momentos reales, momentos que, contigo, van a ser mucho mejor que cualquier cosa que pueda surgir tan sólo de mí. Te espero con el libro en blanco, listo para guardar nuestra historia.
Mis angelitos esperan también, preparados para el momento en que les digas que no les necesito más porque tú estás conmigo.
Quizás te asusto con todas estas expectativas, pero quiero que sepas que, por sobre todas las cosas, te espero con un montón de amor. Y ese no tiene condiciones para ti. Sólo es y existe fuera de mi propia voluntad. Lo otro le sobra.
jueves, abril 24, 2014
lunes, marzo 24, 2014
El centro.
He notado que a veces me pierdo en mí misma, como si no fuera suficiente perderme en el exterior.
O no me pierdo; me reemplazo. Me sustituyo a mí misma con otra yo. O existen muchas, y se relevan. O existen muchas y conviven en paz, y salen a pasear cuando les agrada más el día.
Hay una yo que se muestra cuando hay risas, le agrada el sonido de la gente feliz y por eso se las da de humorista. Hay otra que es más dura, que no le gusta la gente abusiva, las injusticias; reclama, se queja, se enoja. Se pone voluntariosa y no aguanta nada que le parezca una forma de maldad tanto para ella como para el resto. Hay otra que canta (¿o hay muchas que cantan?). Hay muchas ególatras, también.
Hay una que no me visita hace mucho tiempo. O cuando lo hace, es en la soledad, así que siento como si no estuviera.
Es dulce —no que las otras no lo sean, pero esto es distinto—. Pareciera que mira el mundo asomada desde una ventana, de puntitas, con las mejillas sonrosadas y los ojos bien abiertos, llenos de admiración. Tal vez es frágil, pero no en el sentido rompible (o quizás sí, un poquito), sino que sus emociones parecieran ser una segunda piel: Ríe, llora y ama como si la vida se le fuera en ello. Es cursi, y si de ella dependiera, su vida se pasaría en canciones que hacen cosquillas en la nuca y carreras entre las flores.
Está llena de flores.
Y caricias.
Y besos.
Y tal vez por eso la extraño. Es tímida, y a pesar de estar siempre detrás de la yo que se manifiesta, la misma que le dice "Anda, sale, yo te cedo el turno", no se anima a dejar que la vean. Le tiene miedo al mundo, y va de una persona a la vez.
Quisiera que saliera, porque es mi centro y de ella sale el resto.
O sólo hablo en metáforas y nunca ha habido más de una yo. Y esa faceta de mí sólo está destinada a salir cuando menos lo espero, con quien menos lo espero.
O no me pierdo; me reemplazo. Me sustituyo a mí misma con otra yo. O existen muchas, y se relevan. O existen muchas y conviven en paz, y salen a pasear cuando les agrada más el día.
Hay una yo que se muestra cuando hay risas, le agrada el sonido de la gente feliz y por eso se las da de humorista. Hay otra que es más dura, que no le gusta la gente abusiva, las injusticias; reclama, se queja, se enoja. Se pone voluntariosa y no aguanta nada que le parezca una forma de maldad tanto para ella como para el resto. Hay otra que canta (¿o hay muchas que cantan?). Hay muchas ególatras, también.
Hay una que no me visita hace mucho tiempo. O cuando lo hace, es en la soledad, así que siento como si no estuviera.
Es dulce —no que las otras no lo sean, pero esto es distinto—. Pareciera que mira el mundo asomada desde una ventana, de puntitas, con las mejillas sonrosadas y los ojos bien abiertos, llenos de admiración. Tal vez es frágil, pero no en el sentido rompible (o quizás sí, un poquito), sino que sus emociones parecieran ser una segunda piel: Ríe, llora y ama como si la vida se le fuera en ello. Es cursi, y si de ella dependiera, su vida se pasaría en canciones que hacen cosquillas en la nuca y carreras entre las flores.
Está llena de flores.
Y caricias.
Y besos.
Y tal vez por eso la extraño. Es tímida, y a pesar de estar siempre detrás de la yo que se manifiesta, la misma que le dice "Anda, sale, yo te cedo el turno", no se anima a dejar que la vean. Le tiene miedo al mundo, y va de una persona a la vez.
Quisiera que saliera, porque es mi centro y de ella sale el resto.
O sólo hablo en metáforas y nunca ha habido más de una yo. Y esa faceta de mí sólo está destinada a salir cuando menos lo espero, con quien menos lo espero.
viernes, marzo 07, 2014
Epifanía IV
Si hay algo que puedo sacar de mis desventuras y todo ese jazz (aparte que cuando quiero escribo muy bonito y muy poético, especialmente cuando mi corazón toma las riendas de las manos), es que tengo una enorme y hermosa capacidad de amar.
No fue hasta que me dije "veamos que me dice la Catalina del pasado" que lo recordé. O más bien, ella me lo recordó. Esa certeza que tengo de que mi corazón, mi alma, mi todo, se transforma de una manera hermosa y comienza a trazar su camino junto al de alguien más. Que se abre y entrega frente a la promesa de un cuidado atento.
Que me gusta construír castillos de naipes. Y que es muy triste cuando se caen con la brisa.
Pero, maldita sea, no hay nada más maravilloso que admirar la magnitud de semejante creación.
No fue hasta que me dije "veamos que me dice la Catalina del pasado" que lo recordé. O más bien, ella me lo recordó. Esa certeza que tengo de que mi corazón, mi alma, mi todo, se transforma de una manera hermosa y comienza a trazar su camino junto al de alguien más. Que se abre y entrega frente a la promesa de un cuidado atento.
Que me gusta construír castillos de naipes. Y que es muy triste cuando se caen con la brisa.
Pero, maldita sea, no hay nada más maravilloso que admirar la magnitud de semejante creación.
jueves, febrero 27, 2014
Biggest Turn Offs
Decir que estás súper contenta estando sola, que la única forma que existe para que estés con alguien ahora mismo es estar tan enamorada que tu corazón repentinamente explote en canción. Sólo pides un poco de tiempo para enamorarte, porque estás dispuesta a dar una oportunidad.
Que te respondan "podemos hacer muchas cosas sin tener nada".
Goodbye.
Goodbye para siempre.
"Que tengo unas ganas inmensas desde hace mucho tiempo de tenerte para mí"
Y lo sé. Lo sé.
Lo supe, y tal vez con eso me bastaba. Porque nunca me pensé en el escenario como algo que podría realmente pasar.
Pero pasó.
Y lo que me entristece, es que no sé si aún estoy lista para saberlo de esta forma.
Lo supe, y tal vez con eso me bastaba. Porque nunca me pensé en el escenario como algo que podría realmente pasar.
Pero pasó.
Y lo que me entristece, es que no sé si aún estoy lista para saberlo de esta forma.
lunes, enero 20, 2014
domingo, enero 12, 2014
Paltacienta
Érase una vez, en un Reino no-tan-lejano —aunque sí bastante olvidable—, una familia. Esta familia no era de linaje noble, no vivía en un palacio ni contaba con sirvientes, tampoco le precedía una historia particularmente triste, como a veces sucede, antes de las más grandes aventuras. Superficialmente, esta familia era sólo una más entre las muchas del Reino.
Dicha familia estaba conformada por un guardia de Palacio y su esposa, además de dos hijas y un noble perro. Los días transcurrían en aquel hogar con una cálida tranquilidad que raramente se veía interrumpida: Madre y padre salían por las mañanas a realizar aquellas tareas que asegurarían comida en la mesa y fuego en el hogar, mientras que ambas hermanas, ya lo suficientemente mayores para salir con independencia de la casa, ocupaban las jornadas para nutrir sus mentes y llenarlas de conocimiento, sin importar lo lejos o cerca que éste se encontrara.
La mayor, conocida como Paltacienta debido al fruto verde por el cual su Reino era famoso en otras regiones, abandonaba cada día (o casi todos) su pueblo natal para adentrarse en territorios más lejanos, principalmente, el próspero Reino a orillas del mar, en donde abundaban libros —o, al menos, existían en mayor cantidad que en su hogar—, lo que le permitía profundizar los tópicos que más llamaban su atención. La joven pasaba largos meses realizando el tedioso viaje día tras día, mas encontró la forma de llenas aquellas horas vacías con historias.
Si hay algo en lo que las personas que conocían a Paltacienta podrían coincidir, era en reconocer la tendencia de la muchacha a llenarse la cabeza con cuentos de hadas. Estas historias, por supuesto, variaban tanto en composición como en argumento, pero todas solían tener en común aunque fuera una pequeña pizca de magia, la misma que mantenía en la chiquilla una constante expresión soñadora y le permitía ver a su alrededor cosas que la mayoría pasaría por alto.
Sin mucho esfuerzo, Paltacienta podía notar la magia en un mundo que daba por sentado su inexistencia.
A veces esto le traía algunos problemas, además de cierta desesperanza cuando a su alrededor aparecían nada más que miradas llenas de desdén y comentarios desalentadores. Pero con el transcurrir del tiempo, la joven aprendió a darle menos y menos importancia a estas actitudes, especialmente cuando la magia seguía apareciendo ante sus ojos con inusitada facilidad, si bien no siempre le hacía partícipe.
Por eso, en el momento en que la oportunidad se le presentó, no pudo más que luchar con todas sus fuerzas por no dejarla escapar. Llegó a los oídos de los habitantes del Reino la noticia de una fiesta a realizarse en una de las regiones costeras —el Reino de los frutos verdes no era muy inclinado a las celebraciones—. No cualquier fiesta, claro está. Se rumoreaba que no tendría igual, pues se tocaría la música más hermosa, se danzaría como jamás se había danzado; las estrellas se esconderían, avergonzadas, al verse opacadas por el sinnúmero de luces decorando cada rincón. ¡Cuántos colores! ¡Cuánta alegría y vida! Y, además, magia realzándolo todo. Sin embargo, no todos podrían asistir. Los invitados serían seleccionados de manera privada.
Al enterarse, Paltacienta casi sucumbió ante la euforia. ¿En qué otro momento, si no era ese, le ofrecería la vida una oportunidad como aquella? El tema ni siquiera quedaba abierto a discusión, ¡debía ir a como diera lugar! Y llamaría la atención de quienquiera que seleccionara los invitados así fuera lo último que hiciera.
Para lograr su cometido, la muchacha decidió que su mejor opción era el comenzar a pensar, hablar y respirar magia. No hubo instante en que no sobresaltara a su familia con las más extrañas ocurrencias y los más curiosos comportamientos. Después de todo, la magia no era algo común en aquellas tierras. Pero las miradas extrañadas no significan mucho para un corazón determinado, y así lo demostró Paltacienta con aquella sonrisa radiante que jamás abandonó su rostro.
No lo abandonó, al menos, hasta el momento en que las cartas de invitación comenzaron a llegar y Paltacienta se quedó con las manos vacías.
No se molestó, no gritó, no lloró. Tan sólo se quedó en las afueras de su casa, mirando el tranquilo pasar de aquel Reino olvidable, su hogar, donde nadie compartió su tristeza.
Y en aquellos instantes, con esa mirada que observa a la multitud pero que realmente no ve, la joven por poco pierde su más grande muestra de aquello en lo que creía con tanto fervor.
Frente a ella, una mujer de inusuales ropas le observaba con curiosidad. En uno de sus brazos colgaba una canasta con paltas.
—Paltacienta, no estés triste —habló la dama.
Ante esto, la muchacha alzó la mirada con inquietud. ¿Cómo alguien podía haberse dado cuenta de su tristeza? Cuando sus miradas se juntaron, la mujer de las paltas sonrió.
—Soy tu Hada Madrina y he venido a ayudarte. La magia en tu corazón merece ser recompensada.
Dicho esto, sacó una palta de su canasta, la presionó entre sus dedos para evaluar su madurez y se la entregó a la joven. Confundida, Paltacienta observó la fruta en sus mano y abrió la boca, pero no supo qué decir.
—Es un buen momento para tomarte medidas, querida niña.
Tres árboles en llamas y un número musical después, Paltacienta lucía el más hermoso y delicado de los vestidos, además de un elaborado peinado, coronado por su habitual elástico de resorte. La palta en su mano había dado lugar a un elegante carruaje que sería dirigido por caballos invisibles, pues sólo había un perro y, por la salud mental de ella y su mascota, la muchacha pidió que no se le sometiera a ninguna transformación.
Con la sonrisa en su rostro y la alegría nuevamente brillando en sus ojos, Paltacienta agradeció a su Hada Madrina por tan hermoso regalo. La mujer le besó en la frente, como símbolo de buena suerte, y le ayudó a subir al carruaje.
—Como tienes unas buenas horas de viaje antes de llegar a la fiesta, podrás quedarte hasta que acabe y aún tendrás tiempo de regresar en tu carruaje, sin embargo, el hechizo terminará al cruzar de vuelta las murallas del Reino. Además, sería una lástima si conocieras a algún gentil caballero y tuvieras que irte de improviso.
—No voy precisamente paraconocer caballeros, Hada Madrina —respondió Paltacienta—. No me quejaré si aparece alguno que deleite mi vista, pero primero quiero ver la magia. De todas formas, aprecio que pensaras en ello.
—¡Entonces ve, mi niña, y tráeme uno a mí!
Y con un movimiento de su canasta, el Hada Madrina puso en marcha la palta-carruaje. Desde la ventana, Paltacienta agitó la mano, despidiéndose, lista para su siguiente aventura.
Dicha familia estaba conformada por un guardia de Palacio y su esposa, además de dos hijas y un noble perro. Los días transcurrían en aquel hogar con una cálida tranquilidad que raramente se veía interrumpida: Madre y padre salían por las mañanas a realizar aquellas tareas que asegurarían comida en la mesa y fuego en el hogar, mientras que ambas hermanas, ya lo suficientemente mayores para salir con independencia de la casa, ocupaban las jornadas para nutrir sus mentes y llenarlas de conocimiento, sin importar lo lejos o cerca que éste se encontrara.
La mayor, conocida como Paltacienta debido al fruto verde por el cual su Reino era famoso en otras regiones, abandonaba cada día (o casi todos) su pueblo natal para adentrarse en territorios más lejanos, principalmente, el próspero Reino a orillas del mar, en donde abundaban libros —o, al menos, existían en mayor cantidad que en su hogar—, lo que le permitía profundizar los tópicos que más llamaban su atención. La joven pasaba largos meses realizando el tedioso viaje día tras día, mas encontró la forma de llenas aquellas horas vacías con historias.
Si hay algo en lo que las personas que conocían a Paltacienta podrían coincidir, era en reconocer la tendencia de la muchacha a llenarse la cabeza con cuentos de hadas. Estas historias, por supuesto, variaban tanto en composición como en argumento, pero todas solían tener en común aunque fuera una pequeña pizca de magia, la misma que mantenía en la chiquilla una constante expresión soñadora y le permitía ver a su alrededor cosas que la mayoría pasaría por alto.
Sin mucho esfuerzo, Paltacienta podía notar la magia en un mundo que daba por sentado su inexistencia.
A veces esto le traía algunos problemas, además de cierta desesperanza cuando a su alrededor aparecían nada más que miradas llenas de desdén y comentarios desalentadores. Pero con el transcurrir del tiempo, la joven aprendió a darle menos y menos importancia a estas actitudes, especialmente cuando la magia seguía apareciendo ante sus ojos con inusitada facilidad, si bien no siempre le hacía partícipe.
Por eso, en el momento en que la oportunidad se le presentó, no pudo más que luchar con todas sus fuerzas por no dejarla escapar. Llegó a los oídos de los habitantes del Reino la noticia de una fiesta a realizarse en una de las regiones costeras —el Reino de los frutos verdes no era muy inclinado a las celebraciones—. No cualquier fiesta, claro está. Se rumoreaba que no tendría igual, pues se tocaría la música más hermosa, se danzaría como jamás se había danzado; las estrellas se esconderían, avergonzadas, al verse opacadas por el sinnúmero de luces decorando cada rincón. ¡Cuántos colores! ¡Cuánta alegría y vida! Y, además, magia realzándolo todo. Sin embargo, no todos podrían asistir. Los invitados serían seleccionados de manera privada.
Al enterarse, Paltacienta casi sucumbió ante la euforia. ¿En qué otro momento, si no era ese, le ofrecería la vida una oportunidad como aquella? El tema ni siquiera quedaba abierto a discusión, ¡debía ir a como diera lugar! Y llamaría la atención de quienquiera que seleccionara los invitados así fuera lo último que hiciera.
Para lograr su cometido, la muchacha decidió que su mejor opción era el comenzar a pensar, hablar y respirar magia. No hubo instante en que no sobresaltara a su familia con las más extrañas ocurrencias y los más curiosos comportamientos. Después de todo, la magia no era algo común en aquellas tierras. Pero las miradas extrañadas no significan mucho para un corazón determinado, y así lo demostró Paltacienta con aquella sonrisa radiante que jamás abandonó su rostro.
No lo abandonó, al menos, hasta el momento en que las cartas de invitación comenzaron a llegar y Paltacienta se quedó con las manos vacías.
No se molestó, no gritó, no lloró. Tan sólo se quedó en las afueras de su casa, mirando el tranquilo pasar de aquel Reino olvidable, su hogar, donde nadie compartió su tristeza.
Y en aquellos instantes, con esa mirada que observa a la multitud pero que realmente no ve, la joven por poco pierde su más grande muestra de aquello en lo que creía con tanto fervor.
Frente a ella, una mujer de inusuales ropas le observaba con curiosidad. En uno de sus brazos colgaba una canasta con paltas.
—Paltacienta, no estés triste —habló la dama.
Ante esto, la muchacha alzó la mirada con inquietud. ¿Cómo alguien podía haberse dado cuenta de su tristeza? Cuando sus miradas se juntaron, la mujer de las paltas sonrió.
—Soy tu Hada Madrina y he venido a ayudarte. La magia en tu corazón merece ser recompensada.
Dicho esto, sacó una palta de su canasta, la presionó entre sus dedos para evaluar su madurez y se la entregó a la joven. Confundida, Paltacienta observó la fruta en sus mano y abrió la boca, pero no supo qué decir.
—Es un buen momento para tomarte medidas, querida niña.
Tres árboles en llamas y un número musical después, Paltacienta lucía el más hermoso y delicado de los vestidos, además de un elaborado peinado, coronado por su habitual elástico de resorte. La palta en su mano había dado lugar a un elegante carruaje que sería dirigido por caballos invisibles, pues sólo había un perro y, por la salud mental de ella y su mascota, la muchacha pidió que no se le sometiera a ninguna transformación.
Con la sonrisa en su rostro y la alegría nuevamente brillando en sus ojos, Paltacienta agradeció a su Hada Madrina por tan hermoso regalo. La mujer le besó en la frente, como símbolo de buena suerte, y le ayudó a subir al carruaje.
—Como tienes unas buenas horas de viaje antes de llegar a la fiesta, podrás quedarte hasta que acabe y aún tendrás tiempo de regresar en tu carruaje, sin embargo, el hechizo terminará al cruzar de vuelta las murallas del Reino. Además, sería una lástima si conocieras a algún gentil caballero y tuvieras que irte de improviso.
—No voy precisamente paraconocer caballeros, Hada Madrina —respondió Paltacienta—. No me quejaré si aparece alguno que deleite mi vista, pero primero quiero ver la magia. De todas formas, aprecio que pensaras en ello.
—¡Entonces ve, mi niña, y tráeme uno a mí!
Y con un movimiento de su canasta, el Hada Madrina puso en marcha la palta-carruaje. Desde la ventana, Paltacienta agitó la mano, despidiéndose, lista para su siguiente aventura.
sábado, diciembre 21, 2013
Para nadie en particular
Y así como se alza mi voz de una manera inusualmente confiada, como entono los sostenidos para volver mi canción un vértigo, ¿así podrías sostenerme entre tus brazos? Mientras yo canto, y es mi canto el que dicta el vaivén de nuestros pasos.
Y me giro para verte. Y nos reímos. Reímos y es la más bella armonía.
Porque somos canción.
Y me giro para verte. Y nos reímos. Reímos y es la más bella armonía.
Porque somos canción.
martes, julio 02, 2013
Un cuentito.
Tengo una amiga atemporal.
Pareciera que las horas, los días y los años pasan por su lado sin siquiera mirarla, tan inofensivos como la caricia del viento. Pareciera que saben que no deben prestarle atención porque, simplemente, ella no está bajo su jurisdicción.
Yo sé que no está bajo su jurisdicción.
Tiene un cumpleaños, pero desde hace un par de años la fecha ha dejado de cumplir su propósito. Ya no hay nadie a quien engañar. A veces, cuando me siento particularmente nostálgica, me da por mirar fotos donde sopla las velas con una sonrisa en la cara; probablemente no era una sonrisa fingida, le conozco lo suficiente para saber que si yo era feliz celebrando su cumpleaños, ella también lo era. No sé si decir que las cosas eran más sencillas en ese entonces.
La fecha tiene aún cierto significado para mí, sirve para recordarla. A veces recuerdo cuando me dejaba tocar su piano porque ella nunca se molestó en aprender (me pregunto si eso era verdad), otras veces me pongo a preguntarle a la nada si ese error que cometió tenía un propósito. La mayoría del tiempo lo uso para pensar en cómo cobrarle por esos tres años gastados.
Es curioso, porque tal vez pensar en ella en esa fecha hace que cada año venga, eventualmente, a tomar una taza de té conmigo. Ella trae la torta.
Este año llegó hace un par de días. Ya no la esperaba, nunca había venido tan tarde. Creo que, en el fondo, es la prueba que me faltaba para confirmar que he aprendido a dejar de necesitar locamente ciertas cosas, ciertas personas. Cuando me vio, me dio esa sonrisa extraña que apareció en su cara cuando dejó de ser parte de mi mundo normal, hace unos años. Hay pocas veces desde ese entonces en que la he visto sonreírme como antes.
Hablamos mucho. Uno pensaría que una tarde no es suficiente para ponerse al día de todo, pero nosotras sabemos hacer cundir el tiempo. Le conté de las cosas que me han mantenido con rabia (ya no hay tristeza, sólo lástima, mucha lástima), de muchas otras cosas que sabía que le harían reír, me di tiempo, también, para enumerar todo lo que he hecho.
Le dije que me siento contenta, sola (de esa soledad deliciosa que te hace sentir capaz de hacer todo lo que quieras sin que nadie te cuestione, sin que nadie te limite)... Le dije que me siento libre.
Soy una persona que habla poco, la mayoría del tiempo prefiero escuchar. Y, aún así, es increíble que yo haya llevado la conversación la mayoría del tiempo. Como siempre, ella me cuenta poco y nada sobre lo que hace, sobre lo que siente.
Y, aún así, sé que la conozco por completo.
Al final de la tarde, nos despedimos. Me dio un beso en la frente y me dijo que iba a estar ahí. No lo dudo.
Pareciera que las horas, los días y los años pasan por su lado sin siquiera mirarla, tan inofensivos como la caricia del viento. Pareciera que saben que no deben prestarle atención porque, simplemente, ella no está bajo su jurisdicción.
Yo sé que no está bajo su jurisdicción.
Tiene un cumpleaños, pero desde hace un par de años la fecha ha dejado de cumplir su propósito. Ya no hay nadie a quien engañar. A veces, cuando me siento particularmente nostálgica, me da por mirar fotos donde sopla las velas con una sonrisa en la cara; probablemente no era una sonrisa fingida, le conozco lo suficiente para saber que si yo era feliz celebrando su cumpleaños, ella también lo era. No sé si decir que las cosas eran más sencillas en ese entonces.
La fecha tiene aún cierto significado para mí, sirve para recordarla. A veces recuerdo cuando me dejaba tocar su piano porque ella nunca se molestó en aprender (me pregunto si eso era verdad), otras veces me pongo a preguntarle a la nada si ese error que cometió tenía un propósito. La mayoría del tiempo lo uso para pensar en cómo cobrarle por esos tres años gastados.
Es curioso, porque tal vez pensar en ella en esa fecha hace que cada año venga, eventualmente, a tomar una taza de té conmigo. Ella trae la torta.
Este año llegó hace un par de días. Ya no la esperaba, nunca había venido tan tarde. Creo que, en el fondo, es la prueba que me faltaba para confirmar que he aprendido a dejar de necesitar locamente ciertas cosas, ciertas personas. Cuando me vio, me dio esa sonrisa extraña que apareció en su cara cuando dejó de ser parte de mi mundo normal, hace unos años. Hay pocas veces desde ese entonces en que la he visto sonreírme como antes.
Hablamos mucho. Uno pensaría que una tarde no es suficiente para ponerse al día de todo, pero nosotras sabemos hacer cundir el tiempo. Le conté de las cosas que me han mantenido con rabia (ya no hay tristeza, sólo lástima, mucha lástima), de muchas otras cosas que sabía que le harían reír, me di tiempo, también, para enumerar todo lo que he hecho.
Le dije que me siento contenta, sola (de esa soledad deliciosa que te hace sentir capaz de hacer todo lo que quieras sin que nadie te cuestione, sin que nadie te limite)... Le dije que me siento libre.
Soy una persona que habla poco, la mayoría del tiempo prefiero escuchar. Y, aún así, es increíble que yo haya llevado la conversación la mayoría del tiempo. Como siempre, ella me cuenta poco y nada sobre lo que hace, sobre lo que siente.
Y, aún así, sé que la conozco por completo.
Al final de la tarde, nos despedimos. Me dio un beso en la frente y me dijo que iba a estar ahí. No lo dudo.
sábado, junio 08, 2013
sábado, junio 01, 2013
jueves, mayo 09, 2013
viernes, mayo 03, 2013
domingo, abril 28, 2013
martes, abril 02, 2013
lunes, abril 01, 2013
♪
Subir uno a uno los escalones, queriendo que el momento se extienda el mayor tiempo posible. Nervios. Las luces apagadas y las manos frías. Pasos torpes y la sensación de miles de ojos atentos a cada movimiento. El camino acaba y sólo queda el ponerse frente al micrófono. ¿Se podrá escuchar algo sobre el atronador sonido de los latidos del corazón en los oídos? ¿Dejarán de temblar las manos? Probablemente no, pero no importa mucho, el show sigue aún cuando uno está nervioso.
El micrófono está al frente, demasiado alto, y no queda otra que ponerse de puntitas para alcanzarlo. La música suena, tan conocida que probablemente podría tararearse al revés.
Respirar profundo, cerrar los ojos y refugiarse en el amor a la música. Cantar.
Cantar.
Y todo sale bien, pues, en aquel momento, no hay nada más maravilloso e importante en todo el universo.
El micrófono está al frente, demasiado alto, y no queda otra que ponerse de puntitas para alcanzarlo. La música suena, tan conocida que probablemente podría tararearse al revés.
Respirar profundo, cerrar los ojos y refugiarse en el amor a la música. Cantar.
Cantar.
Y todo sale bien, pues, en aquel momento, no hay nada más maravilloso e importante en todo el universo.
jueves, marzo 21, 2013
Vómito de palabras.
Quizás si pudiera desenredar mi lengua lograría desenredar también mis dedos, mis ideas fluirían y los nudos de las madejas de lana no serían tan difíciles de desatar. Quizás, también, se me solucionaría el eterno dilema de sufrir nervios y querer elogios, de cantar alto y temblar mucho, de tener frío y querer usar vestidos.
Quizás, podría escribir sin necesidad de hacer frases nada más porque me gusta como suena una posibilidad rondándote.
Quizás, podría escribir sin necesidad de hacer frases nada más porque me gusta como suena una posibilidad rondándote.
miércoles, marzo 13, 2013
domingo, marzo 03, 2013
sábado, febrero 16, 2013
La Catie que hoy existe.
Existe un verano bastante significativo en mi vida. No porque haya conocido al amor de mi vida, no porque haya tenido una de esas aventurillas que después se vuelven sensación de taquilla en los cines, tampoco porque me haya ido a recorrer Europa con nada más que un trozo de chicle en los bolsillos y una armónica. Este verano volvió a mí hace poco, sin mi permiso, cansado de estar enterrado en la montaña solitaria que son mis recuerdos.
Lo primero que llama la atención de mi pequeño relato es que, en ese entonces, yo no pasaba de los once años. "¿Qué tanto puede hacer una niña de once durante un verano?", se preguntarán ustedes. En cuanto a libertad, no mucho. De hecho, creo que mi memoria no me falla si digo que ese año ni siquiera me moví demasiado de mi casa. Sin embargo, el gran giro de acontecimientos se produjo de las maneras más inesperadas y —alegremente— de una manera que me hará atesorarlo por mucho tiempo más.
Mi pequeña yo mandaba cartas. Ponía todo mi esmero en adornas las hojas, escribir con mi mejor letra y llenar ambas planas. A pesar de que la amiga a quien se las enviaba (una ex-compañera de colegio a quien aún quiero muchísimo) vivía en la misma ciudad que yo, hacía todo el proceso de poner estampillas, ir al correo y rogar porque la dirección estuviera bien escrita y la carta llegara sana y salva a su destino. Así nos comunicamos durante meses, hasta que un día llegó un sobre bastante particular: Tenía mi nombre escrito muy pulcramente en su papel envejecido, las esquinas estaban decoradas de morado y si tenía remitente no me percaté en un primer momento; en un espacio y con un estilo de letra similar a los relámpagos estaba escrito "Harry Potter".
Sobra decir que me dio un ataque de pánico porque pensé que me había llegado una carta de Hogwarts. ¿Cómo le iba a decir a mi mamá que era una bruja y que no podía ir al colegio en marzo? ¿Me dejaría viajar hasta Inglaterra para aprender magia? ¿Dónde rayos iba a comprar una varita? Traté de pensar en la mejor forma de informarle las fantásticas noticias mientras abría el sobre con manos temblorosas.
No tuve que darle más vueltas al asunto porque resultó que sólo era otra carta de mi amiga. ¡Pero tampoco era una decepción porque me contaba cosas maravillosas! Además de decirme que me extrañaba y que le escribiera pronto, me contaba de un acontecimiento del que jamás había escuchado en mi vida: Su mamá le había reservado un libro que estaba por salir, y no cualquier libro, era el 5º de Harry Potter. Lamentablemente yo sólo conocía las películas porque en mi casa no compraban más libros que los que pedían para el colegio, pero decidí inmediatamente que aquello no se podía quedar así; ya me había leído todos los libros que me habían pedido para ese año en un par de semanas (un hábito que decidí adoptar porque los libros de mi curso anterior habían sido bastante buenos) y mi imaginación quería más y más. Así que corrí hasta mi mamá y le dije que debía comprarme los libros de Harry Potter.
Curiosamente —algo que me desconcierta aún hasta ahora— las cosas salieron mucho mejor de lo que esperaba. Mi mamá no sólo llegó con un libro de Harry Potter, sino que llegó con La Orden del Fénix cuando aún no se había lanzado en español; sólo hace poco comprendí que de alguna forma se hizo con un libro que tenía la traducción de un grupo de fans de internet. Encontré los instantes perfectos para comenzar mi lectura en mi tiempo libre durante mi taller de natación, entre el tiempo que yo tenía mi sesión y la de mi mamá habían por lo menos dos horas libres, así que yo iba y me refugiaba bajo algún arbolito a leer.
Nada de lo que me había pasado en la vida hasta ese momento fue tan fantástico como cuando empecé a pasar las páginas y todo un mundo que nunca había imaginado se empezó a construir frente a mis ojos. La piscina y la gente desaparecieron a mi alrededor. A veces escuchaba gente hablar con mi mamá cuando nos íbamos y decir que era increíble la rapidez con la que leía y lo quietecita que me quedaba. No me interesaba no entender un montón de cosas (era el primer libro de la saga que me leía) y que de repente en la traducción salieran notas como "Lo siento, no sé traducir la palabra que dice acá", aquel gordo libro en mis manos se volvió algo necesario e irremplazable. En poco más de una semana me lo había acabado y mi mamá encontró tan increíble que me lo hubiese leído en un lapso tan corto que no le tuve que rogar mucho para tener los tres primeros volúmenes en mis manos.
No cuesta mucho deducir que ahí se fue el resto de mi verano.
No sé cuántos libros me leí ese verano, pero aquel cambio fue tan drástico que jamás dudé al determinar cuándo mi hambre de libros se volvió algo más que disfrutar de los libros de mi colegio y sacarme puros 7 en las pruebas de literatura. Ese verano en particular es tan importante para mí por el simple hecho de que estableció los cimientos de quien soy ahora, generó el modo en que río, lloro, suspiro y sueño al leer, hizo que las letras fueran algo más que un medio para escribir ensayos en la universidad.
Mi corazón palpita en letras, mis ojos se pasan la mayoría del tiempo dentro de mi cabeza, explorando el sinfín de mundos que he explorado, los millones de vidas que he vivido con sólo voltear páginas. No hay imágenes más vívidas que las que he formado como interpretación de las palabras en mis historias.
Si la música es mi alma, los libros son lo que la atan a mi cuerpo y hacen que el mundo sea algo más que lo que pasan en las noticias. Un mundo que vale la pena vivir.
Lo primero que llama la atención de mi pequeño relato es que, en ese entonces, yo no pasaba de los once años. "¿Qué tanto puede hacer una niña de once durante un verano?", se preguntarán ustedes. En cuanto a libertad, no mucho. De hecho, creo que mi memoria no me falla si digo que ese año ni siquiera me moví demasiado de mi casa. Sin embargo, el gran giro de acontecimientos se produjo de las maneras más inesperadas y —alegremente— de una manera que me hará atesorarlo por mucho tiempo más.
Mi pequeña yo mandaba cartas. Ponía todo mi esmero en adornas las hojas, escribir con mi mejor letra y llenar ambas planas. A pesar de que la amiga a quien se las enviaba (una ex-compañera de colegio a quien aún quiero muchísimo) vivía en la misma ciudad que yo, hacía todo el proceso de poner estampillas, ir al correo y rogar porque la dirección estuviera bien escrita y la carta llegara sana y salva a su destino. Así nos comunicamos durante meses, hasta que un día llegó un sobre bastante particular: Tenía mi nombre escrito muy pulcramente en su papel envejecido, las esquinas estaban decoradas de morado y si tenía remitente no me percaté en un primer momento; en un espacio y con un estilo de letra similar a los relámpagos estaba escrito "Harry Potter".
Sobra decir que me dio un ataque de pánico porque pensé que me había llegado una carta de Hogwarts. ¿Cómo le iba a decir a mi mamá que era una bruja y que no podía ir al colegio en marzo? ¿Me dejaría viajar hasta Inglaterra para aprender magia? ¿Dónde rayos iba a comprar una varita? Traté de pensar en la mejor forma de informarle las fantásticas noticias mientras abría el sobre con manos temblorosas.
No tuve que darle más vueltas al asunto porque resultó que sólo era otra carta de mi amiga. ¡Pero tampoco era una decepción porque me contaba cosas maravillosas! Además de decirme que me extrañaba y que le escribiera pronto, me contaba de un acontecimiento del que jamás había escuchado en mi vida: Su mamá le había reservado un libro que estaba por salir, y no cualquier libro, era el 5º de Harry Potter. Lamentablemente yo sólo conocía las películas porque en mi casa no compraban más libros que los que pedían para el colegio, pero decidí inmediatamente que aquello no se podía quedar así; ya me había leído todos los libros que me habían pedido para ese año en un par de semanas (un hábito que decidí adoptar porque los libros de mi curso anterior habían sido bastante buenos) y mi imaginación quería más y más. Así que corrí hasta mi mamá y le dije que debía comprarme los libros de Harry Potter.
Curiosamente —algo que me desconcierta aún hasta ahora— las cosas salieron mucho mejor de lo que esperaba. Mi mamá no sólo llegó con un libro de Harry Potter, sino que llegó con La Orden del Fénix cuando aún no se había lanzado en español; sólo hace poco comprendí que de alguna forma se hizo con un libro que tenía la traducción de un grupo de fans de internet. Encontré los instantes perfectos para comenzar mi lectura en mi tiempo libre durante mi taller de natación, entre el tiempo que yo tenía mi sesión y la de mi mamá habían por lo menos dos horas libres, así que yo iba y me refugiaba bajo algún arbolito a leer.
Nada de lo que me había pasado en la vida hasta ese momento fue tan fantástico como cuando empecé a pasar las páginas y todo un mundo que nunca había imaginado se empezó a construir frente a mis ojos. La piscina y la gente desaparecieron a mi alrededor. A veces escuchaba gente hablar con mi mamá cuando nos íbamos y decir que era increíble la rapidez con la que leía y lo quietecita que me quedaba. No me interesaba no entender un montón de cosas (era el primer libro de la saga que me leía) y que de repente en la traducción salieran notas como "Lo siento, no sé traducir la palabra que dice acá", aquel gordo libro en mis manos se volvió algo necesario e irremplazable. En poco más de una semana me lo había acabado y mi mamá encontró tan increíble que me lo hubiese leído en un lapso tan corto que no le tuve que rogar mucho para tener los tres primeros volúmenes en mis manos.
No cuesta mucho deducir que ahí se fue el resto de mi verano.
No sé cuántos libros me leí ese verano, pero aquel cambio fue tan drástico que jamás dudé al determinar cuándo mi hambre de libros se volvió algo más que disfrutar de los libros de mi colegio y sacarme puros 7 en las pruebas de literatura. Ese verano en particular es tan importante para mí por el simple hecho de que estableció los cimientos de quien soy ahora, generó el modo en que río, lloro, suspiro y sueño al leer, hizo que las letras fueran algo más que un medio para escribir ensayos en la universidad.
Mi corazón palpita en letras, mis ojos se pasan la mayoría del tiempo dentro de mi cabeza, explorando el sinfín de mundos que he explorado, los millones de vidas que he vivido con sólo voltear páginas. No hay imágenes más vívidas que las que he formado como interpretación de las palabras en mis historias.
Si la música es mi alma, los libros son lo que la atan a mi cuerpo y hacen que el mundo sea algo más que lo que pasan en las noticias. Un mundo que vale la pena vivir.
martes, enero 15, 2013
jueves, enero 10, 2013
Hasta lo más profundo del mar.
Caminar sobre la arena y sentir las burbujeantes caricias de la espuma, esa brisa cortante que te llena de sal las mejillas. Sentarte con un buen libro sobre las rodillas o sacar una cámara y fotografiar la vida mientras pasa. Sumergirte en el refugio del agua, los latidos de tu corazón tamborileando en tu cabeza como única compañía.
Remolinos que juegan con tu cabello y lo vuelven una flama de colores que baila a tu alrededor sin música alguna. Peces que se aventuran en la cercanía de aquellas extrañas criaturas que habitan las costas del mundo, que se atavían con atuendos tan curiosos (y, por qué no, ridículos la mayoría de las veces).
Tal vez vuelves a la playa, te recuestas bajo una sombrilla. Alguien te despierta de aquella siesta a media tarde con un beso húmedo y frío en el cuello. Curiosamente no es extraño, no sientes alarma.
Tal vez, ese mismo alguien te toma la mano y poco a poco te guía entre las olas. Te toma entre sus brazos y susurra palabras que dejan de tener sentido porque lo único que importa es su voz, lo único que importa es esa risa que pareciera estremecer cada parte de tu cuerpo. No tienes deseos de deshacer aquel abrazo, ¿verdad? Se sumergen, y no tienes miedo porque ahí está ese alguien besándote y dándote ese tan preciado oxígeno con cada caricia.
Con los ojos cerrados, te dejas llevar hasta un fondo que nunca parece llegar.
No habría mucha diferencia si miraras, porque todo es demasiado oscuro para una criatura de tierra firme como tú.
Remolinos que juegan con tu cabello y lo vuelven una flama de colores que baila a tu alrededor sin música alguna. Peces que se aventuran en la cercanía de aquellas extrañas criaturas que habitan las costas del mundo, que se atavían con atuendos tan curiosos (y, por qué no, ridículos la mayoría de las veces).
Tal vez vuelves a la playa, te recuestas bajo una sombrilla. Alguien te despierta de aquella siesta a media tarde con un beso húmedo y frío en el cuello. Curiosamente no es extraño, no sientes alarma.
Tal vez, ese mismo alguien te toma la mano y poco a poco te guía entre las olas. Te toma entre sus brazos y susurra palabras que dejan de tener sentido porque lo único que importa es su voz, lo único que importa es esa risa que pareciera estremecer cada parte de tu cuerpo. No tienes deseos de deshacer aquel abrazo, ¿verdad? Se sumergen, y no tienes miedo porque ahí está ese alguien besándote y dándote ese tan preciado oxígeno con cada caricia.
Con los ojos cerrados, te dejas llevar hasta un fondo que nunca parece llegar.
No habría mucha diferencia si miraras, porque todo es demasiado oscuro para una criatura de tierra firme como tú.
martes, diciembre 11, 2012
Inspiración villancística.
Era un cambio curioso.
No sabía qué le descolocaba más, si la sensación de tener que estar viviendo otra hora del día y ver todo oscuro o el hecho de que hubiera nieve agolpándose en cada ventana; quizás era aún más rara la compañía, pero no quería pensar en aquello. Tratando de asegurarse de la realidad de su situación, decidió aferrarse con más fuerza a su tazón de chocolate caliente. La persona sentada frente a ella alzó las cejas con aire divertido, sus pecas doradas brillando con el danzar del fuego en la chimenea.
—Deberías aprovechar el tiempo en algo más productivo que el preguntarte si en verdad estás aquí —le dijo. Sólo en ese momento se dio cuenta de cuánto había extrañado aquella pizca traviesa que siempre adornaba sus palabras.
—Perdona si no estoy saltando de felicidad, señorita "aprovecha el tiempo", creí que había dejado de lado estas cosas, ¿sabes? —suspiró con el ceño fruncido y decidió que tal vez sería más digno mirar el fuego en lugar de aquellos ojos verdes que parecían leer cada rincón de su alma—. Tú por tu lado, yo por el mío... Creo que las cosas son menos complicadas de ese modo.
—Oh, lo son. Nunca he dicho que las cosas sean más sencillas cuando nosotros estamos involucrados. Pero comúnmente las cosas complicadas son las que separan una vida común de una remarcable. Y yo sé que tú no quieres una vida común.
—Tal vez ahora la quiera —respondió en un murmullo atropellado, sintiendo la necesidad de defenderse de aquellas palabras acusadoras.
Por el rabillo del ojo pudo ver como la otra persona sonreía. Una parte de ella tuvo que resistir las ganas de empaparle la cara con lo que quedaba del chocolate. Sería lindo, se dijo, combinaría bien con su nuevo color de pelo.
—¿Tú? —dijo la chica—. ¿Estamos hablando de la misma persona? Podrás tratar de convencerte de muchas cosas ahora, Astérie, pero esa definitivamente ni siquiera podrías creértela tú.
—No trates de darme ese tipo de sermones. ¿Estoy hablando yo con la misma persona? ¡Mírate! —se puso de pie y la señaló, airada—. Si tienes los mismos ojos no creo que sea más que coincidencia.
En lugar de sentirse intimidada por sus reclamos, la otra muchacha se puso de pie también; su cabello rojo parecía cambiar de tonalidad en la penumbra del fuego. Su nueva altura era imponente, pero su acompañante no retrocedió ni un centímetro. Si algo le quedaba de todos los años de conocerla, a pesar de los acontecimiento ocurridos en el último tiempo, era el tener las agallas para hacerle frente.
—¿Es eso lo que te molesta? ¿Que me vea distinta? —la luz del fuego parpadeó por un instante, al siguiente ya no estaba frente a ella la esbelta pelirroja, sino el rostro familiar de su amiga de la infancia. Ni siquiera mostró sorpresa debido al enfado que le invadía en aquel momento—. ¿Esto quieres? O quizás te sientas más cómoda si ni siquiera me puedes reconocer.
La habitación se oscureció una vez más. Cuando la luz volvió, se encontró frente a un hombre de su edad, el rostro contraído con furia de la misma forma que la chica que antes había ocupado su lugar. Dio un paso hacia atrás, confudida.
Algo debió haber tenido su rostro, porque la expresión del muchacho se suavizó al verle. Mientras le miraba, una especie de regocijo le invadió al darse cuenta que los ojos del chico conservaban el verde carácterístico de los ojos de su amiga.
—Lo siento —le escuchó decir. Pudo notar por la forma en que se movía sus intenciones de acercarse. Rápidamente alzó una mano, impidiéndole dar cualquier paso.
El silencio era tan intenso que hasta daba la impresión de que el fuego había dejado de crepitar.
—Eres rara —dijo después de unos instantes. La chica —ahora chico— frente a ella le observó con genuina sorpresa—. O raro, ya no sé... ¿Era realmente necesario esto?
El joven se revolvió incómodo, luego le frunció el ceño como si todo fuera culpa de ella; aquello le hizo sonreír un poco, como en los viejos tiempos.
—Se supone que los ángeles somos asexuados, así que no importa realmente la forma que tome. Y sabes que me gusta ser dramático.
Esperó un momento, tratando de ver si así los últimos segundos de su vida tenían algo de sentido. Al ver que no, se cubrió la cara con las manos, volvió a sentarse y rompió a reír —aunque, tal vez, sería más adecuado decir que aquello era una especie de risa/llanto nervioso que de humor no tenía mucho—.
—Astérie... —susurró el muchacho, tan suave como se le hablaría a un animal asustado. Por el espacio entre sus dedos, pudo ver que se acercaba lentamente hacia ella. Cerró los ojos con fuerza, como si esperara que con eso él —o ella; cielo santo, estúpido ángel— dejara de avanzar.
Cuando volvió a mirar, el mismo par de ojos verdes le devolvían la mirada, sin embargo, esta vez el rostro era conocido. Suspiró con genuino alivio e intentó componer la expresión más indignada que podía en aquellas condiciones.
—Si vuelves a hacer algo así —dijo, su voz temblorosa—, juro que no vuelvo a hablarte nunca más. Nunca más.
El ángel le sonrió con aquella sonrisa apenada que ella conocía tan bien. Por alguna razón, ese simple gesto le hizo reír; se acomodó en su asiento y se secó el par de lágrimas solitarias que habían escapado de sus ojos.
—Ya, perdón... —dijo la chica, acercándole otra vez la taza de chocolate —ya frío, a estas alturas— en un intento de ser amable—. Asusta lo fácil que puedes sacarme de mis casillas, pensé que con el tiempo eso iba a cambiar.
—Por favor, ¿crees que voy a dejar de hacer enfadar a mi mejor amiga así como así? Me da absolutamente igual que seas un ángel, eso no cambia nada.
Los ojos verdes de la muchacha resplandecieron con sorna mientras resoplaba.
—No te conocería como te conozco si no esperara eso de ti, tonta.
Rió flojamente y miró la nieve caer por la ventana. Todo esto le agotaba de una manera que no creía posible; los ángeles por todos lados —y que, así como iban, nunca la dejarían en paz—, los amigos que no eran amigos y las personas que nunca existieron... Ella creía que era suficiente para un buen par de vidas, el hecho de tener que lidiar con todo sola (pues finalmente, por mucho que ese ángel en particular estuviera ahí, no era mucho lo que podían hablar debido a las circunstancias) era todavía más triste. ¿Se arrepentía de haber buscando tanto a los ángeles? Probablemente no, pero de todas formas estaba muy cansada. A veces se preguntaba si no podía ser un ángel ella también para que le arrancaran el corazón y que todo esto pudiera dejar de importarle.
—Quiero que me cantes un villancico —pidió el ángel. Astérie no se había dado cuenta de todo el tiempo que habían pasado en silencio.
—¿Un villancico? Ni siquiera es navidad aún...
—Lo más probable es que tengamos sólo este momento. Por favor, cántame un villancico. El piano está ahí para ti, sé que has mejorado tocándolo.
—Preferiría una guitarra —dijo—, los villancicos suenan más personales de esa manera. ¿Cuál quieres que te cante?
—Tu favorito, el de los ángeles. Me gusta como cantas el "Gloria in excelsis Deo", pareces un ángel tú también.
Tomó una guitarra y rió un poco, luego rodó los ojos mientras afinaba las cuerdas. Por supuesto que quería que cantara ese.
—Eres rara, muy rara. Si vuelvo a visitarte será solamente por Abbey Road.
Los acordes se hicieron familiares en sus manos, el mundo desapareció y sólo fue consciente del sonido de su voz haciendo armonía con las notas. Por el más breve de los momentos pudo hacerse creer que aquella era sólo una navidad más en la vieja casa en medio del campo, que no todo estaba demolido y que la vida era mucho más sencilla; que los ángeles sólo estaban en sus libros y sus figuritas y que su corazón estaba aún medianamente utilizable. En aquel momento, ella aún estaba esperando por aquella persona que vendría y haría de su vida una aventura, sin destruír sus esperanzas de paso.
No sabía qué le descolocaba más, si la sensación de tener que estar viviendo otra hora del día y ver todo oscuro o el hecho de que hubiera nieve agolpándose en cada ventana; quizás era aún más rara la compañía, pero no quería pensar en aquello. Tratando de asegurarse de la realidad de su situación, decidió aferrarse con más fuerza a su tazón de chocolate caliente. La persona sentada frente a ella alzó las cejas con aire divertido, sus pecas doradas brillando con el danzar del fuego en la chimenea.
—Deberías aprovechar el tiempo en algo más productivo que el preguntarte si en verdad estás aquí —le dijo. Sólo en ese momento se dio cuenta de cuánto había extrañado aquella pizca traviesa que siempre adornaba sus palabras.
—Perdona si no estoy saltando de felicidad, señorita "aprovecha el tiempo", creí que había dejado de lado estas cosas, ¿sabes? —suspiró con el ceño fruncido y decidió que tal vez sería más digno mirar el fuego en lugar de aquellos ojos verdes que parecían leer cada rincón de su alma—. Tú por tu lado, yo por el mío... Creo que las cosas son menos complicadas de ese modo.
—Oh, lo son. Nunca he dicho que las cosas sean más sencillas cuando nosotros estamos involucrados. Pero comúnmente las cosas complicadas son las que separan una vida común de una remarcable. Y yo sé que tú no quieres una vida común.
—Tal vez ahora la quiera —respondió en un murmullo atropellado, sintiendo la necesidad de defenderse de aquellas palabras acusadoras.
Por el rabillo del ojo pudo ver como la otra persona sonreía. Una parte de ella tuvo que resistir las ganas de empaparle la cara con lo que quedaba del chocolate. Sería lindo, se dijo, combinaría bien con su nuevo color de pelo.
—¿Tú? —dijo la chica—. ¿Estamos hablando de la misma persona? Podrás tratar de convencerte de muchas cosas ahora, Astérie, pero esa definitivamente ni siquiera podrías creértela tú.
—No trates de darme ese tipo de sermones. ¿Estoy hablando yo con la misma persona? ¡Mírate! —se puso de pie y la señaló, airada—. Si tienes los mismos ojos no creo que sea más que coincidencia.
En lugar de sentirse intimidada por sus reclamos, la otra muchacha se puso de pie también; su cabello rojo parecía cambiar de tonalidad en la penumbra del fuego. Su nueva altura era imponente, pero su acompañante no retrocedió ni un centímetro. Si algo le quedaba de todos los años de conocerla, a pesar de los acontecimiento ocurridos en el último tiempo, era el tener las agallas para hacerle frente.
—¿Es eso lo que te molesta? ¿Que me vea distinta? —la luz del fuego parpadeó por un instante, al siguiente ya no estaba frente a ella la esbelta pelirroja, sino el rostro familiar de su amiga de la infancia. Ni siquiera mostró sorpresa debido al enfado que le invadía en aquel momento—. ¿Esto quieres? O quizás te sientas más cómoda si ni siquiera me puedes reconocer.
La habitación se oscureció una vez más. Cuando la luz volvió, se encontró frente a un hombre de su edad, el rostro contraído con furia de la misma forma que la chica que antes había ocupado su lugar. Dio un paso hacia atrás, confudida.
Algo debió haber tenido su rostro, porque la expresión del muchacho se suavizó al verle. Mientras le miraba, una especie de regocijo le invadió al darse cuenta que los ojos del chico conservaban el verde carácterístico de los ojos de su amiga.
—Lo siento —le escuchó decir. Pudo notar por la forma en que se movía sus intenciones de acercarse. Rápidamente alzó una mano, impidiéndole dar cualquier paso.
El silencio era tan intenso que hasta daba la impresión de que el fuego había dejado de crepitar.
—Eres rara —dijo después de unos instantes. La chica —ahora chico— frente a ella le observó con genuina sorpresa—. O raro, ya no sé... ¿Era realmente necesario esto?
El joven se revolvió incómodo, luego le frunció el ceño como si todo fuera culpa de ella; aquello le hizo sonreír un poco, como en los viejos tiempos.
—Se supone que los ángeles somos asexuados, así que no importa realmente la forma que tome. Y sabes que me gusta ser dramático.
Esperó un momento, tratando de ver si así los últimos segundos de su vida tenían algo de sentido. Al ver que no, se cubrió la cara con las manos, volvió a sentarse y rompió a reír —aunque, tal vez, sería más adecuado decir que aquello era una especie de risa/llanto nervioso que de humor no tenía mucho—.
—Astérie... —susurró el muchacho, tan suave como se le hablaría a un animal asustado. Por el espacio entre sus dedos, pudo ver que se acercaba lentamente hacia ella. Cerró los ojos con fuerza, como si esperara que con eso él —o ella; cielo santo, estúpido ángel— dejara de avanzar.
Cuando volvió a mirar, el mismo par de ojos verdes le devolvían la mirada, sin embargo, esta vez el rostro era conocido. Suspiró con genuino alivio e intentó componer la expresión más indignada que podía en aquellas condiciones.
—Si vuelves a hacer algo así —dijo, su voz temblorosa—, juro que no vuelvo a hablarte nunca más. Nunca más.
El ángel le sonrió con aquella sonrisa apenada que ella conocía tan bien. Por alguna razón, ese simple gesto le hizo reír; se acomodó en su asiento y se secó el par de lágrimas solitarias que habían escapado de sus ojos.
—Ya, perdón... —dijo la chica, acercándole otra vez la taza de chocolate —ya frío, a estas alturas— en un intento de ser amable—. Asusta lo fácil que puedes sacarme de mis casillas, pensé que con el tiempo eso iba a cambiar.
—Por favor, ¿crees que voy a dejar de hacer enfadar a mi mejor amiga así como así? Me da absolutamente igual que seas un ángel, eso no cambia nada.
Los ojos verdes de la muchacha resplandecieron con sorna mientras resoplaba.
—No te conocería como te conozco si no esperara eso de ti, tonta.
Rió flojamente y miró la nieve caer por la ventana. Todo esto le agotaba de una manera que no creía posible; los ángeles por todos lados —y que, así como iban, nunca la dejarían en paz—, los amigos que no eran amigos y las personas que nunca existieron... Ella creía que era suficiente para un buen par de vidas, el hecho de tener que lidiar con todo sola (pues finalmente, por mucho que ese ángel en particular estuviera ahí, no era mucho lo que podían hablar debido a las circunstancias) era todavía más triste. ¿Se arrepentía de haber buscando tanto a los ángeles? Probablemente no, pero de todas formas estaba muy cansada. A veces se preguntaba si no podía ser un ángel ella también para que le arrancaran el corazón y que todo esto pudiera dejar de importarle.
—Quiero que me cantes un villancico —pidió el ángel. Astérie no se había dado cuenta de todo el tiempo que habían pasado en silencio.
—¿Un villancico? Ni siquiera es navidad aún...
—Lo más probable es que tengamos sólo este momento. Por favor, cántame un villancico. El piano está ahí para ti, sé que has mejorado tocándolo.
—Preferiría una guitarra —dijo—, los villancicos suenan más personales de esa manera. ¿Cuál quieres que te cante?
—Tu favorito, el de los ángeles. Me gusta como cantas el "Gloria in excelsis Deo", pareces un ángel tú también.
Tomó una guitarra y rió un poco, luego rodó los ojos mientras afinaba las cuerdas. Por supuesto que quería que cantara ese.
—Eres rara, muy rara. Si vuelvo a visitarte será solamente por Abbey Road.
Los acordes se hicieron familiares en sus manos, el mundo desapareció y sólo fue consciente del sonido de su voz haciendo armonía con las notas. Por el más breve de los momentos pudo hacerse creer que aquella era sólo una navidad más en la vieja casa en medio del campo, que no todo estaba demolido y que la vida era mucho más sencilla; que los ángeles sólo estaban en sus libros y sus figuritas y que su corazón estaba aún medianamente utilizable. En aquel momento, ella aún estaba esperando por aquella persona que vendría y haría de su vida una aventura, sin destruír sus esperanzas de paso.
lunes, noviembre 26, 2012
Un dato random acerca de mí
Me he dado cuenta que puedo estar triste as fuck, con todo el angst y lágrimas que eso conlleva, hasta con el rant de rigor de cómo la vida apesta y todas esas cosas. Pero nunca, nunca, he dudado ni por un segundo de lo cool que soy.
Usualmente recuerdo después a los losers que me tienen envidia porque soy mejor que ellos. |D
Sano amor propio.
Usualmente recuerdo después a los losers que me tienen envidia porque soy mejor que ellos. |D
Sano amor propio.
jueves, noviembre 15, 2012
martes, noviembre 13, 2012
miércoles, octubre 17, 2012
Una sonrisa.
Para cualquiera que vea este escrito. Después de todo, están algo escasas últimamente. ♥
miércoles, octubre 10, 2012
domingo, septiembre 30, 2012
domingo, septiembre 23, 2012
¡Yay!
Estoy contentita porque llevo tres noches seguidas soñando con ese tipo de cosas genialosas que te llenan de inspiración para escribir e imaginar y cantar y toooooooooooooodo eso.
lunes, septiembre 10, 2012
Su único compañero de danza.
Entró y barrió el lugar con la mirada de inmediato, buscándole casi de manera automática. Un recuerdo demasiado flojo para aparecer conscientemente en su memoria, ni siquiera lo suficientemente intenso para que ella se diera cuenta de que estaba ahí. Saluda, sonríe, camina; repetir las veces que sean necesarias.
Como siempre, él apareció casi al final y le premió con una sonrisa divertida que ella consideraba de su propiedad. Avanzó hacia él y se abrazaron con una naturalidad inquietante, las cosas fluían demasiado sencillamente entre ellos sin importar el tiempo que estuvieran separados, ambos conscientes de haber compartido algo más que una amistad alguna vez, y ambos obviándolo descaradamente.
Hermanos. Confidentes.
Ella le arquea la ceja con un descaro que sólo parece brotar cuando se trata de él; por supuesto, el muchacho le sigue el juego con tranquilidad. Permanecen cerca, hablan un momento, va más allá de la comprensión cuando se hallan nariz con nariz. Tienen mucho cuidado de que los labios no se toquen en ningún momento. Ambos son conscientes de que son sólo amigos, que sólo es un juego.
Es gracioso, porque cualquiera creería que se gustan, que el juego es una mentira que ambos han creado. ¡Pero, no! De verdad es un juego, es gracioso que nadie pueda creerlo. Lo de ellos es historia vieja.
Rozan ambas narices un momento, luego ella le da un empujón.
Probablemente no vuelvan a verse en mucho tiempo, pero las cosas seguirán fluyendo con la misma naturalidad cuando se encuentren otra vez.
Ella espera recibir uno de sus exquisitos besos en la frente.
Un sueño que tuve anoche y que me inspiró para escribir.
Como siempre, él apareció casi al final y le premió con una sonrisa divertida que ella consideraba de su propiedad. Avanzó hacia él y se abrazaron con una naturalidad inquietante, las cosas fluían demasiado sencillamente entre ellos sin importar el tiempo que estuvieran separados, ambos conscientes de haber compartido algo más que una amistad alguna vez, y ambos obviándolo descaradamente.
Hermanos. Confidentes.
Ella le arquea la ceja con un descaro que sólo parece brotar cuando se trata de él; por supuesto, el muchacho le sigue el juego con tranquilidad. Permanecen cerca, hablan un momento, va más allá de la comprensión cuando se hallan nariz con nariz. Tienen mucho cuidado de que los labios no se toquen en ningún momento. Ambos son conscientes de que son sólo amigos, que sólo es un juego.
Es gracioso, porque cualquiera creería que se gustan, que el juego es una mentira que ambos han creado. ¡Pero, no! De verdad es un juego, es gracioso que nadie pueda creerlo. Lo de ellos es historia vieja.
Rozan ambas narices un momento, luego ella le da un empujón.
Probablemente no vuelvan a verse en mucho tiempo, pero las cosas seguirán fluyendo con la misma naturalidad cuando se encuentren otra vez.
Ella espera recibir uno de sus exquisitos besos en la frente.
Un sueño que tuve anoche y que me inspiró para escribir.
viernes, septiembre 07, 2012
Tragicómico.
Querido blog:
Seré sincera y no me contendré como suelo hacerlo a pesar de ser éste el lugar donde suelo ser más honesta conmigo misma. Supongo que es normal en mí que nunca me sincere completamente con nada o nadie; por eso nunca escribí más de dos entradas seguidas en mis diarios de vida.
Hace mucho que no lloraba de verdadero dolor, ¿sabes? Hoy, a casi tres meses del evento, me di el tiempo de ponerme a conversar conmigo misma en retrospectiva. Y admití que tengo el corazón terriblemente roto. Lloré, lloré, lloré y lloré. Me aovillé, me tapé la cara y sentí como me temblaba todo el cuerpo; no pude hacer nada más que esperar a que los sollozos me dejaran tranquila. Me convencí de que sería bueno escribirlo.
Es triste, pero parece que la inspiración me viene sólo con la alegría o el dolor del corazón.
¿Soy una soñadora irremediable, blog? ¿Sirvo para un mundo que de lo que yo sueño no tiene mucho? Por favor, no pienses que soy una malagradecida. Tengo techo, comida, educación, salud y una familia y amigos que sé que me adoran. Y ese es mi problema. No me basta, no me es suficiente con la normalidad. Allí en lo más profundo de mi corazón, todo mi mundo gira en el deseo de no sólo pasar por esta vida, de tener una historia de amor digna de todos los libros melosos que me he leído, de tener una aventura que pueda plasmar yo misma. Que me escriban una canción donde yo sea la chica de verano —o de invierno, o de primavera, no me importa—, que se tomen fotos tontas conmigo sólo porque se me ocurrió tener una cámara vieja con rollo, que jueguen con mi pelo y que me digan una y mil cosa bonitas.
Si comienzo a hilar otra vez pensamientos de manera aleatoria, puedo decir también que lo peor de todo es haberlo tenido y que no haya sido más que, al final, leer otro libro. Porque no puedo decir que fue mi historia, y si lo fue, fue para ser escrita como resumen y no para seguirla escribiendo hasta el día en que me cremen y tiren mis cenizas en un bosque bonito.
¿Lo peor? Me pasa por ser tonta. Tonta, tonta, tonta. O ingénua, qué se yo. Desearlo tanto que, a pesar de lo increíble que pueda parecer todo, cierras tus ojos, tomas un profundo respiro y te dices 'No importa, ¡puede pasar! Y si no, lo disfrutaré mientras dure'. El problema no es tanto algo como perderlo y recordarlo, sino el nunca haberlo tenido y aún así recordarlo. Como que te hayan inventado algo.
Lo más tragicómico (y es que no tengo remedio), es que toda esta perorata nació por estar —de nuevo— llenándome de emociones por historias que no son mías y nunca lo serán.
Seré sincera y no me contendré como suelo hacerlo a pesar de ser éste el lugar donde suelo ser más honesta conmigo misma. Supongo que es normal en mí que nunca me sincere completamente con nada o nadie; por eso nunca escribí más de dos entradas seguidas en mis diarios de vida.
Hace mucho que no lloraba de verdadero dolor, ¿sabes? Hoy, a casi tres meses del evento, me di el tiempo de ponerme a conversar conmigo misma en retrospectiva. Y admití que tengo el corazón terriblemente roto. Lloré, lloré, lloré y lloré. Me aovillé, me tapé la cara y sentí como me temblaba todo el cuerpo; no pude hacer nada más que esperar a que los sollozos me dejaran tranquila. Me convencí de que sería bueno escribirlo.
Es triste, pero parece que la inspiración me viene sólo con la alegría o el dolor del corazón.
¿Soy una soñadora irremediable, blog? ¿Sirvo para un mundo que de lo que yo sueño no tiene mucho? Por favor, no pienses que soy una malagradecida. Tengo techo, comida, educación, salud y una familia y amigos que sé que me adoran. Y ese es mi problema. No me basta, no me es suficiente con la normalidad. Allí en lo más profundo de mi corazón, todo mi mundo gira en el deseo de no sólo pasar por esta vida, de tener una historia de amor digna de todos los libros melosos que me he leído, de tener una aventura que pueda plasmar yo misma. Que me escriban una canción donde yo sea la chica de verano —o de invierno, o de primavera, no me importa—, que se tomen fotos tontas conmigo sólo porque se me ocurrió tener una cámara vieja con rollo, que jueguen con mi pelo y que me digan una y mil cosa bonitas.
Si comienzo a hilar otra vez pensamientos de manera aleatoria, puedo decir también que lo peor de todo es haberlo tenido y que no haya sido más que, al final, leer otro libro. Porque no puedo decir que fue mi historia, y si lo fue, fue para ser escrita como resumen y no para seguirla escribiendo hasta el día en que me cremen y tiren mis cenizas en un bosque bonito.
¿Lo peor? Me pasa por ser tonta. Tonta, tonta, tonta. O ingénua, qué se yo. Desearlo tanto que, a pesar de lo increíble que pueda parecer todo, cierras tus ojos, tomas un profundo respiro y te dices 'No importa, ¡puede pasar! Y si no, lo disfrutaré mientras dure'. El problema no es tanto algo como perderlo y recordarlo, sino el nunca haberlo tenido y aún así recordarlo. Como que te hayan inventado algo.
Lo más tragicómico (y es que no tengo remedio), es que toda esta perorata nació por estar —de nuevo— llenándome de emociones por historias que no son mías y nunca lo serán.
viernes, agosto 24, 2012
lunes, agosto 06, 2012
Abandónenme, recuerdos.
¿Alguna vez haz sentido de esos vacíos feos en el estómago cuando algo sucede? ¿Te ha pasado dos veces en menos de veinticuatro horas?
Bueno, si no, no te lo deseo.
Bueno, si no, no te lo deseo.
lunes, junio 25, 2012
Con nada más que un "¡Puff!"
... Ella comenzó a pensar en sirenas, mar, bosques y tiempo; en viajes alrededor del mundo y susurros en el viento que le asegurarían que nunca estaría sola; en vistazos de mechones de pelo medio rojo dando vuelta en una esquina y desapareciendo cuando efocara la mirada; en vida; en muerte; en tristeza y soledad; en puntos y comas que son demasiado gentiles para ponerle un final a las cosas; en ella.
En ella.
En lazos que trascienden la barrera que hay entre un mundo y otro.
En ella.
En lazos que trascienden la barrera que hay entre un mundo y otro.
domingo, abril 15, 2012
martes, abril 10, 2012
lunes, marzo 12, 2012
domingo, febrero 26, 2012
domingo, febrero 12, 2012
domingo, febrero 05, 2012
sábado, febrero 04, 2012
Cosas.
Ojalá hubiera un nombre para la fobia a las personas que se hacen pasar por otras personas y que no lo dicen.
martes, enero 31, 2012
♪
Una de las cosas que más extrañaba era tocar música. Sin tiempo para mí apenas había tenido tiempo siquiera de tararear una cancioncilla, ni hablar de la guitarra.
Pero hoy tuve un antojo especial.
Imprimí un par de partituras, cargué las pilas de mi teclado —digno de mi suerte, el transformador murió—, bajé mi atril al primer piso y me puse en labor. Creo que hay pocas cosas que me abrigan tanto el corazón como ver nacer una canción bajo mis dedos. No seré una Beethoven, pero nunca toco las teclas de un piano porque sí, siempre le pongo amor especial porque la sensación de sacarle una sonrisa a alguien (aunque sea, a veces, sólo a mí misma porque así lo quiero) con lo que suena no tiene precio, y es un regalo que aprecio demasiado.
Lo mejor es saber que así como siento que mis manos se ponen ansiosas cuando toco un piano, también puedo sentir la felicidad de las teclas que me dan la bienvenida de vuelta, como si el tiempo no hubiera pasado.
Pero hoy tuve un antojo especial.
Imprimí un par de partituras, cargué las pilas de mi teclado —digno de mi suerte, el transformador murió—, bajé mi atril al primer piso y me puse en labor. Creo que hay pocas cosas que me abrigan tanto el corazón como ver nacer una canción bajo mis dedos. No seré una Beethoven, pero nunca toco las teclas de un piano porque sí, siempre le pongo amor especial porque la sensación de sacarle una sonrisa a alguien (aunque sea, a veces, sólo a mí misma porque así lo quiero) con lo que suena no tiene precio, y es un regalo que aprecio demasiado.
Lo mejor es saber que así como siento que mis manos se ponen ansiosas cuando toco un piano, también puedo sentir la felicidad de las teclas que me dan la bienvenida de vuelta, como si el tiempo no hubiera pasado.
miércoles, enero 04, 2012
Ma valse.
martes, enero 03, 2012
Amigos.
Sin razón especial, a veces a uno le dan ganas de agradecer con el alma pequeñas cosas de la vida. Cosas que siempre están ahí y que, tal vez por la rapidez de las horas o por el mismo despiste del que uno es víctima con la vorágine de los tiempos, no les damos la suficiente importancia; me da la impresión de que no nos preguntamos lo suficiente qué sería de nuestra vida si esas cositas no estuvieran ahí.
O, bueno, siempre puede ser sólo una más de mis cavilaciones mentales. No es secreto que mi cabeza no funciona bien, en el más tragicómico de los sentidos.
Ayer, como un regalo del cielo, o nada más como un recordatorio de lo bonita que mi vida es, me vi sin planearlo rodeada de amigos. Lo curioso de esto es que mis amigos son los mejores del mundo, es como si alguna mano invisible me los pusiera en el camino, ahuyentando a los que no tienen valor suficiente para adoptar la palabra amigo como un vínculo que los relacione conmigo. Son de esa clase de personas que se dan el tiempo de darte aunque sea una palabrita (lo curioso, es que esas palabritas pueden significar un mundo en su sencillez, y eso es lo que las hace tan grandiosas y a mis amigos tan valiosos), yo supongo que ni siquiera con la intención de decirte 'Oye, estoy aquí', sino por el simple hecho de que les nace como algo natural, ¿no es bonito aquello? ¡De las más curiosas y variadas formas! Y lo interesante es que cada una puede adaptarse a mí como un guante sin el más mínimo esfuerzo. Porque sí.
En fin. Gracias, amigos. <3
O, bueno, siempre puede ser sólo una más de mis cavilaciones mentales. No es secreto que mi cabeza no funciona bien, en el más tragicómico de los sentidos.
Ayer, como un regalo del cielo, o nada más como un recordatorio de lo bonita que mi vida es, me vi sin planearlo rodeada de amigos. Lo curioso de esto es que mis amigos son los mejores del mundo, es como si alguna mano invisible me los pusiera en el camino, ahuyentando a los que no tienen valor suficiente para adoptar la palabra amigo como un vínculo que los relacione conmigo. Son de esa clase de personas que se dan el tiempo de darte aunque sea una palabrita (lo curioso, es que esas palabritas pueden significar un mundo en su sencillez, y eso es lo que las hace tan grandiosas y a mis amigos tan valiosos), yo supongo que ni siquiera con la intención de decirte 'Oye, estoy aquí', sino por el simple hecho de que les nace como algo natural, ¿no es bonito aquello? ¡De las más curiosas y variadas formas! Y lo interesante es que cada una puede adaptarse a mí como un guante sin el más mínimo esfuerzo. Porque sí.
En fin. Gracias, amigos. <3
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