¿Qué será eso que te hace venir a mí?
Me pregunto y me pregunto y me pregunto.
Y el eco de mis preguntas se lo lleva el atardecer. Yo miro los colores.
¡Ah…! Ya entendí.
(Creo).
¿Qué será eso que te hace venir a mí?
Me pregunto y me pregunto y me pregunto.
Y el eco de mis preguntas se lo lleva el atardecer. Yo miro los colores.
¡Ah…! Ya entendí.
(Creo).
Estamos en esa época del año donde oscurece más temprano, hay atardeceres bonitos y las nubes me saludan y se van durante el día.
Todo corre rápido, rápido, y los recuerdos se arremolinan y se apelotonan, uno encima del otro en nudos extraños que no sé por dónde comenzar a desenmarañar.
Los días son cortitos, hasta aquellos que deseo duraran para siempre. Con danza, risas, paseos en bici, con paseos lentos por las calles mientras tarareo canciones que me despiertan la nostalgia.
La nostalgia es bonita, como mis fotos en 35mm. Con el rollo vencido, pero esa sensación de ensueño y granulosa que sólo puede dar lo análogo. Siempre pienso que si me viera desde atrás, me daría esa curiosidad que tienen los niños por esas vidas que se ven interesantes.
El otro día, una estudiante me dijo Maestra Miel. Se me había olvidado que ese es el punto de todo.
El fin de semana toqué pastito, hice un picnic, sentí abrazos largos y apretados de amistad. Dormí en una habitación llena de risas y amigas que me dicen "Catita" y me escuchan tanto, tanto.
Hoy probé por primera vez una manzana del árbol del John. Dulce, dulce. Creo que me preparó el estómago.
Nunca diré de qué es la guerra porque debo ganarla, y esto es una cosa de mucha estrategia, al parecer. Ha durado más de lo que creí, y hoy pensé que la perdería, pero la vida da sorpresas.
(Miro el fanart que me regalaron. El segundo, además. Soy como el meme del tipo que mira un cuadro por cinco horas).
Me acuerdo de que he cantado, de que he viajado. El viento frío en la cara te da vida.
Hay cosas que no sabes, ya; supongo que hay cosas que no sé, también. ¿Febrero es una derrota?
Hay guerras peores que perder. No me olvido. (No tengo memoria selectiva).
Los días se vuelven más frios —por fin—, y yo visito viejos amigos.
El otro día escuchaba canciones sobre quemar todo y dejar cenizas, sobre rendirse como equivalente a coraje y sólo me reí y dije "Ah, la comprensión lectora está muerta". ¿De qué sirven libros y libros si no hay pensamiento crítico detrás?
Cuánto será performativo, al final. Estás grandes muestras de 'no me importa' que se caen a pedazos sin que yo tenga que soplar siquiera, cuando los fantasmas deambulan tan cerca, tan en mis narices, que hasta yo me pregunto qué es lo que pretenden encontrar en estas tierras.
Yo no huyo de los fantasmas. Los saludo, los respeto, les invito a visitarme aunque no vuelvan. Los fantasmas pertenecen a estos lugares igual que yo, y quemarlos sería, sobre todo, una falta de respeto a mí misma.
Los fantasmas no se pueden quemar.
En estas fechas llenas de fantasmas los oigo deambular en mi propia cabeza, no sé si visitarán ya, y no lo quiero averiguar tampoco. Dejo estos espacios como un ático por el que paseo de vez en cuando reacomodando cosas. Pero principalmente hago nuevas memorias y converso con los vivos.
Los fantasmas me acechan cuando miro un puntito en el mapa y escribo una letra "c" en pixeles, pero no lo continúo, y me voy a pensar en besos y cadenas rotas, en almas gemelas que duermen juntas a pesar del miedo de volver a amar. En el último mes, he pensado en todas esas señales que se me pasaron. Con el tiempo libre después de mi operación, he armado nuevas cosas, memorias lindas. He dibujado un montón.
En el cielo está ese otro fantasma que atormenta a mi retoño, ese nacido bajo las estrellas de la doncella.
Pero está bien, le digo. Pasará, y serás feliz.
Me siento un poco desconcentrada para escribir.
Bueno. Eso de lado, el otro día me atacó la nostalgia. Creo que soy un bicho medio olvidadizo, y me dejo arrastrar fácilmente por las garras de los buenos recuerdos; me pierdo en ellos, y una vez las cosas me dejan de dar pena, es como si tuviera feed eterno de serotonina en el pasado.
Así me encontré, el otro día; sorprendida por la ausencia de tristeza, de enojo.
No soy tonta, eso sí. Sé cuál es la función de la pena y el enojo: No olvidar, aprender. Evitar situaciones similares o afrontar con más cautela la siguiente vez. Le comentaba a mí psicólogo que quizás por eso no me he transformado en un ser sin esperanzas, un adulto fome; quizás tengo muy mala memoria.
Pero tengo buena estrella, o eso creo yo, al menos. El otro día me agarraron las garras de la nostalgia y acabé siendo arrastrada de vuelta, un cometa brillando en el cielo, gentil y hermoso.
Siento yo que me dijo, sin regañarme, que hay cosas mejores en el presente y ahí tengo que fijar la vista.
Las hojas arremolinándose a ras de suelo.
El viento en la cara. Frío, frío.
Mis dedos rozando las flores (amarillas, rosadas, lilas) mientras voy en bicicleta.
Un atardecer bonito, de colores y colores en el cielo. De nubes tornasol, de naranjas que me regalan porque tengo ángel.
Llego a mi casa y sonrío.
Más que nada, admiro mi propia capacidad de siempre lanzarme al vacío a pesar del susto. No siempre sale bien, pero lanzarse siempre es mejor que la inacción.
No iba a escribir nada hasta mañana, pero la vida funciona de maneras curiosas siempre, ya debería saber.
En mi hiperfijación de todos los años, me pasé el fin de semana santo escuchando Jesucristo Superstar. Pensar que en algún punto de mi vida audicioné como coro en ese musical porque me daba pánico cantar sola. Quién lo diría.
La cosa es que el viernes interpreté todo el musical en el living de mi casa y el sábado decidí hacer la repetición mientras viajaba en metro a la costa. Y para amenizarlo, decidí irme leyendo la página de Wikipedia del Jesús histórico, sólo por curiosidad.
Cronológicamente, llegué al Sermón del Monte y me di cuenta que no me acordaba de las Bienaventuranzas, así que las leí. Bienaventurados los que lloran, decía, bienaventurados los con sangre y sed de justicia.
A mí el Jesús histórico me cae super, creo que más gente debería darse cuenta que su mensaje es de puro amor. Me he alejado mucho del dogma católico, pero el mensaje de este hombre de hace dos mil años atrás todavía resuena en mí. Aún le tengo cariño a él y los ángeles.
Los ángeles…
La cosa es que tuve la brillante idea de contarle lo que iba leyendo a mi hermana, mientras viajábamos. Sentado junto a nosotros iba un tipo que decidió abrir la boca. Un cristiano.
Me dio risa y un poco de lástima, porque no sabía en lo que se estaba metiendo. Claramente, no pude terminar de escuchar el musical, pero hablé del amor y la búsqueda de justicia, de cómo no creía en un Dios castigador, que no me hacía sentido.
Me dijo de forma condescendiente que mi mirada era tierna, que había una sola verdad. Le dije que realmente no me importaba y me alegraba que él sintiera que tenía la verdad, que ojalá hiciera el bien. No esperé mucho, tampoco, porque dijo que los niños de Palestina merecían su sufrimiento porque sus papás no creían en Dios.
Hoy, lunes, supe que se murió el Papa. Me dio pena, porque para lo conservadora que es la Iglesia, tener un representante del Sur Global, alguien que conoce la teología de la liberación, la pobreza y miseria que se vive por pestes como la codicia y el individualismo, su palabra era mucho. Lloré cuando, de pronto, en uno de sus muchos videos dijo "Ternura, por favor, ternura".
La gente de hoy cree que ser duro, que hacerse el rudo y pegar de vuelta, el ir a la defensiva lleno de rencores es la manera de ir por el mundo. A veces, hasta yo me lo he creído. Afortunadamente, siempre hay pequeñas señales que me encaminan de regreso a esto que me mueve las entrañas, que permea mis acciones: el amor. Tal vez falta, realmente, gente tierna, gente sensible, gente que a veces es ingenua en su actuar porque espera lo mejor del mundo.
Al menos, entre ingenuos, consuelo nos iremos dando. Hoy, en la pena de un trocito de bondad que se va en el mundo, pienso en cuántos hay ahí como yo, esperando a sus compañeros para seguir la carrera.
He looks at the sea, that old friend. And he thinks.
He thinks of creatures that aren't there anymore, and waits.
Con el cambio de hora me di cuenta de un par de cositas:
He querido escribir toda la semana acá, pero he tenido tanto pensamiento enganchando el uno del otro que no es sino hasta hoy que me decido a sentarme y dejar las ideas fluir.
Este es el filtro, un poco; el decantado bonito de las ideas. El vino sin los restos de fruta. La fruta se la deja la Hobonichi, entre timbres bonitos y recuentos del día a día. Ahí me quejé de los pacos el día que me pararon por andar en bici en la vereda (estúpidos), y el día que descubrí la limerencia. Ahí he comentado de mis libros y mis ideas como la providencia manda: Con lápiz y papel.
Me acuerdo que partí esta semana queriendo hablar de cómo el capitalismo se come hasta nuestras relaciones sociales y hoy me encuentro haciendo un análisis de cómo este pedacito de espacio en internet igual se volvió una versión más glamorizada de mi vómito de palabras. Acá, ahora pienso antes de escribir.
Pero vamos pensando en la limerencia y en el masking, en cómo una de mis compañeras de trabajo dijo que no se podía dudar mi autismo porque lo primero que se me ocurre cuando un paco me para en la calle es leerle la ley de manera textual para que se dé cuenta de que es tonto y yo sé más que él. ¿Qué iba a hacer, de todas formas? ¿Aceptar que estaba en lo correcto sólo porque es un agente de la ley? Chao. Y lo siguiente que pensé es que definitivamente tengo que terminar de tramitar mi credencial de discapacidad.
Chistoso, ¿no?
El lunes hablaba con el Cristian sobre la limerencia. Cuando me apareció el video explicativo fue como ¡¡¡!!!, porque vaya que es acertado. Después, cuando busqué la definición para la sesión con el psicólogo, me asusté un poco, como cuando empecé a escuchar a la gente neurotípica hablar de la neurodivergencia. Creo que ellos han sido la razón por la que me he resistido tanto a un diagnóstico oficial. Si nadie sabe lo que soy y ya me tratan así, sólo puede ponerse peor cuando tengan la confirmación.
Al menos, me dije al final, estos días, voy a tener un papelito para restregarles en la cara que por ley tienen que tratarme bien. Algo es algo.
La cosa es que empecé a explicar la limerencia con vergüenza, casi excusándome un poco. ¿Quién va a querer a alguien obsesivo, con aquella intensidad tan difícil de manejar? La sociedad nos dice que eso no está bien, que es malo. Mi experiencia me lo dice también. Cristian, compasivo como siempre, me dijo que no puedo comparar mi experiencia relacional a la de una persona neurotípica. Y llegamos a la analogía de los cuicos y los pobres, alguien con abundancia de agua y alguien que vive en sequía: Si yo no tengo conexión como la otra gente, si me cuesta, si los otros tienen amor y amistad como si fuese una catarata lanzándoles agua a la cara, tanto que les satura, ¿cómo yo no voy a luchar con uñas y dientes para que me caiga más que una mísera gota de agua? Y me tuve compasión, y pensé en cuánto masking he hecho a lo largo del tiempo para no molestar.
Pensé en la limerencia y en los objetos de mi limerencia por harto rato. En cómo he tenido que sobrevivir al perderlos como si me arrancaran un pedacito de mí misma, a veces. Me dio pena, pero también sentí calma al entender. El Cristian también me vio más tranquila.
Tal vez eso le hizo preguntar algo que, por fuera, se veía bastante inofensivo. En su serie de preguntas para intentar comprenderme a mí y a mis procesos dijo esto:
¿Y cómo actúas cuando vuelven?
Yo le miré confundida, porque ni idea de lo que estaba hablando. ¿Quiénes vuelven?, le pregunté.
Estas personas que has dejado atrás.
Y me dio como pena, lástima, no sé si por él, por su ingenuidad, o por mí. Creo que me reí un poco y le respondí que ninguna ha vuelto, nunca. Y que no creo que lo hagan. La que tiene dificultad para soltar y extraña hasta el fin de sus días soy yo. En un momento de mucha honestidad, le dije que las puertas siempre están abiertas, que si alguno volviera lo recibiría con los brazos abiertos, esperando que ambos hubiésemos crecido entre aquel pasar del tiempo y la distancia. Siempre habría un "Hola" de mi parte, un consuelo y un abrazo de ser necesario.
Le dije que soy un Rousseau: La gente es inherentemente buena y todos podemos crecer, cambiar, ser mejores.
El Cristian me sonrió con la misma melancolía que yo sentía en ese momento y me dijo algo que, por fin, me hizo darle un poco de sentido a lo que elegí estudiar un día a los dieciocho:
Si no creyéramos eso, no podríamos trabajar en lo que trabajamos.
Y, bueno, me condené solita.
Don't say goodbye like you're burying him,
'cause the world is round and he might return.
Este último tiempo ha servido para desenterrar todas las enseñanzas. Y como son enseñanzas, claramente no es la primera vez que me pasa.
Si tuviese que describirlo en una palabra sería divergente, como ese libro que nunca leí. O diverso, si tuviese más ganas.
Disidencia, si no quisiera llevarlo con ternura.
El punto es la otredad, esa otredad que siento día a día con el mundo, más fuerte a veces, más enmascarada en otras. Con el tiempo, esa otredad brotó en la semilla del darse cuenta que el mundo esperaba una performance de mi parte y nadie me había avisado.
Lo que en mi infancia era quirky, chistoso, extraordinario y prometedor ya con los años no lo era tanto, porque se me habían olvidado algunas cosas de una lista que nunca accedí a cumplir. De nuevo, sin aviso: Seriedad, aterrizaje, un lindo trabajo y lindas casitas con lindas familias y lindos hijitos.
Al principio, era entretenido rebelarse, pero poco a poco me fui quedando sola en la rebeldía.
Ah, la soledad.
La gente dice que a los autistas no nos interesa lo social, el mal entendimiento es que sí nos interesa, y mucho, y damos el todo por esos momentos en donde sentimos que pertenecemos. Tanto, que queremos quedarnos ahí para siempre. El problema, al final, es que a la neurotipia no le gusta quedarse con nosotros.
Yo no sé si con el mundo queer será lo mismo; eso es lo curioso de la interseccionalidad. Al final me discriminan por autista, que se nota más, que por bisexual, pero supongo que si fuera bi solamente igual sentiría la presión de la experiencia romántica convencional. ¿Cuántas veces más tendré que sonreír por relatos insípidos? Yo siempre dije que quería algo extraordinario, y creo que sigo fiel a mi palabra a pesar de todo.
La gente se rinde. Los otros se rinden. La infancia es bonita porque la gente tiene esperanza, sueños, intensidad y ganas, sueña lo imposible y ama lo imposible. Y uno, un otro ingenuo, cree que podrá congeniar para siempre con esas cosas.
Pero parpadeas y, plop, el ciclo vital se los lleva.
Lo bueno (siempre hay bueno) es que uno no pasó su vueltita de Saturno por nada. Como alguien místico que ya no es tan místico me dijo una vez: Esas lecciones son duras, pero son lecciones.
Creo que ya se mejor quién soy, quién quiero ser, a pesar del costo que tenga eso, las lágrimas. La fantasía no se pierde tan fácil, y en estos momentos de incertidumbre es importante saber que no hay apuro, no realmente.
Queda tanto, tanto tiempo. Y ese es el alivio más lindo, el abrazo más reconfortante.
Las palabras siguen siendo ciertas: Viena espera por mí.
A la Amanda me la crucé ayer. Tiene 11 años y va en sexto, se ríe mucho con sus amigos en la sala de clases. No sé cuál es su nacionalidad.
No había reparado en ella antes, o quizás estaba más preocupada de otros estudiantes, los que sí me corresponde asistir. Incluso ayer, no la percibí del todo hasta que estuve al frente de la sala con todos esos onceañeros atentos a la clase.
Lo primero que noté es que usa lentes con mucho aumento. Se le ven los ojitos chiquitísimos, y me da mucha ternura.
Como cuando--
Casi al lado de ella hay un niño al que le gusta mucho Colo-Colo y, al otro lado, otro niño al que la Amanda le saca casi una cabeza de estatura. Pienso que va a crecer y crecer, altísima, larguirucha igual que ahora.
Tiene el pelo con volumen, pero no tiene rulitos. Me la imaginé con ellos y me dolió un poco el corazón; rulitos oscuros que le rodean la cabeza como un halo. Y una sonrisa. Y esos lentes con tanto, tanto aumento.
Recordé--
-- y volví. Hoy, después de haber estado de nuevo en esa sala, deseé con todas mis fuerzas que nunca se sienta sola, que en el colegio no la molesten, que tenga una familia que le ame y que, si tiene una mascota, que viva mucho y tenga buena salud. Que salga al sol y tenga hobbies sanos y muchas cosas hermosas en ese futuro que tiene por delante. Incierto, sí, pero ojalá brillante, también.
Ayer, atacada por aquella sorpresiva carita familiar, me di un pequeño lujo:
Cuando tocó hacer los ejercicios de matemáticas en la pizarra y la mitad del curso levantó la mano, la elegí a ella primero.
Así que todo este tiempo sí había razón para sentirme acomplejada y preocuparme de hablar lento en los audios que mandaba.
El otro día fuimos a la ciudad más colonizada a aprender de lo que es resistir la colonización. Qué curioso.
Y nos sentimos horriblemente winkas, entre aquellos que sabían cuál era su pasado, su lengua, sus raíces. Entre el orgullo de ver hermosas personas ataviadas en sus ropas tradicionales. En el conocer, el pertenecer.
Había cantos de tristeza y resistencia, no se negaba la pérdida, ni la frustración, ni la lucha. Se cantaba suave como un arrullo en una lengua que me es ajena pero que tiraba dentro de mí, sobre dificultades, vicisitudes, desafíos. Sobre el llevar la raíz como un orgullo y un peso.
Y entre las lágrimas, salió el rugido, y no estuvimos solos.
“Lamngen”, me llamaron también, y me sentí en casa. En mi morena piel también están ellos.
Wondering, wondering, wondering…
And the wind takes my thoughts and carries them away. I wish I could know if they'll land, and where, since it's the only kind of letter coming out of me now.
… y otro montón de cosas super equis que de la nada me hicieron sentir genial.
Había una vez una niñita que se llamaba Catalina (Catita, para todos, eventualmente) y que fue criada con mucho amor. Tanto, que luego de un tiempo aprendió que no le gustaba que la trataran de otra forma. Nunca y bajo ninguna circunstancia.
En el jardín infantil, sus maestras intentaban llamarle la atención y tratarla con severidad. "Catalina", decían, en un tono muy serio, y Catalina las miraba con calma y les decía: "Si van a hablarme, díganme Catita con amor".
Y así quedó. Ya todas estas décadas después, las maestras siguen encontrándose a esa otrora niña en la calle, le dan un abrazo y sin titubear la llaman Catita con amor.
Catita con amor se ponía a llorar con las bromas pesadas de sus primos. Les decía "¡No me gustan esas bromas!", y sus primos se reían todavía más. Su abuelita tuvo que enseñarle a pegar.
Y era esa misma abuelita, esos mismos papás que la criaron con amor quienes luego la mandaban a hacer cosas con tono enojado. Catita con amor se rehusaba, obvio, porque no lo pedían con cariño. Por eso, tal vez, tuvo una relación extraña con la academia; sólo estudiaba bajo la promesa del amor y, cuando eso desapareció, dejó de hacerlo.
Catita con amor creció y creció pero esta premisa se mantuvo a pesar del tiempo, y era clara en pequeñas cosas: En la amiga que le regañaba y a quien decidiría, luego, no contarle más cosas; a la terapeuta que decidió decir las cosas con dureza, por lo que se rehusó, testaruda, a ocultar su esencia amorosa.
En esta tercera cosa, también:
Una conversación honesta, el equivalente en la inmaterialidad a una mano extendida, un intento de caricia, de abrazo. Palabras duras y defensivas de vuelta; un siseo, tal vez.
De vuelta, Catita con amor y un "Estoy conversando esto porque me importas y quiero entender, no quiero que peleemos, no estoy buscando atacarte".
Y su corazón descansó en el entendimiento, en el aprendizaje que creyó que había calado. En un corazón seguro.
Y Venus, Venus, Venus. Venus de pronto tenía todo el sentido.
Catita con amor, ahora, logró una cosa que había costado mucho sólo a través de la incondicional comprensión. Alguien entendió, por fin, y dijo: "Está bien, tú haces esto por esta razón, funcionas así y no tiene nada de malo" y de pronto todo se dio vuelta.
Catita con amor quedó sin razones para contradecir.
Leer cosas, llorar, escribir, escribir, escribir, escuchar música, ver videos, intercambiar libros, conversar, viajar, mirar el mar, escuchar música, caminar, tomar fotos, mirar cuadros, recorrer museos, conversar con amigos, tomar café, llorar, leer cosas, cantar, escuchar música, escribir, salir a caminar, ir al psicólogo, viajar, leer, tocar el pastito, sentir el viento, ver pajaritos, pelear con avispas, caminar, escuchar música, leer, ir al cine, llorar, ir al psicólogo, hablar con amigos, tomar desayunitos ricos, mirar muchos videos, ir al cine, grabar videos graciosos, viajar, subir cerros, fotografiar murales, comer pizza, vestirse lindo, escuchar música, hacer montaje de videos, reír, reír, reír, ver documentales, bailar Michael Jackson, sentirse orgullosa, ir a entrevistas, rechazar ofertas, tomar helado, caminar, ver stickers, colorear, aprender acuarelas, escribir, escuchar música, abrazar al Gaspar, contemplar, sentir el aire, mirar el mar.
Repetir.
Se lo traga todo, digiere las ideas y experiencias nuevas que tenemos.
¿Qué (o quién) es lo que usted no puede tragar? ¿Y lo que le revuelve el estómago?
Cuando hay problemas de estómago, eso significa generalmente que no sabemos cómo asimilar las nuevas experiencias: tenemos miedo.
Muchos recordamos aún la época en que empezaron a popularizarse los aviones comerciales. Eso de meternos en un gran tubo metálico que debía transportarnos sanos y salvos por el cielo era una idea nueva y difícil de asimilar. En cada asiento había bolsas de papel para vomitar, y casi todos las usábamos, tan discretamente como podíamos, y se las entregábamos bien dobladitas a las azafatas, que se pasaban buena parte del tiempo recorriendo el pasillo para recogerlas.
Ahora, muchos años después, sigue habiendo bolsas en todos los asientos, pero rara vez alguien las usa, porque ya hemos asimilado la idea de volar.
Hora de borrar los videos que grabé y desistir de lo que iba a escribir.
Yo pensaba en su nombre. Azul, como el mar. Por ahí en el 2021, entre las entradas tristes de este blog, pensé hasta en hacerle canciones. Pisciana con emociones como un río.
Eso siempre lo odió mi psicóloga y, mirando hacia atrás, la entiendo. Me gusta sufrir bonito, me gusta darle sentido a esa desolación que en momentos específicos de mi vida me ha azotado con ganas. Y en esa búsqueda de arte ofrezco mi corazón a personas que no lo van a cuidar.
Miré y miré y miré las entradas de este blog. El otro día, leí hasta nuestro canal de Discord y lloré de madrugada.
Mer me hizo sentir tan vista, tan importante, que cuando me di cuenta que se había aburrido de mí fue totalmente devastador. Vergonzoso, incluso. Porque yo había agarrado sentimientos y ella no; a ella sólo le gustaba mi atención. Porque soy buena para dar atención, puedo bajar hasta la luna si creo que la persona destinataria de mis afectos me quiere de vuelta.
La linda Graciela, mi psicóloga, me lo decía mucho, y yo peleaba silenciosamente con ella porque si no amo, no vivo, si no soy capaz de mirar el mundo y verle el potencial, ver cuán hermoso puede ser con la ayuda del amor y la amistad y la esperanza, entonces para mí no tiene sentido vivir en él en lo absoluto. Resguardarme, en ese entonces, para mí era equivalente a matar mi esencia.
Pude ver mes a mes cómo Mer se iba con la marea. Primero, dejamos de hablar por Discord porque no tenía tiempo, después dejamos de rolear por lo mismo. Después me dijo que roleaba, pero que yo era soft y no me quería llevar a esas temáticas. En el intertanto me daba atención a goteo, cuando podía, y yo me sentía así como cuando a Jessie la encuentran debajo de la cama y su dueña le sonríe. Me decía que amaba hablar conmigo, que era su soulmate, su tecito de manzanilla porque la sanaba (Si el Hanahaki fuera una enfermedad de verdad, pensaba yo, esa sería exactamente la flor que me saldría en los pulmones), me hablaba tan, tan bonito, que a mí no me quedaba otra que sangrar y sangrar y ocultar las heridas y tratar de ser una buena amiga.
¿Por qué nunca dije nada? Creo que alguna vez lo discutí con mi grillo psicóloga: Porque las relaciones a distancia no funcionan —comprobado con otro trauma; gracias, Isa—, y lo que yo quería con Mer tenía que durar, y algún día iría a México y si ella estaba aún, se iba a intentar.
No hubo chance, por supuesto.
Porque después de todo eso, en nuestros momentos de conversación dulce, Mer me comenzó a contar de otra amiga, un patrón que yo reconocí al instante: Hablaban mucho, se quedaban hasta tarde, roleaban, jugaban Plato y escuchaban música. Yo vi sus roles; donde no había tiempo para mí, había párrafos y párrafos de texto a toda hora. Mer me contó que Tori, su amiga, le había comenzado a responder cortante, y ella no sabía qué significada.
Fui buena, dije yo. Y la ghosteé.
Uno ve a otros soldados enamorados, otras novedades que vienen a quitarte lo que has atesorado para ti. Yo contra eso no podía pelear, porque del otro lado había tiempo, intereses nuevos en común y ganas de arriesgarse, y yo ya me había vuelto cautelosa después de un par de corazones rotos.
Mer me habló un día, otro día, y yo me escapé donde mi abuelita (como estos últimos tres días en el presente). Me sirvió, igual que ahora, para desconectar y conectar a la vez con lo mundano y tangible. Antes de irme, le dije a mi psicóloga que si Mer me hablaba (tonta fantasiosa, yo), le iba a contar todo.
Mi psicóloga dijo: Llámala, que te de un cierre digno.
Yo dije, como una estúpida: Perfecto, le voy a cantar una canción donde vomite todo lo que siento.
Mi psicóloga dijo: NO.
Mi psicóloga, como ven, era muy buena en lo que hacía.
Mer me habló por Whatsapp dos veces para decirme que me extrañaba, nunca stalkeó nada porque yo no era lo suficientemente importante para que lo hiciera. Además, estaba ya de novia con Tori, en el idilio de los primeros días. Así que si yo estaba en segundo plano antes, ni siquiera había planos para mí en ese entonces, con esas circunstancias. Le dije que necesitaba hablar con ella por teléfono, y nunca lo concretó, siempre dijo que era difícil.
Y eso fue. Perdí como dos kilos de la pena, porque la situación y lo que veía/leía me daba tantas náuseas que no podía mantener la comida en el estómago por mucho tiempo. Me metí a Taekwondo, me echaron del trabajo y eso al menos me mantuvo ocupada concentrándome en la vida terrenal.
Mi psicóloga dijo que Mer y Tori no iban a durar y, dicho y hecho, terminaron semanas después. Qué mujer. qué pitonisa. Mer llegó a Discord a alimentar la mascotita del bot que yo le había hecho y que había abandonado. No respondí. En mi cumpleaños, luego, me di el autoregalo de usar el bot de nuestro canal de Discord como una rama de olivo. No respondió. Creo que se fue a fake, y yo ya estaba roleando con alguien más que también me rompería un poquito el corazón luego, aunque con Andi seguimos siendo amigas.
Le hice una carta, una que nunca le leí y que después borré. Allá por agosto del 2021 hay registro. Un día hablo de ella; al siguiente, me salgo de la fantasía que armé en mi cabeza respecto a una reconciliación y desecho la idea. Posteé una playlist que me imagino que nunca vio, y mucho menos se molestó en escuchar.
El hacer playlist me duró una amistad más. De ahí, aprendí que mejor no, porque la gente se va y los recuerdos de la música quedan y uno parece payaso haciendo esas cosas.
Ahora, como un fantasma de la fuerza en el universo de Star Wars tatuado en mi psiquis, una imagen de mi ex psicóloga observa cuidadosamente cada cosa que pienso, planeo y desisto de hacer, hasta la fecha que me he autoimpuesto como límite.
Desenterrando entre la música que me gusta, de pronto me acordé del sountrack de Amélie. Eso me hizo recordar dos cosas: La conversación que tuve hace un tiempo con un amigo sobre cómo él sentía que Ted Lasso resumía muy bien su mundo, y yo acoté diciendo que Amélie se sentía como el mío. La otra cosa que recordé es como siempre se burlan de las cosas que aman las mujeres, y que no hablo de esa película hace mucho porque hubo un tiempo en que los hombres eran insoportables si mencionabas Amélie.
La cosa es que, si bien me enamoré de Amélie hace una mitad de vida atrás, la niña que se asoma y se esconde de vez en cuando dentro de mí sigue resonando mucho entre esos matices de rojos y naranjas cálidos y esas melodías rápidas de acordeón que adornan la transformación de lo mundano en lo extraordinario. Hace mucho, mucho tiempo atrás (de las primeras entradas de este blog, debe ser), alguien me dijo que yo era su Amélie. Me pregunto en qué matices me vería.
A pesar de esta sensación de camaradería con Amélie, siempre he sentido la vida en mármoles y rosas, en violetas suaves de atardecer. En el verde del bosque, el pasto y el deslavado de las flores.
Hoy, que por accidente cambié un poquito los colores de mi blog mientras cambiaba el widget de Goodreads, sólo dejé los colores suceder.
Quiero pedirte disculpas por ser aburrida, por quizás no pelearla tanto. Quiero pedirte disculpas porque quizás pensaste que te di por sent--
*dejar de escribir*
El viernes fui a ver a Paul McCartney.
En los días y días de anticipación previa, pensé mucho en la música y lo que significa para mí. Particularmente, The Beatles. Si uno mira este blog y las casi dos décadas que lleva (uff), es imposible no notar las pinceladas que sus letras y melodías tienen en todo lo que aquí implica el vómito de mi creatividad y emociones. Mientras la yo de ahora se iba formando, ahí estaban ellos haciendo de banda sonora.
Junto a estos abuelos perdidos en el tiempo igual que yo, cosas han ido y venido. Sobre todo, mi corazón se ha entregado y devuelto, sangrado y sanado, y al final del día sólo quedamos él y yo y una discografía que todavía me hace llorar si la escucho con la suficiente atención.
Pienso mucho en cómo llegaron a mí; la yo que quería encajar consumiéndolos en un atracón y descubriendo un nuevo lado de la música que me acompaña hasta el día de hoy y que creo que no va a abandonarme en ningún momento cercano: Las palabras melosas, las promesas de amor, acordes de guitarra y piano aprendidos con la pasión de un corazón joven y lleno de la esperanza de promesas compartidas. Puedo mirar todo eso, en retrospectiva, y atesorarlo como el maravilloso testimonio de mi capacidad de amar.
Creí que entre las armonías de ese cuarteto iba a encontrar cosas que soñé y no pasaron, otras que sí. Aún hoy, creo que la prosa bonita, las metáforas y todas aquellas imágenes que han alimentado la historia de la música por más de cincuenta años, cuidan celosamente el lado más suave, más tierno y lleno de esperanza de muchas personas que buscan no dejarse perder en lo mundano.
Ahí está mi corazón, y ellos lo cuidan entre sus discos.
El día que se murió el John era julio, y había llovido mucho. Me acuerdo que unas señoras se habían caído al barro un poco antes, en el entierro de mi tía.
Yo no fui, porque el Johncito estaba postrado y había que estar vigilándolo.
El día que se murió el John no destaca mucho en el calendario, a veces se me olvida hasta cuál es la fecha exacta. Pero destaca el calor de la estufa, que pasó encendida para que estuviese abrigadito, el almuerzo que le hizo mi mamá y que no comió. Mi pena grande, grande, grande.
Todavía no puedo ver los videos de esos últimos días, y no quiero pensar que eso fue todo lo que mi papá pudo ver porque estaba en el hospital.
El día que se murió el John fue de arte improvisado, de una masa de sal para guardar las huellas de sus patitas. Ese recuerdo también se lo llevó la humedad.
Fue de pensar en pequeños consuelos: Poner una plantita de manzano en su tumba porque él amaba las manzanas.
Ese árbol, ahora, es más alto que yo.
(No es mucho, pero él era tan, tan chiquitito).
El día que se murió el John fue de una desolación que rara vez he vuelto a sentir, de un llanto que nos sacudía las entrañas. Fue hacerle cariño hasta el último momento para que se fuese acompañado y amado a pesar de que se me rompía el corazón.
El día que se murió el John-- Su última gentileza, fue quedarse abrigadito bajo mi mano hasta que tuve que decirle adiós en la tierra.
Aún puedo sentir su pelito, el tacto fantasmal más preciado.
Entre canciones acústicas, la caricia de la arena en los pies. La delicada toma de una cámara análoga.
Las palabras que sangran en el papel.
(Es necesario).
(Siempre suele ser septiembre de epifanías).
Mi hermana me recordó el concepto de FOMO. Es muy consciente de ello, y creo que su propia consciencia me ayudó a tomar el término y aplicarlo a mis propias experiencias.
Creo que sí, lo sufro. Lo sufro mucho. Muchas de las cosas que he hecho han sido por el miedo a estarme perdiendo algo importante.
Pero otra cosa que aprendí es que es sano permitirse olvidar un poquito, así el miedo no te ataca, porque simplemente voló de tu mentecita a otros lugares.
(Sigo aprendiendo).
La mitad de mi tristeza se iría si simplemente aceptara que hay cosas que fueron maravillosas en su momento, y las amé mucho, pero eso no va a hacer que vuelvan.
Creo que a veces simplemente tengo que volver al centro.
A la parte más cristalina de mí, la más cierta. La que nunca, nunca cambia.
A veces, sólo tengo que cerrar los ojos y dejar que la música me abrace. Nada más.
Creo que pasa que, hablar de ti te deja tan, tan vulnerable, que mientras más lo intentas, más rechazo le agarras.
Al final no seguí.
Me dio flojera, me centré en otras cosas, me puse a pensar.
Las sensaciones no se van; mutan, se apagan por momentos, pero no se van. Este año, quizás, por aferrarme a cosas que me divierten, que me hacen sentir de forma intensa, también me he hecho daño de forma intensa. Lo he mantenido porque me cuesta soltar, porque en mi idealización vivo con la esperanza de que la fantasía en mi cabeza ocurra.
Hoy, a pocos días de que finalice el año, estoy tratando de ser más honesta y cuidarme. Quizás no voy a tener gente quedándose dormida junta, bailando September mientras se enamoran (de sólo pensarlo se me llenan los ojos de lágrimas), pero voy a tener tranquilidad, o eso espero. No voy a sentir patadas en el estómago cada vez que doy mucho y espero que me den lo mismo, cada vez que soy injusta en mis exigencias para otras personas.
Puede que me vuelva de esa gente que sube al cerro como hobbie y ya, pero, espero estar más tranquila. Es todo lo que pido.
A veces eres tan no-chill. Y como si nada, después, eres más estoico que una piedra.
¿Cuáles serán los pensamientos que logran taladrar algo de sentido a tu palpitar?
Oye, qué cuático esto de sentir cosas a un nivel de sensaciones, no saber ponerle nombres, describirlas con pena y luego saber que hay una razón para eso.
Y hay más de mí de lo que podría pensar. Siempre, siempre hay más de mí.
Hay calma.
Y sin origen, porque nunca he sido de echar raíces.
Soy más de decir que me voy, esperando que me pidan que me quede, pero, ¿cuántas más cosas injustas voy a pedirle a las personas?
Acostumbrarse al rechazo. Huh, tremendísimas palabras.
Les he estado dando vueltas un montón, porque me lo aconsejaron y ahora que lloro de nuevo se me vienen inevitablemente a la cabeza.
Suena fuertemente a derrota. A tirar toallas. A, de nuevo, quitarle un poco más de magia y esperanza al mundo. Suena, penosamente, a conformarme.
Acostumbrarse al rechazo, porque a veces la atención no es suficiente, la bondad no es suficiente, el amor no es suficiente. Y no es mi culpa, ni la de nadie, en realidad. El mundo está hecho de esta forma fea y cruel, donde hay que esconder el interés o, mejor, no sentirlo así, tan fuerte, y mantener las opciones abiertas.
Cuando lloro porque tengo que acostumbrarme al rechazo, no lo hago por la situación puntual que me desató las lágrimas. Lo hago por la de antes. Y la de antes.
Puedo tener muchas patas en mi silla para no caerme, pero mi corazón es otra cosa; si aún no me acostumbro, me aterra pensar cuántos rechazos me hacen falta para alcanzar esa insensibilidad.
Acostumbrarse al rechazo me hace pensar en alguien que no conozco, que no soy, y que no sé si voy a reconocer si le logro materializar en existencia.
Quisiera tener claridad de las cosas que siento, de cómo me comporto. De cómo lo que hago o digo repercute en otros lo quiera o no.
Quisiera, al mismo tiempo, no tener que pensarlo en lo absoluto. Perderme en un bosque—como lo he dicho tantas veces— y no tener que ver una cara humana más en lo que me resta de vida.
Es tan complicado esto de que las cosas te importen a un nivel tan fuerte. Me da rabia conmigo misma, luego me acuerdo de que no tengo que juzgarme, luego, también, recuerdo que la misma persona que dijo que no tenía que juzgarme también me dijo que intentara ampliar mis horizontes e insensibilizarme al no ser elegida.
Y me gustaría, de verdad, puedo ver por qué me lo dice. Pero no sé cómo.
Así que sólo me queda llorar cuando me siento así, avivada un poco por las hormonas de las tres semanas antes de la regla. Llorar, sentirlo, dejarlo pasar hasta la siguiente vez.
Pero ahora no lloro sola, hay gente que me elige, siempre. También, entre el dolor de los músculos, se me olvida un rato.
Quisiera dejar de sentir esto, pero si no se va, supongo que podría estar peor.
Ese es el asunto, ¿no? Que nadie puede guardar mis pasiones, mis pensamientos, mi amor, como yo lo hago. Nadie tiene el cuidado, la misma delicadeza y detalle que yo.
Y me dan ganas de darme un besito en la mejilla, porque vaya que le pongo empeño.
Comprenderlo no lo hace más fácil; saber que lo que pides al resto no es justo, tampoco. Lo único que te ataca es una culpa que no es tuya: porque nadie te está diciendo que no eres suficiente, nadie NO te está eligiendo, porque nadie, tampoco, está buscándote.
Y no hay responsables a quien culpar.
Entonces, te quedas con la frustración, la rabia, y un corazón que se aferra a la más mínima muestra de atención.
He armado esta entrada como tres veces, porque tengo sensaciones en el pecho que no sé cómo describir.
Primero se me hace el gran tema, el gran problema. Luego, al rato, decido que no es para tanto y lo borro. Pero, como un boomerang, la sensación se queda ahí: no lo suficientemente pesada para hacerme sentir del todo mal, pero sí molesta lo suficiente para distraerme de estar contenta.
Me molesta. Decido volver a escribir.
Al segundo me parece ridículo estar afectada por semejante tontería. Lo cambio a este tono de chiste.
No juzgando, me recuerda una voz en el intertanto.
Lo he verbalizado, pero parece no servir, porque no se va. Mi corazón medio inseguro, bastante obsesivo, está ahí para recordármelo y hacer que los ojos me piquen.
En retrospectiva, miro toda la situación y me da un poco de risa el cambio que va y viene. Recuerdo, también, cómo he aprendido a dejar ir la rigidez del cómo me siento, del qué debería hacer en determinados momentos, del control que a veces me atrapa y no me quiere soltar.
Del aire que está en mí, y cómo es intenso en un segundo y quieto al siguiente.
Que nada me impide flexibilizar, decidir cosas, y luego cambiar de opinión si me apetece. Nadie me está juzgando.
Nadie me está juzgando.
¿Honestamente? Ni yo sé qué estoy buscando con estas expectativas tan grandes, pero mi mente tiene metido el fantasear como la memoria muscular más molesta.
Creo que me gusta el riesgo de dejar secretos a simple vista sabiendo que nadie los va a encontrar, porque nadie realmente los busca.
¿Pero qué hacer si alguien se tropieza sin querer con esos secretos?
¿Cómo estás? Te cuento que hoy hace sol, pero está fresquito como esos típicos días de septiembre.
Partió la primavera y los pájaros cantan en una de las esquinitas de esta habitación desde donde te escribo. Te sorprenderá saber que hoy me levanté temprano, pero no para trabajar. Más tarde, al atardecer, voy a estar haciendo otra cosa que te sorprenderá.
Misterioso, ¿no? Ya entiendo por qué es tan críptica la gente del futuro.
El fin de semana, mientras viajaba de un lado a otro, vi las flores en el camino. A cada lado, de un naranja espectacular. La gente —y yo— sabe que es maleza, pero el color es tan bonito que sólo puedo ver una alfombra elegante bajo mis pies. Creo que estoy medio alérgica, o quizás me pilló un resfriado por primera vez luego de dos años. Hay mucho viento, así que es muy probable que las esporitas anden volando por ahí.
¿Te lo puedes imaginar? Creo que lo he descrito muy plácido, y puede que se deba a que es así como me siento.
Estoy tranquila, acompañada. Sonrío todos los días, hago cosas. Escribo.
Ayer fui testigo de dos personas bailando September mientras se enamoraban. Fue bonito de leer, si sabes a lo que me refiero.
Ya no hay dolor, si eso es lo que te preocupa. Hay algo así como nostalgia, o la frustración de un final a medias. ¿Lo mejor? Es que sabes con absoluta certeza que nada fue culpa tuya, que no es tu culpa amar bonito, ver la vida con dulzura y entregar todo tu corazón.
Hoy, bonita, puedo decirte con total certeza que era cierto. Sí vas a estar bien.
Y, a pesar de todo, sobrevives.
Te llegan los martillazos, el llanto desgarrador, las náuseas, la pérdida de estabilidad una y otra y otra vez. La vida cuesta arriba. Eres Sísifo y la piedra a la vez.
Pero te canta el día, te arrullan las noches. Te consuelan las palabras y los abrazos. La vida, también, te da un pequeño vistazo de lo que puede llegar a ser.
Y sobrevives.
Sube, baja, se mete por un recoveco y otro. Desatas un nudo y te aparecen dos más.
Igual que una madeja enredada, pero nadie dijo que las emociones venían rotuladas.
Qué curioso es estar en encrucijadas cuando se supone que tienes una decisión. Sabes super bien lo que quieres; distinto a lo que sueñas y distinto a lo que vas a hacer. Después de llorar y llorar, algo tienes que hacer, porque quedarte como estás no es una opción.
Tu determinación se solidifica con los días a pesar de la tristeza. Lo que vas a hacer cobra sentido en vista de lo que has ido observando; lo que sueñas, cada vez más lejos de las puntas de tus dedos.
Entre esto, señales. No las que buscas, pero señales muy claras al fin y al cabo que te parecen direccionar más hacia lo que quieres que a lo que vas a hacer.
Y tú, dos semanas desde que dejaste de creer en las señales.
Curioso cómo funciona esto de la tristeza.
Nunca me había dado el tiempo de analizarla —sorprendente, lo sé, considerando que mi cosa favorita parece ser sublimar—, pero ocurre que esta tristeza en particular ha sido gentil en su crueldad y me ha permitido la claridad de mente para observarla mientras me despedaza de a poco. Mientras se transforma y me lacera de maneras distintas con los días, me doy cuenta que me deja vivir: Por las mañanas, aún puedo sentir el frío en mi piel, los sueños que persigo en el abismo de mi memoria, y la terrible inquietud de saber que a lo largo del día veré cosas que alimentarán mi pena.
Camino y veo lo bello del mundo; mientras observo cómo la niebla resalta particularmente las telas de arañas en las rejas, me ataca un pensamiento y siento la punzada en el pecho. Las náuseas. Casi un segundo después, me pregunto cómo sería mejor capturar esa pequeña belleza, si con una foto o un video.
He escuchado tanta, tanta música. Música triste, música para subirme el ánimo. Música que simplemente no puedo soportar en este instante. Una vez los sollozos de la primera noche se acabaron, después de que pude rearmarme lo suficiente para que no se me llenaran los ojos de lágrimas ante la menor provocación, abrí mis oídos a los acordes y la cadencia tranquila de los tambores, el constante y firme bajo y el dulce tono de las voces de todos esos desconocidos que me arrullan.
Aquí estoy, huyendo de la virtualidad a la vez que me quedo con lo que me sirve, haciendo mi propia versión del Tíbet. Recordando a Carrie Fisher diciendo que uno tenía que volver arte su corazón roto.
¿Cómo no hacerlo, cuando puedo sentir poesía en mis lágrimas?
A veces me siento muy, muy vacía. Por ratos siento que ese vacío se va a extender para siempre y me desespero. Ese bichito de la esperanza se sigue asomando y sólo hace que me duela más el tener que tumbarlo.
Lo gracioso es que así sobrevivo un segundo, y luego un minuto, y luego una hora. Ya voy en días. Y la tristeza evoluciona y yo sigo viviendo, tratando de no juzgarme mientras la siento.
Qué rabia ser traicionada por mi propio corazón.
Que la cosa que más he ansiado, con la que he soñado desde que tengo memoria no pueda ser posible porque acabé siendo una planta carnívora en lugar de espuma de mar.
Que, al final, sea mi mayor enemiga y tenga que derrotarme a mí misma para amar bien.
Lo sé hace tiempo. Lo miraba así, de lejos, porque era una realidad de esas que a uno le gusta ignorar con la inocente esperanza de que se solucionen solas.
Si miro hacia atrás, sin embargo, el caminito de migas guía siempre hacia el mismo lugar. La evidencia es contundente; las fantasías y la creatividad, infinita. Es muy, muy difícil tener un espíritu que guía hacia el amor al mismo tiempo que se la pasa aterrado por la posibilidad de perder.
La venus atrapamoscas, exquisita y tentadora, nunca se cansa de alimentarse. Permanece ahí, invitando a las moscas a un destino poco alentador.
Ay, ay, ay. Ay.
Quería plasmar aquí lo que me pasa, lo que me aqueja, lo que me acongoja.
Pero es tanto. Tanto, tanto. Tanto que pareciera que llevo meses con el nudo en la garganta. Tanto, que mis días se miden en cuánto me duele el corazón, en cuánto debo dejar atrás. En cuál será el sueño infantil que tengo que posponer esta vez.
Las explicaciones que le doy a esto son muchas: El crecer, el cambiar, el estar cansada a los veintiocho. Hoy, mi destino brilla en los astros.
La luna bajó con poca programación (gasp, una sorpresa) y me regaló un poquito de magia, de esa que se me había olvidado a medias. Me hizo mirar al cielo, a las estrellas —mucho más intensas, infinitas y trascendentales que yo— y arrullarme en mi propia pequeñez. Allá, en la nada, entre el polvo cósmico y la falta de oxígeno, entre los millonarios que buscan colonizar más y más, encontré que soy un puntito, y mis problemas un puntito más pequeño.
Que no soy la única que, a los veintiocho, tiene la vida un poco (bastante) patas arriba.
Todos estamos un poquito tristes todo el tiempo, o eso dicen.
Si lo estamos, deberíamos abrazarnos más.
El otoño, a pesar de su naturaleza neutra y tranquila, parece moverme.
Se roba los colores del verano y me los obsequia a mí para deslavarlos. Se hace el ciego cuando me quedo con algunos, cuando los abrazo y destiño con mis lágrimas. Luego, me besa y me río. Me hiela los pies y me hace correr.
Es la antítesis del moverse o congelarse. Del cero o el cien. Del estar o desaparecer.
Entre la música, mis pasos, los colores y las letras, descanso yo. Un metamorfo que busca el calor pero no lo pide y que sonríe cuando se ve envuelto en mantas.
Mantas de amor, mantas de cobijo, mantas del otro que me cuida.
Tantos otros como las hojas que reposan en el suelo.
Otra de las cosas que he descubierto:
No sé si estaré cansada de explicarme o convencer, si el debate no será lo mío. Si he agotado ya una mecha que se suponía tenía que durar más tiempo.
Incluso ante las menores cosas me agota darme a entender. Aún cuando sé que no lo van a recibir mal, sólo tengo ganas de hacerme bolita y no decir una sola palabra nunca más.
Y esto viene de la persona que cuando camina al trabajo se imagina hablando en talk shows.
Hay un muchacho de ojos tristes que vive dentro de mí.
Le di un nombre en marzo. Tiene pestañas largas y el pelo revuelto; dedos que podrían ser de músico, largos y habilidosos. Pasó muchas cosas feas y, después de escapar pagando sangre, sudor y lágrimas, empezó a vivir una vida asombrosa en su simpleza.
Comer, trabajar, dormir. Seguridad. Un techo.
Soledad.
Cuando le atacaba la soledad, este muchacho daba lo que fuese por sentir el calor de otro cuerpo por unas horas. Luego, regresaba a su escondite.
Un día se chocó con otro muchacho. Hubiese sido otro día irrelevante de no ser porque el muchacho brillaba como las estrellas, y estrellas le hizo ver luego de invitarle a un café.
El salir de su simpleza también implicó sentir, y el muchacho pelea consigo mismo todos los días para no acobardarse con toda la taquicardia que ahora presenta su siempre tranquilo corazón. A veces se siente muy inadecuado, como si fuese un bebé que con suerte ha aprendido a llorar cuando se da un golpe y nada más.
Cuando todos han aprendido a sentir mientras tu dormías, se pregunta, ¿es justo pedir que te tengan paciencia?
Mirando al muchacho a su lado, todo emoción y entusiasmo, vuelve a sentirse inadecuado, pero sería mucho más cobarde volver atrás. Al mundo gris.
Vive en mí, pero lo miro desde lejos. Me gustaría decirle que sin querer, me di cuenta que tenemos en común esas cosas feas que sentimos (o no) y a las que a veces les hacemos el quite. Me gusta pensar que ambos, distintos como somos, vamos a poder sortearlo de alguna forma.
¿A dónde se fue la escritura prolífica?
Se fue, se fue, a sentir afuera, a vivir afuera. A moverse y hablar y no tener tiempo para su mundo interno. A ser música y palabras para otros. A decir te quiero y recibirlo de vuelta.
Pero el mundo interno reclama y arrastra. Como las olas, como las lágrimas.
Y llorar, a veces, no es suficiente, porque botas la emoción pero todavía no sabes —no puedes— explicar lo que sientes.
¿Cómo decirle al mundo lo que te pasa si ni lo entiendes tú? ¿Cómo se lo explicas a los que esperan tu serenidad, tu suavidad?
¿Qué pasa si recién estás construyendo cosas y esta es la impresión que das?
Ahogada en amor si poder encontrar consuelo.
Sólo el 22% de las personas considera en su futuro el deseo de tener hijos.
Mi yo onírica observó en silencio este gráfico, su ceño fruncido mientras intentaba descifrar la seguidilla de pensamientos que rondaban atropelladamente por su cabeza. Tenía sentido, ¿no? Al final, hay demasiadas variables involucradas para sólo decir que sí.
Después de un debate agitado del que ya no me acuerdo, otro par reveló un segundo gráfico:
El 99% de las personas cree que allá afuera hay un amor verdadero.
Y no sé si desperté después, pero hasta ahí me acuerdo. Ahora, escribiéndolo, pienso que tal vez la interpretación de los sueños algo tiene, pero no me quiero analizar.
De verdad que los ríos a veces separan su cauce porque así les lleva la corriente y eso está bien.
Cuánto de mí
serán yos guardadas,
llenas de polvo
en estos planos secos.
Cuánto de mí
serán cosas que no recuerdo
hasta que me hacen falta.
Cuánto de mí
serán cosas
que no he inventariado
pero me forman igual.